Tú a Cádiz, y yo a quimio.

28 julio 2018

Cada día que me levanto, me da la sensación de que he estado soñando o más bien teniendo una pesadilla, y que al tocarme la cabeza, notaré mi pelazo; al mirar mi pecho derecho, no habrá cicatriz alguna; cuando me mire en el espejo, volveré a reconocerme. Pero eso no pasa. Y los días empiezan a pesar. Ya casi ha terminado julio, y parezco un vampiro esquivando el poco sol que hay en Bilbao, me pongo triste cada vez que entro en Instagram y veo las maravillosas vacaciones de mis amigos en la playa o en algún lugar fuera del País Vasco. Creo que estoy entrando en un bucle: vivo en el día de la marmota, todos los días igual, me limito a esperar que pasen los 21 días para ir a la siguiente quimioterapia, a contar los 30 días para ir al ambulatorio a que me den el Zoladex, y me da la sensación de que se me está yendo la cabeza. Y quedan meses por delante. Que no me pase nada…

Pero lo mismo que me pesa cada vez más este tratamiento, también noto que cada vez me encierro más. No quiero arrastrar a nadie, así que me voy sola a pasear (por la sombra) con mi turbante, las gafas de sol, untada en Nivea 50+ , e  “Imagine Dragons” en mis auriculares. Y así llevo desde mayo pegándome unos 8-9 kilómetros andando. El Guggenheim está aburrido de verme pasear. Es lo que hay, cuando tu verano tienes que pasarlo entre el hospital y tu ambulatorio.

Así que cuando mi chico me dijo que iba a irse a Cádiz una semana con sus amigos, no pude evitar pensar en lo que me esperaba a mi: más paseos por Bilbao, y la cuarta quimioterapia. Este año, ni sangría en la playa, ni postureo en la piscina, ni recuerdos bonitos con Jon. Y una vez más, no soy capaz de pedirle que se quede conmigo aquí, esta guerra es mía, bastante es ya que uno lo tenga que pasar, como para hacerle a tu pareja pasar por lo mismo, pudiendo disfrutar de las vacaciones. No puedo pedirle eso, si él no quiere quedarse. Así que esta mañana, a las seis, le he llevado al aeropuerto, apenas he dormido de los nervios, y eso que no soy yo la que se va. Nos hemos despedido rápido, sus amigos ya estaban allí, y se veía que tenían ganas de hablar de sus cosas. Mejor. Así no me derrumbo delante de ellos.

Pero lo he hecho. Nada más darme la vuelta, me he derrumbado. Menos mal que ninguno de ellos se ha dado cuenta. Mi vida se puso en pausa el 9 de marzo, pero no es justo que la vida de los que me rodean se pare también, no es justo para nadie, tampoco para mi chico.  Así que, aunque fui la primera en animarle a que se fuese a Cádiz de vacaciones, ahora me arrepiento de no tenerle aquí conmigo, de que esté a mi lado estos días, y sobre todo, que no esté en dos días, en mi cuarta quimioterapia. La más dura, la última de esta primera fase, y la que será un punto de inflexión, porque estoy segura de que, a partir de esa quimio, todo irá mejor. Y él no estará conmigo.

Esta guerra es mía, así que, tú a Cádiz, y yo a quimio.

1 comentario
  1. Carmen G. Dice:

    Y así es como las almas nobles, seguimos velando por los demás, aún cuando solo debemos velar por nuestra VIDA.
    Pa’ fuera lo malo, amiga ❤

    Responder

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