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Segundo ingreso en Aztarain (oncología)

15 agosto 2018

Pues nada, aquí volvemos, a la suite presidencial de Aztarain, con preciosas vistas a los jardines del hospital de Basurto, al pabellón Revilla, y a las obras de la nueva estación de autobuses de Bilbao y a los pisos de súper lujo de San Mamés. Pulsera de todo incluido, doble puerta para evitar intrusos, baño incluido, y servicio 24h. Pena que no podéis ver mi cara de alegría y emoción máxima (ironía).

Acaban de llegar las enfermeras, y cada vez que entra alguien la misma sorpresa: “¡Uy, Virignia, ¿otra vez aquí?”Pues sí. Y volvemos a la encuesta de satisfacción del cliente: alergias, intolerancias, algo que destacar… Sí, os recuerdo que soy sonámbula, que no se me puede pinchar en el brazo derecho y que tengo muy inflamado el lado izquierdo de la boca de la maldita infección. Tras ellas, llega Ramón, el oncólogo de la segunda planta. Hoy lloro menos, estoy resignada, estoy triste, he perdido las fuerzas de seguir luchando. Me da todo igual.  Él me anima, me sonríe, y me dice que me ve mejor que la otra vez. Acuérdate de lo que te dijo, Vir, “la medicina no es solo de cuello para abajo”, y a mi ahora mismo lo que más me duele es el alma.

Les despacho a todos, quiero quedarme tranquila. Estoy cansada. Estoy agotada de todo. Me escribe Jon por whatsapp, está de tarde, así que hoy tampoco le veré. No puedo más. No puedo. Le digo que estoy fatal, estoy horrible, calva, triste. Con 34 años, y me siento como un trapo, así que le vuelvo a recordar lo que le dije en Vielha, cuando me dieron el diagnóstico: “No te quedes a mi lado por pena” Si en algún momento anterior tuvo dudas, ahora es el momento. Pero insiste en que me quiere, que quiere estar a mi lado, y pasar esto juntos. Y el año que viene lo celebraremos en la playa con un mojito. Le echo mucho de menos, ojalá pudiera tener un par de días libres y estar aquí conmigo. En septiembre celebraremos nuestro séptimo año juntos, cae en sábado, y no será como yo espero. No es justo.

Traen la merienda: un zumo, galletas y un café. La empresa que se encarga de la comida en el hospital me está jodiendo mi plan anti azúcares y anti procesados. Tiene narices. En fin. Las chicas (y chicos) de rosa y azul ya no saben ni qué hacerme para animarme. Entra una luz preciosa por la ventana de mi suite 211, me encanta fijarme en cómo el sol de agosto quema la hierba y los ladrillos del edificio de enfrente. Es curioso, hoy es festivo en Bilbao, me imagino a la gente riendo, disfrutando de la ciudad, del bullicio. Y aquí todo es calma, todo está quieto y estanco. Ni siquiera puedo sentir el aire, no se puede abrir la ventana. No se puede abrir ninguna de las dos puertas. Es más, solo se puede abrir una puerta, y cuando se cierre, abrir la segunda. No se puede salir sin mascarilla, ni se puede entrar sin ella. Han venido mis padres a traerme una revista, ya casi estoy terminando “Los gritos del pasado” de Camilla Läckberg, y por mucho que Ramón me insista, no pienso ver la peli esa de los aliens a los que se les caen las uñas. Ni de coña. Me cae muy bien mi médico, pero mejor lo dejo para otro momento. Ay las uñas. Hago repaso de todo mi cuerpo, estos tres días, se me ha olvidado por completo las pestañas, uñas, manos y pies. Así que me acerco al espejo del baño, mientras mis padres se quedan en la habitación. Cierro la puerta, y nada más mirarme me da la llorera. Estoy fatal. Las cejas y pestañas siguen en su sitio, las veinte uñas siguen igual, con buen color, no siento dolor en las extremidades, y no tengo marcas de las vías que me cogen para las analíticas y los antibióticos.

Se abre la puerta:

– “Virginia, te traemos la cena! Los de maxilofacial te han puesto dieta fría para que puedas comer mejor, y la inflamación baje”– Entran dos chicas de rosa, las auxiliares con la sonrisa más grande del universo.

