Cuídame, (virgen) Begoña.

15 agosto 2018. Nuestra señora de Begoña

Ayer me dieron el alta. Se supone que estaba mejor, que ya mis defensas se habían recuperado un poco, y que seguiría controlada, pero en casa. De hecho, en un rato, vendrán la médico y la enfermera a domicilio, creo que Ramón no se fiaba del todo, y me ha puesto seguimiento domiciliario. Creo que no me han vigilado tanto en la vida.

Esta noche no ha sido buena. He dormido fatal, la ventana abierta, y yo mirando al cielo buscando la luna. Soy una paranoica con la luna. De hecho, cuando Jon trabaja de noche, o se va de vacaciones con sus amigos, le digo que mire la luna. Sabe que me encanta, y sabe que me afecta. No sé qué luna había esta noche, pero yo estaba revuelta. Eso, y que tengo alguna décima todavía, que no se me ha quitado el flemón del todo, que apenas como ni bebo agua, y que tengo una tristeza metida en el cuerpo, que no se me va. Solo quiero acurrucarme en mi cama, cerrar la puerta, cerrar los ojos, descansar, dormir, y que sea ya enero 2019. Que todo termine. Que podamos irnos de vacaciones Jon y yo y disfrutar lo que nos merecemos, después de estos tres años de mierda; que pueda ir a tomar una cerveza con nuestros amigos; que pueda correr detrás de los hijos de mis amigas, y que me tiren del pelo. De ese pelo que el tratamiento se ha llevado.

Suena el timbre, y mis padres corren por casa de lado a lado: “recoge esto, cierra eso, la puerta, LA PUERTAAAAAAA CIERRA LA PUERTA QUE HAY CORRIENTE!” Y yo sentada en el sofá, en pijama, con el turbante puesto, y con la cara desencajada. Es como si estuviese viendo una peli. Entran la médico y la enfermera, y solo me quedo con el segundo nombre: María, la enfermera. Se sienta en el reposabrazos del sofá, a mi lado, y las dos me sonríen, me dan calma. Creo que voy a recordar sus caras toda la vida. Hoy es festivo en Bilbao, hoy es el día, de nuestra amatxu, la Virgen de Begoña. Y aquí están las dos, currando, cuidándome. Si no tienen mi edad, tendrán algún año menos. Debería haberlas conocido de fiesta, tomando algo en fiestas de Bilbao, disfrutando, bailando. Y no aquí.

-“¿Qué tal te encuentras Virginia?”– la médico es un amor, y solo lleva aquí tres minutos

-“Mal, la verdad que mal”

-“Vale, tranquila, vamos a tomarte la temperatura. María, ponle el termómetro, y vete mirando para cogerle una analítica”

 María me pone el termómetro, y me coge con cariño el brazo izquierdo, se ve que ha hecho los deberes, y sabe que estoy operada del derecho, por lo que solo puede pincharme en el brazo izquierdo.

-“37,6”

-“No sé si vas a conseguir encontrarme una vena decente…”

-“Si, creo que ya tengo una aquí…”-María tiene el dedo apretando en mi brazo, y puedo notar incluso cómo palpita mi vena.

-“Vale, Virginia, yo no lo veo claro, no estás mejor, deberías tener menos fiebre. Podemos sacarte sangre aquí, mandarlo al hospital, y quizás tengas que volver. O bien, ir directamente.” –la cara seria de la médico, no me deja mucha opción.

-“Llevadme al hospital. No quiero más pinchazos dobles, no quiero estar así, no quiero.”

Llorera otra vez. Estoy agobiada de estar en casa, que mi madre la pobre haga de enfermera y madre, como si esto fuese la extensión de su trabajo. Estoy por decirle que ni se quite el uniforme cuando venga de su turno en el hospi. Estoy agobiada de ver a mi padre haciendo malabares para ocuparse de la casa cuando mi madre está en el hospital, de turnarse con ella para cuidarme, de que se levante por las noches cada vez que oye mi puerta. Estoy cansada. De verme mal, de preocupar a los míos, de no levantar cabeza. De que cuando parece que el agujero ya es suficientemente profundo, aparece algo más que lo hunde, y me aleja de la salida. Estoy muy cansada.

