Un día más, un día menos.

17 agosto 2018.

Otra mañana más con Nesquik, leche fría y dos galletas deshechas. La muela sigue inflamada, mi ánimo por los suelos, y sigo en aislamiento. Esta sensación de que el tiempo está parado, de que no puedes salir de una habitación con baño, me está agobiando cada vez más. Siento que se me va la cabeza, que me hundo cada vez más en este agujero, y que nadie entiende que me ahogo.

Hoy estoy cansada, muy cansada. Les he pedido a mis padres que vengan a última hora, quiero estar tranquila. Quiero hacerme un ovillo en la cama, seguir con mi libro, y esperar a ver si se pasa Jon a verme. Le echo de menos. Ojalá estuviese aquí, pero hoy trabaja por la tarde.

A las once y media pasa Ramón. ¡Por fin una cara conocida! Cada vez que entra este hombre por la puerta, me da un subidón: “Puedes salir al jardín si quieres, las analíticas van mejor, pero por si acaso, te quedas hasta el domingo”.

Domingo. Ya tenemos “deadline” como diríamos en mi oficina. Domingo. Mañana es el txupinazo de las fiestas de Bilbao, mi hermano viene a casa, mis amigas tienen comida, Jon libra el fin de semana… y yo voy a estar aquí. Otra llorera. De rabia, de impotencia, de ver una vez más cómo todo avanza menos yo. Aquí sigo estancada en esta habitación, en aislamiento, mientras mis amigas van cambiando de trabajo, de casa; mientras Jon sale de fiesta y hace planes sin mi; mientras todo mi mundo avanza y yo me quedo atrás.

Al menos puedo salir al jardín. No quiero salir, no quiero ver a nadie, no quiero estar así. Hoy hace sol, pero para mi es un día gris.

PD: Hoy es el cumple de mi amiga Zuriñe, y ni siquiera puedo llamarla tranquilamente. Joyeux anniversaire, ma cherie.

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