Madre mía, soy como los guiris, cenando en agosto a las ocho y diez de la tarde. A ver qué es eso de la dieta fría: un huevito y medio cocido, cinco (contados) espárragos y cuatro lonchas de un fiambre tipo chopped (¿¿Se escribe así??). Y de postre mi petición especial: yogur natural sin azúcar. La última vez me trajeron un yogur de plátano, y casi infarto ahí mismo: ODIO EL PLÁTANO. ¿A quién se le ha ocurrido hacer yogures con sabor a plátano?? Ya tengo algo en lo que pensar esta noche. Termino “la cena” y les digo a mis padres que marchen para casa. Quiero estar tranquila, leyendo un rato. En mi libro, también es agosto, y una de las protagonistas tampoco puede salir mucho de casa. Ya somos dos.

Va entrando la noche, y todo sigue igual en esta habitación. Entra una enfermera, con las bolsas de los antibióticos para pincharme, y según la veo, me pongo a llorar, y me dan arcadas. Corriendo al baño. Vuelvo, y leo en su uniforme “Marta”.

– “Huele fatal a medicina, no quiero eso. Huele mal”- le suplico llorando.

“Virginia, esto está estanco, no huele a nada”-Marta se sienta en la cama, deja de lado los antibióticos, y se queda en silencio mientras me acerca un pañuelo de papel.

“No te los voy a poner hasta que no te tranquilices, y hasta que veas, que por el tratamiento, puede que tengas más sensible el olfato. No tengo prisa, de verdad.”

 La que has liado, querida Marta…

-“Es que estoy horrible, soy un asco, se supone que me dan todo esto preventivo, y cada vez estoy peor. No sé si esto compensa. Tengo a mis padres, mi hermano, primas, tía y tíos, y demás familia preocupados, mis amigos igual, mi novio que debería estar disfrutando después de casi dos años de baja él, y no con una novia que está hecha una mierda… y para colmo, la muela, y ahora vomito, y claro, no puedo más…”-Ya no puedo seguir de la llorera que me da.

Y Marta escucha. Le enseño fotos mías de antes, de cuando sonreía, de cuando me hacia fotos con mis amigos, de cuando Jon se hacía selfies conmigo, de cuando viajábamos. De cuando era yo. No puedo más. Estoy cansada.

 – “Esto pasará. Créeme, pasará. Ahora voy a ponerte el antibiótico, ¿vale? De verdad que no huele a nada, pero, de todos modos, me quedo aquí contigo”

– “¿Y los otros que están ingresados?”

– “Esta semana estáis muy poquitos ingresados, por suerte, y tu habitación es la última del pasillo. Están todos dormidos, no te preocupes por ellos, ¡hay más compañeras en el control!”

 Me pone la vía a la primera, me tumbo, y mientras recoge, me acerca el cacharro ese con un botón rojo para avisar al puesto de control.

-“Si necesitas algo esta noche, llama. Estaremos atentas. Descansa”

Y sabiendo que Marta y el resto del equipo cuidarán de mi esta noche, me quedo dormida con la luz de noche, el libro y el móvil encendido.

(Continuará)

 

Cae la tarde desde la habitación 211 de la segunda planta de Aztarain

 

Cuarta quimioterapia

30 julio 2018

Creo que el vestirme de negro hoy ha sido la anticipación de que el día sería oscuro. Tiene narices, que incluso estando de baja, incluso estando pasando por un tratamiento tan duro como una quimioterapia, incluso con todo esto, sigo siendo esa Virginia organizativa, que lidera cualquier batalla que se le presente. Y esta es de las gordas. Cuarta quimioterapia. Cuarta y última quimioterapia de esta primera fase. Ya tengo todo organizado: mi padre me va a bajar al hospital, allí, estaré con Marga, la madre de Jon, para que me acompañe a la consulta, y luego le he dicho a mi madre que venga con algo para comer. Seguro que hoy la consulta es un trámite sin más, y me podrán dar esta última quimioterapia.

Nada más llegar al pabellón de Aztarain (el de oncología del hospital de Basurto, en Bilbao), me espera Marga con su sonrisa. Y yo, no puedo evitar empezar a sentir ese agobio en el pecho: ojalá estuviera Jon aquí y no en Cádiz de vacaciones. Bueno, no pasa nada, al menos que uno de los dos desconecte de esta mierda. Ya voy con la inercia de siempre: Ana, la enfermera, me espera para la analítica, si no da mínimo 1500, no podrán darme la quimio. Así que como siempre, y a pesar mi carita de cansada, de preocupada y triste, todas las enfermeras y auxiliares me comen a besos y a palabras bonitas. Y Ana, que ya me conoce, coge la aguja rosa “la de los bebés” me distrae hablándome de cualquier cosa, mientras miro por la ventana, y ya está, terminado.

