Segundo ingreso en Aztarain (oncología)

15 agosto 2018

Pues nada, aquí volvemos, a la suite presidencial de Aztarain, con preciosas vistas a los jardines del hospital de Basurto, al pabellón Revilla, y a las obras de la nueva estación de autobuses de Bilbao y a los pisos de súper lujo de San Mamés. Pulsera de todo incluido, doble puerta para evitar intrusos, baño incluido, y servicio 24h. Pena que no podéis ver mi cara de alegría y emoción máxima (ironía).

Acaban de llegar las enfermeras, y cada vez que entra alguien la misma sorpresa: “¡Uy, Virignia, ¿otra vez aquí?”Pues sí. Y volvemos a la encuesta de satisfacción del cliente: alergias, intolerancias, algo que destacar… Sí, os recuerdo que soy sonámbula, que no se me puede pinchar en el brazo derecho y que tengo muy inflamado el lado izquierdo de la boca de la maldita infección. Tras ellas, llega Ramón, el oncólogo de la segunda planta. Hoy lloro menos, estoy resignada, estoy triste, he perdido las fuerzas de seguir luchando. Me da todo igual.  Él me anima, me sonríe, y me dice que me ve mejor que la otra vez. Acuérdate de lo que te dijo, Vir, “la medicina no es solo de cuello para abajo”, y a mi ahora mismo lo que más me duele es el alma.

Les despacho a todos, quiero quedarme tranquila. Estoy cansada. Estoy agotada de todo. Me escribe Jon por whatsapp, está de tarde, así que hoy tampoco le veré. No puedo más. No puedo. Le digo que estoy fatal, estoy horrible, calva, triste. Con 34 años, y me siento como un trapo, así que le vuelvo a recordar lo que le dije en Vielha, cuando me dieron el diagnóstico: “No te quedes a mi lado por pena” Si en algún momento anterior tuvo dudas, ahora es el momento. Pero insiste en que me quiere, que quiere estar a mi lado, y pasar esto juntos. Y el año que viene lo celebraremos en la playa con un mojito. Le echo mucho de menos, ojalá pudiera tener un par de días libres y estar aquí conmigo. En septiembre celebraremos nuestro séptimo año juntos, cae en sábado, y no será como yo espero. No es justo.

Traen la merienda: un zumo, galletas y un café. La empresa que se encarga de la comida en el hospital me está jodiendo mi plan anti azúcares y anti procesados. Tiene narices. En fin. Las chicas (y chicos) de rosa y azul ya no saben ni qué hacerme para animarme. Entra una luz preciosa por la ventana de mi suite 211, me encanta fijarme en cómo el sol de agosto quema la hierba y los ladrillos del edificio de enfrente. Es curioso, hoy es festivo en Bilbao, me imagino a la gente riendo, disfrutando de la ciudad, del bullicio. Y aquí todo es calma, todo está quieto y estanco. Ni siquiera puedo sentir el aire, no se puede abrir la ventana. No se puede abrir ninguna de las dos puertas. Es más, solo se puede abrir una puerta, y cuando se cierre, abrir la segunda. No se puede salir sin mascarilla, ni se puede entrar sin ella. Han venido mis padres a traerme una revista, ya casi estoy terminando “Los gritos del pasado” de Camilla Läckberg, y por mucho que Ramón me insista, no pienso ver la peli esa de los aliens a los que se les caen las uñas. Ni de coña. Me cae muy bien mi médico, pero mejor lo dejo para otro momento. Ay las uñas. Hago repaso de todo mi cuerpo, estos tres días, se me ha olvidado por completo las pestañas, uñas, manos y pies. Así que me acerco al espejo del baño, mientras mis padres se quedan en la habitación. Cierro la puerta, y nada más mirarme me da la llorera. Estoy fatal. Las cejas y pestañas siguen en su sitio, las veinte uñas siguen igual, con buen color, no siento dolor en las extremidades, y no tengo marcas de las vías que me cogen para las analíticas y los antibióticos.

Se abre la puerta:

– “Virginia, te traemos la cena! Los de maxilofacial te han puesto dieta fría para que puedas comer mejor, y la inflamación baje”– Entran dos chicas de rosa, las auxiliares con la sonrisa más grande del universo.

Madre mía, soy como los guiris, cenando en agosto a las ocho y diez de la tarde. A ver qué es eso de la dieta fría: un huevito y medio cocido, cinco (contados) espárragos y cuatro lonchas de un fiambre tipo chopped (¿¿Se escribe así??). Y de postre mi petición especial: yogur natural sin azúcar. La última vez me trajeron un yogur de plátano, y casi infarto ahí mismo: ODIO EL PLÁTANO. ¿A quién se le ha ocurrido hacer yogures con sabor a plátano?? Ya tengo algo en lo que pensar esta noche. Termino “la cena” y les digo a mis padres que marchen para casa. Quiero estar tranquila, leyendo un rato. En mi libro, también es agosto, y una de las protagonistas tampoco puede salir mucho de casa. Ya somos dos.

Va entrando la noche, y todo sigue igual en esta habitación. Entra una enfermera, con las bolsas de los antibióticos para pincharme, y según la veo, me pongo a llorar, y me dan arcadas. Corriendo al baño. Vuelvo, y leo en su uniforme “Marta”.

– “Huele fatal a medicina, no quiero eso. Huele mal”- le suplico llorando.

“Virginia, esto está estanco, no huele a nada”-Marta se sienta en la cama, deja de lado los antibióticos, y se queda en silencio mientras me acerca un pañuelo de papel.

“No te los voy a poner hasta que no te tranquilices, y hasta que veas, que por el tratamiento, puede que tengas más sensible el olfato. No tengo prisa, de verdad.”

 La que has liado, querida Marta…

-“Es que estoy horrible, soy un asco, se supone que me dan todo esto preventivo, y cada vez estoy peor. No sé si esto compensa. Tengo a mis padres, mi hermano, primas, tía y tíos, y demás familia preocupados, mis amigos igual, mi novio que debería estar disfrutando después de casi dos años de baja él, y no con una novia que está hecha una mierda… y para colmo, la muela, y ahora vomito, y claro, no puedo más…”-Ya no puedo seguir de la llorera que me da.

Y Marta escucha. Le enseño fotos mías de antes, de cuando sonreía, de cuando me hacia fotos con mis amigos, de cuando Jon se hacía selfies conmigo, de cuando viajábamos. De cuando era yo. No puedo más. Estoy cansada.

 – “Esto pasará. Créeme, pasará. Ahora voy a ponerte el antibiótico, ¿vale? De verdad que no huele a nada, pero, de todos modos, me quedo aquí contigo”

– “¿Y los otros que están ingresados?”

– “Esta semana estáis muy poquitos ingresados, por suerte, y tu habitación es la última del pasillo. Están todos dormidos, no te preocupes por ellos, ¡hay más compañeras en el control!”

 Me pone la vía a la primera, me tumbo, y mientras recoge, me acerca el cacharro ese con un botón rojo para avisar al puesto de control.

-“Si necesitas algo esta noche, llama. Estaremos atentas. Descansa”

Y sabiendo que Marta y el resto del equipo cuidarán de mi esta noche, me quedo dormida con la luz de noche, el libro y el móvil encendido.

(Continuará)

 

Cae la tarde desde la habitación 211 de la segunda planta de Aztarain

 

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