-“¿Llamo a una ambulancia? Voy a dar parte al hospital, para que cuando llegues, directamente te atiendan por urgencias”

-“No, no, deja la ambulancia para quién lo necesite de verdad. Gracias, de verdad, gracias a las dos”

Mientras hacen el papeleo, me voy a la ducha, lo bueno de no tener ni un pelo, es que todo es más rápido. Me pongo un vestido, unas sandalias, preparo la bolsa con un pijama, zapatillas, el neceser, las gafas de sol, un libro y el ipad.  Vuelvo al salón, y los cuatro están ya listos.

Volvemos a Basurto. Según entro por la puerta, voy al mostrador, y es dar mi tarjeta, y aparece un chico con una silla de ruedas y una mascarilla. Fantástico. El kit de bienvenida al hotel Basurto. Da igual que les diga que puedo andar, me hacen sentar, me da la llorera, mientras me “aparcan” al lado de una máquina para medirme la tensión, la temperatura y primera exploración. Ni siquiera paso a la sala de espera, directamente me mandan a boxes, ahí, me niego a que me coja nadie, y me subo yo sola a la cama. Es muy patético intentar discutir con alguien llorando a mares, con una mascarilla de tela en la cara y un turbante. De pena. Pero creo que mi cabreo con el universo se ha notado a pesar de todo. Meten mis cosas en la bolsa, me quedo descalza, con mi vestido, el turbante y la mascarilla. Y venga a llorar. Un enfermero viene para pincharme y mandar una muestra de sangre, y un celador viene para ayudarme con mis cosas.

-“¿¿Oye hacen casting en este hospital o es que me habéis tocado los más guapos para atenderme?”– Se parten de risa. Es totalmente ridículo estar piropeando a dos sanitarios, mientras lloras a mares con una mascarilla, fiebre, desclaza y tirada en una cama de un box.

De repente, en el mostrador de enfrente, veo una cara conocida: ¡Fernando! El oncólogo que sustituye a Elena. Pego un grito, y me mira, pero no me reconoce, hasta que se acerca a la cama:

-“Vir, ¡qué haces aquí! ¿Qué ha pasado?”-Ni me había reconocido con el disfraz este de urgencias.

Pues nada, que las defensas andan de vacaciones. Y aquí estoy. Pero están Fernando y Ane. Y se me pasa un poco el disgusto. No hay nada como ver una cara conocida, como escuchar a Ane decirte que no te preocupes, que todo irá bien, que van a cuidar de ti. Que, a pesar de esto, estoy llevando muy bien el tratamiento, que estoy respondiendo fenomenal. Nada cura tanto, como oírles a los dos, decirme lo fuerte y valiente que estoy siendo, que estas cuatro quimios que he pasado son las más duras, que sea fuerte, que siga. No hay antibióticos para el alma. Solo médicos profesionales de cualquier área saben curar eso.

Se me está haciendo eterno el tiempo aquí en boxes. Me llevan a una sala aislada, y me traen la comida: patatas a la riojana, un flan y compota de manzana. Como apenas puedo masticar, les he pedido que me trajesen lo más blando posible. Y aquí estoy, en una habitación diminuta, yo sola, mi madre la pobre al lado con mascarilla, y una puerta con ventanita donde veo acercarse a las enfermeras. Os juro que no pienso saltarme ni un semáforo en mi vida solo por no estar en un sitio encerrada, como puede ser un calabozo o la cárcel. Esto es horrible.

-“Virginia, vamos a dejarte ingresada, tu habitación, la 211 de Aztarain”

Volvemos a la habitación que dejé no hace ni 36 horas.

 

(Continuará)

15 agosto 2018.

Hoy me he levantado en mi cama, me da el sol a través de la persiana.

Pero no estoy bien. No estoy nada bien.

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