Hoy se me está haciendo pesado el día. Estoy especialmente nerviosa, quizás porque hoy, termina una etapa: los primeros tres meses de quimio, los más duros, los que se supone que, si pasas bien, el resto será coser y cantar. Los meses en los que tus fuerzas están bajo mínimos, el pelo se cae y el ánimo también.

Así que Vir, animo, dale, dale, dale. Ya han pasado casi dos horas, toca cita con Elena, la oncóloga, seguro que la analítica ha dado bien. Paso a la consulta con Marga, y mi sorpresa es que no me recibe Elena, ni tampoco Fernando. ¿Y ésta quién es? Otra oncóloga. Es lo que tiene julio y las vacaciones. Me siento frente a ella, y la pregunta de siempre: “¿Cómo te encuentras Virginia?”.Y aquí, me vengo arriba, me siento en el borde de la silla de la emoción, sonrío, y me sale la fuerza de donde no la tengo: “Pues la verdad que contenta, ya es la última quimio de estas asquerosas, no se me ha caído el pelo del todo, ni las cejas ni pestañas. Sigo pudiendo comer, y no noto cambio en el peso. La verdad que físicamente no estoy mal, la peor parte se la está llevando mi cabeza, vamos que no estoy bien de animo, a pesar de la ayuda de Marian, mi psicóloga”

 Y cuando creía que todo estaba bien, mi mundo se derrumbó: “La analítica ha dado 2100, está muy bien para empezar la cuarta quimio. Pero vamos, los tres meses siguientes, con la quimioterapia semanal, puede que pierdas sensibilidad en manos y pies, que incluso el hormigueo no te permita andar; puede que tengas más cansancio; estómago revuelto; que aún no te empiece a crecer el pelo; o que se te caigan las uñas”Creo que mi cara lo ha dicho todo. No he aguantado. ¿¿Pero no se suponía que la segunda fase era más llevadera?? ¿¿Qué mierda es esta?? ¿¿Las uñas, se caen las uñas además del pelo??

He bajado al sótano, donde está el hospital de día, a que me dieran la quimio, y en mi cabeza solo veía tristeza. Yo, que he entrado en esa consulta con toda la alegría del mundo, de repente, todo es una mierda: estoy horrible, calva, cansada. Lloro por todo, cada vez que no puedo saber si estoy comiendo algo salado o no, porque he perdido el gusto; cada vez que recibo una foto de Jon en la playa en Cádiz con sus amigos, de copas o cuando llega de fiesta a las siete de la mañana; cada vez que pienso que no he recorrido más que tres meses del tratamiento; cada vez que me acuerdo de mis amigos y mi familia, y de su preocupación; cada vez que pienso que ahora, perderé también las uñas. Mierda. Mierda, mierda y más mierda.

Estoy sentada en la silla, he conseguido malamente hacerme una foto (gracias mami), para mandar a ese grupo de amigos y familia que en cada quimio me mandan su fuerza. Y según la he mandado, me he venido abajo. Mi madre, que se suponía era el relevo de Marga y ella, se han quedado a mi lado. Estoy tan mal, tan triste, que creo que las enfermeras no han sido capaces de decirles a una de las dos que tenían que irse a la sala de espera, que solo me puede acompañar una persona.

Al final, las he mandado a las dos allí, he pedido que me cerrasen las cortinas, y me he tirado las casi dos horas llorando. Echo de menos a Jon. Ahora me arrepiento de que no esté. Ojalá estuviera aquí, ojalá se hubiera quedado conmigo. Bueno, esta es mi guerra, y soy yo quien debe estar al frente.

Sí, ha sido un día negro, tal y como mi intuición presagiaba al vestirme esta mañana. Pero a pesar de todo, aquí estoy, cuarta y última quimioterapia de la primera fase. Ya está Vir, ya está, ya has vencido una primera etapa, una batalla más para tachar.

Tú a Cádiz, y yo a quimio.

