La libertad del miedo (parte 1)

El miedo es libre, muy libre. Tanto que cuando arranca, se extiende como el peor de los virus. Y desde que me diagnosticaron el cáncer de mama de repente tengo miedo a todo (bueno en realidad, me dijeron “tienes una neo de mama” y yo dije: “además del cáncer, tengo una neo???” “no, Virginia, ¡es lo mismo!”)

Empezó el miedo a la muerte, a ser consciente de que tenemos un tiempo limitado en este mundo; siguió un miedo a no tener tiempo de estar con mis seres queridos, a no verlos de nuevo, a no darme tiempo a darles un beso, un abrazo, a que vuelvan a decirme “ay Pitu, ¡eres una pegatina!”. Y siguió con el miedo a cosas que aún no habían pasado: miedo a la operación, miedo a no despertar de la anestesia, miedo a perder el pecho, el pelo, la fuerza.

Pero lo peor del miedo, es que cuando controlas o afrontas alguno de ellos, nacen otros nuevos: miedo a no volver a trabajar, a no poder crecer profesionalmente, a que nadie me quiera, a que nadie quiera compartir su vida conmigo, a no poder ser madre (ya ves, nunca me lo había planteado hasta que te dicen que igual no puedes). O a que haber vencido un tumor, sea algo que ocultar, y no algo que celebrar. El miedo es libre, pero esa libertad puede ser controlada. Y me he propuesto ganar en todo en esta guerra, miedos incluidos. Así que cuando me he agobiado, he decidido que dos amigas psicólogas me ayuden, y me aconsejen, Aran y Miriam. Y junto a ellas, una tercera, Marian, que el 24 de abril, se unió a mi ejército, para ayudarme a ser más fuerte.

No me da la gana de ser capaz de superar un cáncer, o neo o como quieran llamarlo, y que el miedo me pueda. No podrá. Me niego. Y lo conseguiré.

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