Habitación 211

14 agosto 2018.

Neutropenia: Los neutrófilos (granulocitos) son la principal defensa del cuerpo contra las infecciones bacterianas y las infecciones micóticas. Cuando hay una neutropenia, la respuesta inflamatoria a estas infecciones es ineficaz.

 

Anoche me ingresaron en una habitación de la segunda planta de Aztarain, el pabellón de oncología del hospital de Basurto. No recuerdo muy bien cómo he llegado aquí, solo que una enfermera vino, me preguntó unas cosas sobre mi, me pusieron una vía y dos o tres bolsas colgando del gotero. Recuerdo decirles a mis padres que se fueran a casa a dormir un poco, y que volviesen por la mañana. Recuerdo pensar en Jon, ponerme a llorar y quedarme dormida. No he hablado con él, desde las diez y media de la noche de ayer, solo un WhatsApp, para decirle que le diga a su madre que no se preocupe, que ya he visto sus llamadas perdidas. Esta mujer está en todo.

La siguiente vez que he abierto los ojos, ya era de día, en una habitación blanca, con una enfermera que me sonreía, me ha cambiado las bolsas que habían terminado, y me ha dicho que después del desayuno pasaría el médico a verme. Parece que tengo menos fiebre, o que al menos no tengo. Me sigue doliendo muchísimo la cabeza, la muela, y sigo con la cara inflamada. Y no paro de llorar. Espero que, en esas tres bolsas enganchadas a mi vía, una sea de suero, porque si no, me deshidrato. Han venido dos auxiliares, mis chicas de rosa como yo las llamo, y según me han visto llorando, se han quedado conmigo un rato hasta que se me ha pasado. Nesquik con leche fría, pan tostado y una naranja. No me entra nada. Solo quiero acurrucarme, y ni eso puedo, con el brazo izquierdo enganchado al gotero este con el antibiótico. WhatsApp de Jon. Otra vez que me da la llorera. Ojalá estuviese aquí conmigo, ojalá se hubiese quedado esta noche. Pero trabajaba y no podía.

Han venido mis padres, con un neceser, zapatillas de estar en habitación de aislamiento (vamos, zapatillas de casa ideales que siempre tengo por si me voy de viaje), y un pijamita para quitarme la bata de hospital, y poder cambiarme. Las enfermeras no han sabido decirme si me quedaré aquí uno, dos o tres mil días. Solo me da la llorera, estoy cabreada, estoy en una habitación donde la ventana no puede abrirse, donde hay dos puertas para poder entrar, y un descansillo entre ellas para que la gente que entre a verme se ponga una mascarilla y se lave las manos, donde el aire circula continuamente, pero se respira claustrofobia, donde las enfermeras y auxiliares, entran con guantes y mascarilla. Y yo sigo sin saber qué pasa. Viene Jon también, pero no puedo ni tocarle ni abrazarle. No puedo tocar a nadie, solo me han dicho que tengo las defensas muy bajas, casi inexistentes, y que cualquier contacto puede ser complicado para mi. Vamos, una manera sutil de decirme “querida, como te estornuden, la liamos”

Y de repente, entra un hombre, con la calma en su sonrisa, parece que entra flotando de la alegría que trae. ¡Y VIENE SIN MASCARILLA! Entro en pánico. Mis padres le miran como alucinados, en plan “¿¿y la mascarilla??”.

 

– “Hola soy Ramón Barceló, ¿qué tal estás?”

Lloros y más lloros.

– “Pues mal, estoy mal”

– “A ver, tranquila, tienes una neutropenia, de una infección que parece venir de la muela, luego pasan los de maxilofacial para verte. ¡Pero nada grave! ¿Porqué lloras tanto?»

– “Estoy harta, estoy cansada, estoy horrible, fea, gorda, sin pelo y encima ahora se me van a caer las uñas”  LLORANDO A MARES.

– “¿Las uñas? ¿Quién te ha dicho eso?”

– “Una oncóloga que no es Elena” (yo dando mucha pena)

– “Estos oncólogos, son unos exagerados…”

– “Cómo que ‘estos oncólogos’”??? ¿¿Y tú qué eres??” (aquí ya se me cortaron hasta las lágrimas: entra un tipo en mi habitación, sin mascarilla, súper feliz, animado, y ¿¿no es oncólogo??)