28 julio 2018

Cada día que me levanto, me da la sensación de que he estado soñando o más bien teniendo una pesadilla, y que al tocarme la cabeza, notaré mi pelazo; al mirar mi pecho derecho, no habrá cicatriz alguna; cuando me mire en el espejo, volveré a reconocerme. Pero eso no pasa. Y los días empiezan a pesar. Ya casi ha terminado julio, y parezco un vampiro esquivando el poco sol que hay en Bilbao, me pongo triste cada vez que entro en Instagram y veo las maravillosas vacaciones de mis amigos en la playa o en algún lugar fuera del País Vasco. Creo que estoy entrando en un bucle: vivo en el día de la marmota, todos los días igual, me limito a esperar que pasen los 21 días para ir a la siguiente quimioterapia, a contar los 30 días para ir al ambulatorio a que me den el Zoladex, y me da la sensación de que se me está yendo la cabeza. Y quedan meses por delante. Que no me pase nada…

Pero lo mismo que me pesa cada vez más este tratamiento, también noto que cada vez me encierro más. No quiero arrastrar a nadie, así que me voy sola a pasear (por la sombra) con mi turbante, las gafas de sol, untada en Nivea 50+ , e  “Imagine Dragons” en mis auriculares. Y así llevo desde mayo pegándome unos 8-9 kilómetros andando. El Guggenheim está aburrido de verme pasear. Es lo que hay, cuando tu verano tienes que pasarlo entre el hospital y tu ambulatorio.

Así que cuando mi chico me dijo que iba a irse a Cádiz una semana con sus amigos, no pude evitar pensar en lo que me esperaba a mi: más paseos por Bilbao, y la cuarta quimioterapia. Este año, ni sangría en la playa, ni postureo en la piscina, ni recuerdos bonitos con Jon. Y una vez más, no soy capaz de pedirle que se quede conmigo aquí, esta guerra es mía, bastante es ya que uno lo tenga que pasar, como para hacerle a tu pareja pasar por lo mismo, pudiendo disfrutar de las vacaciones. No puedo pedirle eso, si él no quiere quedarse. Así que esta mañana, a las seis, le he llevado al aeropuerto, apenas he dormido de los nervios, y eso que no soy yo la que se va. Nos hemos despedido rápido, sus amigos ya estaban allí, y se veía que tenían ganas de hablar de sus cosas. Mejor. Así no me derrumbo delante de ellos.

Pero lo he hecho. Nada más darme la vuelta, me he derrumbado. Menos mal que ninguno de ellos se ha dado cuenta. Mi vida se puso en pausa el 9 de marzo, pero no es justo que la vida de los que me rodean se pare también, no es justo para nadie, tampoco para mi chico.  Así que, aunque fui la primera en animarle a que se fuese a Cádiz de vacaciones, ahora me arrepiento de no tenerle aquí conmigo, de que esté a mi lado estos días, y sobre todo, que no esté en dos días, en mi cuarta quimioterapia. La más dura, la última de esta primera fase, y la que será un punto de inflexión, porque estoy segura de que, a partir de esa quimio, todo irá mejor. Y él no estará conmigo.

Esta guerra es mía, así que, tú a Cádiz, y yo a quimio.

Tercera quimioterapia

9 julio 2018

Y ya han vuelto a pasar 21 días. Es increíble la capacidad que tengo de desconectar esos días entre quimio y quimio, como si no pasase nada. A decir verdad, quitando el pañuelo, por lo demás, me encuentro igual. Más aburrida que nunca, pero bien: no he tenido náuseas como la primera vez, sigo sin hormigueos ni en manos ni en pies, mis uñas siguen en su sitio, no noto cansancio ni sofocos, y mis pestañas y cejas ahí siguen, al pie del cañón. Pero estos últimos días ha sido imposible ver la tele. Resulta que Terelu (Campos), después de seis años, vuelve a tener un cáncer de mama. En la otra. No, no es genético (o eso dicen), y no hace más que recordar lo estupenda que estaba antes de tener que tomar las pastillas estas de los cinco años que me darán luego. Pues bien, buen plan se me avecina: recaídas, cambio de cuerpo y obesidad. Una fiesta.

