Biopsia de hígado
21 marzo 2018 (segunda parte)
Nunca he valorado mi hígado hasta que me han hecho una biopsia en él. No lo he tratado mal, pero vaya, que si os digo la verdad, ni tenia claro dónde estaba en mi cuerpo. Hasta que me han tenido que hacer una biopsia, la maldita biopsia. Resulta que en el preoperatorio, han visto que hay una mancha en mi querido hígado, de ahí lo de la prueba. La cara seria de los médicos ha hecho que a mi me salten las alarmas de pánico, pero como os decía en el anterior capitulo, ¡todo sale bien!
Y ahí estaba yo, con esa bonita bata blanca con puntitos de hospital, sentada en la cama. Me toca esperar, a que un celador, me lleve a la sala donde me harán la biopsia. Qué largo se hace todo cuando no sabes a lo que esperas, cuando no tienes hora fija. Oigo cómo se acercan unos pasos por el pasillo, y una voz que pregunta al aire “¿Virginia es la chica rubia?”. Pues si, soy yo. Todavía sigo siendo rubia (platino). Ay, que ya me toca. Vértigo.
“Venga Virginia, túmbate, que vamos para adentro”. Ale, pues ahí vamos. Me cae una lagrimilla y tiemblo, no sé si de frío, nervios o un poquito de todo. Tumbada, me llevan a una de esas salas menos frías que un quirófano, pero no tan agradables como una consulta. Tres enfermeras, dos auxiliares, dos celadores, un médico. Una enfermera, me acaricia la cara, me dice que todo irá bien, y me coge las manos para que las apriete. Acercan un ecógrafo a la camilla y llega el médico, me pregunta de dónde soy, y hacemos risas con nuestros barrios. Ahora lloro más. Cada vez tengo más nervios.
“Vamos allá, Virginia”.Pitidos de máquinas, silencio de los presentes. Coge aire, Virginia. Pinchazo. Ya está. Esta es la parte buena, ahora viene la mala: una hora apoyada sobre el lado del hígado, presionando, no vaya a ser que sangre y la liemos. A mi no me contéis estas cosas que me da la paranoia.
Me devuelven a esa sala que parece el limbo de los biopsiados de hígado. Viene Javi, mi madre, mi prima Vero, Marga… y yo no hago más que llorar, me falta el aire y los mando a todos al pasillo. Quiero estar sola, estoy agobiada. No quiero saber nada más de hospitales, de pinchazos, de nada. No hemos empezado, y ya me he hartado. Y aparece Maribel. Es la enfermera que estaba conmigo. Morena, de ojos súper expresivos, y voz firme. Se sienta a mi lado, y me dice muy seria: “Yo he pasado por esto. No por la biopsia, por el tumor. Así que vas a hacer como yo, te compras una peluca a lo Tina Turner, que en mi época era lo más, y a pelear. Y punto. Y no vas a llorar más”. Se quedó conmigo, hasta que pasó la hora, y me llevaron al hospital de día, en ambulancia, entre pabellones. Somos de Bilbao, hombre. Pero antes de llegar, me dice el celador: “Oye, pero si Javi no tiene hermanos, ¿cómo eres su cuñada?”Pues por que su maravillosa mujer sí lo tiene.
Llegamos al hospital de día, que no dejan de ser unas camitas para que te recuperes, y puedas irte a casa. Bueno, menos la mía, que en realidad era la Gran Vía en hora punta, y yo, ¡encantada! Por ahí pasaron Javi, Maitane, Laura, mi prima Vero, mi madre, Marga, y Unai con el abrazo que me hacia falta para recomponerme. Recuerdo mucha gente, muchas caras, pero tengo clavada la carita de emoción de Unai, que hizo que volviera a emocionarme yo. Cosas que pasan. Los tíos más duros suelen tener el alma más blanca. Mis padres a mi lado, aguantando como campeones, informando al resto de la familia. No puedo tener más suerte.
Y no he vuelto a ver a Maribel, y me acuerdo de ella todos los días.
23 marzo 2018.
Hoy me ha llamado Julio, el cirujano que me va a operar para quitarme el tumor, que es a lo que hemos venido, a ver si me centro ya, que me disperso con biopsias de hígado (si no me río yo, mal vamos!). Ha sido la mejor llamada del mundo: “Tranquila, que no es nada, seguimos adelante, el día 5 te opero”. Nunca pensé que me haría ilusión que me llamaran para decirme que me operan. Ya va quedando menos para el final.


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