– “Entre muchas cosas, soy oncólogo, pero eso ya te lo cuento otro día. Por cierto, no te preocupes, que hay una peli muy buena de unos aliens que se les caen las uñas, ¡y no pasa nada! Tienes que verla, se llama Distrito 9.  Por cierto, ya no hace falta que nadie lleve la máscara. Tenías una neutropenia, pero ya estás mejor. Luego paso a verte” (No pienso ver la peli, ni loca)

 

Así, acabo de conocer a mi oncólogo preferido. Ya tenía oncóloga preferida con Elena, pues ahora tengo oncólogo también. Porque solo necesito eso, solo necesito que un médico de oncología, me dijera “Tranquila Virginia, vas muy bien, todo esto pasará”.  Y Ramón ha entrado en esa habitación como si nada, ha intentado que me riera un poco, le ha quitado hierro a algo que dentro de la gravedad, no es como para ponerse histérico, y ha conseguido que me relaje. Y lo más importante: me ha escuchado, y me ha preguntado no sólo cómo estoy, sino cómo me encuentro. Que no tiene nada que ver.

 

No ha terminado de salir, cuando aparecen cinco médicos: entran todos sin mascarilla, así que supongo que ¡ya voy mejorando!

– “Hola Virginia, somos los médicos de maxilofacial. Venimos con dos residentes, y un alumno internacional, ¿te importa?”

– “No, no, sin problema, ¡Cuánto más aprendan mejor!”

– “Perfecto, vamos a ver esa infección”

 

Empieza a tocarme la muela y la encía y se me caen los lagrimones por la cara.

– “¿Te duele?”

– “Nnn..SIIIIII”

– “Excuse me, can I…” La alumna internacional se viene arriba, y yo también:

– “Yes, of course, but carefully, please”

– “A simple vista no se ve pus, pero claramente habrá infección por dentro, que te ha dado la fiebre. Cuando pases todo esto, valoraremos si quitarte esa muela del juicio, ¿te parece? Por nuestra parte, todo listo, te dejamos con Ramón”

 

Llega la hora de la comida, y apenas puedo con lo que me traen: espaguetis, pollo y un yogur natural. No consigo casi abrir la boca, así que como cuatro espaguetis malamente, y me tiro al yogur. Imposible comer algo más. Pues nada, me lavo los dientes, que en cualquier momento aparece Ramón. Me recuerda a esa sensación que tenía de pequeña cuando me encontraba mal y les decía a mis padres que me llevaran donde Javier, mi pediatra. Solo ir a verle, ya me curaba. Pues hoy me pasa igual: después de comer, más antibióticos, más pinchazos para analíticas, y yo solo quiero que venga Ramón.

¡Y aparece por la puerta! Creo que hoy debería contar los minutos que no he llorado, porque han sido muy pocos. Y verle entrar, me ha dado un subidón, porque como con mi pediatra Javier, Ramón, que solo le conozco de un día, es el que trae calma y buenas noticias.

 

– “Bueno Virginia, ¿Cómo te encuentras?”

– “Bien, mejor, más tranquila”

– “Si estas últimas analíticas mejoran, esta tarde te doy el alta, ¿vale?”

– “Ay, muchas gracias. Siento haber estado todo el día llorando, te prometo que no soy tan pesada”.

– “A veces nos olvidamos que la medicina no es solo de cuello para abajo. Cuídate, ¿vale?”

 

Con esa frase, me quedo contenta de haber pasado por urgencias, por esa experiencia surrealista en la sala de espera de una madrugada de un lunes, de haber pasado una noche en aislamiento, con su correspondiente mascarilla, por haber conocido al equipo de enfermería, auxiliares, limpieza, maxilofacial y a Ramón Barceló. Todo pasa por algo, y hoy, tenia que conocerle. Gracias Ramón.

 

NOTA: Ramón es quien además me anima a seguir con el blog, el que lee los posts antes que nadie, para corregir faltas y términos médicos que a mi me suenan a chino, y que además me regaló el maravilloso «prologueando» de este blog. 

 

Y estas son mis vistas. Haciendo la foto con una mano, la otra enganchada al gotero, nada más levantarme.

No son ni las ocho de la mañana, Basurto está en calma. Todo está en calma menos mi cabeza. 

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