Así que nada, voy súper motivada a que Ana me saque sangre para las analíticas. Y claro, este es otro tema: el tratamiento contra el cáncer es como pasar las doce pruebas de Astérix. Si has sobrevivido los 21 días, toca analítica, eso supone que, si tus venas han aguantado, te podrán sacar sangre, sino, te tienen que poner un cacharrito bajo la piel para poder darte la quimio (reservorio). Vale, superados estos dos inconvenientes, pasamos al resultado de la analítica: como estés por debajo de 1500 en neutrófilos, pues no te dan la quimioterapia (yo les llamo leucotrófilos, que no existe, pero a mi Elena, Fernando, Ana y las chicas de rosa me entienden). Así que, como hora y media después, salen los resultados, me atrinchero en el mostrador de las auxiliares, para que Aurora me dé paso con Elena.

Calla, que está de vacaciones, hoy estás con Fernando.” Aurora, mi auxiliar de rosa, es la que manda. Pues ahí que vamos mi prima Vero y yo, a ver a Fernando. “Hola Virginia, ¿qué tal estás?” “Bien, mira, ¡tengo todas las uñas!” (lo mío con las uñas es un trauma, lo sé). Fernando se ríe, siempre se ríe conmigo, es un público muy agradecido. Y como Elena, es amable y positivo, y siempre me recuerda que estoy bien, que todo este (duro) proceso es PREVENTIVO para que viva muchos años, y pueda volver a ver a Lady Gaga en concierto. Fernando se parte. “Oye, pues muy bien, ¡tienes 3.200!” TOMA YA. Segunda quimio, y tengo mejores valores que la anterior. No entendemos nada. Será que mi ejército amazona de “leucotrófilos” están a tope para que no me bajen las defensas. “Así que hoy, tercera quimio. ¿Has decidido al final si la segunda parte serán semanales o cada 21 días?” “Semanales” (tras las 4 quimios cada 21 días, pasaré a otro tratamiento de quimio, menos agresivo, pero igual de chungo, que será semanal).

Y aquí es cuando hablando de todo y nada, se me ocurre mirar en internet cómo tiene el pelo una famosa política navarra que también pasó un cáncer. ERROR Y DE LOS GORDOS. Mi prima que no sabe la pobre ni cómo animarme, y yo, que encima, ya me vengo arriba, y le digo a Fernando que no quiero ponerme gorda, ni que me vuelva un cáncer, ni me pase nada como a Terelu. Yo creo que se estuvo mordiendo la lengua por no reírse, porque la estampa era curiosa: yo con unas analíticas de una persona sin quimio, protestando por no pasar lo mismo que Terelu. Pobre mujer, espero que esté bien. No os voy a contar lo que hablamos, quedará siempre entre él y yo, pero descarto desayunar porras con chocolate. Y me paso a Netflix, se acabó Telecinco.

Directa al sótano de Aztarain. Sí, queridos míos, la quimioterapia nos la dan en un sótano. A ver, no os imaginéis un sótano tipo las pelis de “Saw”, ahí con moho, una bombilla colgada del techo, y goteras. Es un espacio amplio, a un lado hay unos sillones con una máquina, para los que necesitan transfusiones, al otro, estamos los de quimioterapia, once sillones granates, separados por cortinas por si quieres un poquito de intimidad. Ahí me siento yo, en el 29 otra vez. Mi madre, Vero y Marga esperan en la sala, y cuando terminan de ponerme todo, y nombrarme tres veces para que confirme que soy yo, empieza la fiesta. Ahí entran las tres, de una en una, es lo máximo que se permite.

Y me da el bajón. Ale, a llorar. Así que las mando a todas a la sala de espera, pido a las enfermeras que cierren un poco la cortina, y que me dejen tranquila. Pero vienen cada dos minutos, solo a ver si estoy bien. Y entra Leixuri*, me da un beso, y se sienta conmigo. No dice nada, no hace falta. Solo me acaricia la pierna, y lloramos las dos. Hora y media. Esto es una amiga, y lo demás son gilipolleces. Hora y media se ha pasado sentada conmigo, mirando los medicamentos que me iban cambiando, y seguro que en su cabeza ha estado haciendo cálculos y cosas de nefróloga para cuidar mis riñoncitos. Si la vida me ha metido en este infierno, también me ha mandado a los mejores amigos para estar a mi lado y pegar manguerazos cuando ardo. Hora y media, que ha sido horrible, pero que, gracias a ella, a mi madre, a Vero y Marga, ha sido una nueva victoria.

Ya queda menos Vir, ya queda menos.

 

*Gracias infinitas Lei, gracias por haber cuidado de mi tia en su momento, y gracias por hacerlo todo este tiempo, y este día en especial. A veces, no necesito que una amiga me diga nada, solo que esté a mi lado, saber que estás ahí,  que no te has separado ni un minuto ha hecho que esta tercera quimio haya sido menos dura. 

Las tarjetas de crédito

6 de julio 2018

Llevo trabajando en ventas desde que empecé a trabajar con 21 años. He ido cambiando de puesto, en varias empresas, he alternado con parte de trabajos en formación, pero principalmente, mi vida laboral gira en torno al marketing y ventas. Llevo un par de días del sofá a la cama y de la cama al sofá, estoy cansada, triste y apagada. Intento animarme haciendo mis porcentajes en la cabeza: el día 9 pasaré ya la tercera quimio, es decir el 75% de las quimios de la primera parte (eso contando con que las analíticas den bien). Venga Vir, ya son tres cuartos de la parte más dura. Bueno, habrá días buenos, y otros menos buenos. Ya van unos cuantos, de los segundos, y la muela que sigue dando algo de guerra. Al menos, miro cómo avanzan las cosas a través de las redes sociales.

Y suena el teléfono, un número desconocido. Desde el 9 de marzo 2018, contesto absolutamente a todas las llamadas, no vaya a ser que sea alguna nueva cita médica, una revisión o que me llaman para decirme que todo ha sido una broma de mal gusto, y que ya no necesito más tratamiento. Pena que esto último solo pasa en mi imaginación. El caso, es que contesto:

– “¿Sí?”

– “Hola buenos días soy (no recuerdo), de (empresa de tarjetas de crédito). ¿Eres la titular de la línea?” MAL EMPEZAMOS.

– “Si, pero no me interesa, ahora mismo no es un buen momento”

– “¡Pero si no sabes lo que te voy a ofrecer! ¿Estás trabajando actualmente?”

– “Oye, disculpa, sé que es tu trabajo, yo también soy comercial, pero de verdad, ahora mismo, te repito, NO ES UN BUEN MOMENTO.”

– “Pues te vas a perder unas ventajas únicas en nuestras tarjetas de crédito”

– “DE VERDAD, QUE NO ME INTERESA. ESTOY DE BAJA”

– “Ah, pero no pasa nada, mientras tengas una nómina”

– “Mira, estoy en plena quimioterapia, aquí tirada en mi casa, y lo último que me interesan son tus puñeteras tarjetas de crédito. Así que ahora, apuntas en tu CRM que la titular de esta línea no quiere que la volváis a llamar jamás, y que como esta conversación está grabada, si no lo haces, te denuncio a ti personalmente y a tu empresa seguidamente por no cumplir la ley de protección de datos, y mi petición de que no me molestéis. ¿Te ha quedado claro?”

No sé qué hubiera contestado, no le he dado tiempo, he colgado con toda mi mala leche. En estos momentos echo de menos aquellos teléfonos de gran auricular que estampabas contra la parte fija que quedaba sobre la mesa con esos numeritos en círculo. Y me ha dado la llorera, de rabia, de impotencia, de poco tacto, de que estoy hipersensible, de que pienso, que, si no estuviese en esta situación, hubiera contestado de otra manera, y no hubiera dejado que me afectase esto. Impotencia por tener que abrirme en canal a un desconocido, a la desesperada por que me dejase tranquila, y bloquearme y no mandarle a la mierda sin más razón que esa. Rabia cada vez que me acuerdo que por muy bien que parezca que estoy por fuera, por dentro me siento como un trapo, un trapito más bien. Pequeña, triste y gris. Y me acuerdo de mi trabajo, de mis compañeros, de los logros profesionales conseguidos que quedaron congelados, de mis clases de inglés que tuve que dejar precipitadamente, de mi grupo de TRX, o de cuando me evadía yo sola nadando en mi mundo. Me acuerdo de todo esto que ha quedado suspendido en el tiempo, cuento las semanas, los días, para volver a la “normalidad”, pero no termino de entender ni procesar, que nada volverá a ser igual. Todos los que me quieren creer firmemente que no será “igual” será “mejor”. Ojalá tuviese su convicción y seguridad en que será así.

Venga Vir, que el lunes 9 te darán la tercera quimio, una más será una menos.

Virginia y los doce

4 de julio 2018

El viernes fue mi cumpleaños, un cumpleaños, cuanto menos, raro. Normalmente, me encanta celebrarlos, me suelo encargar de que nadie a quien quiero pase su cumpleaños sin una tarta, unas velas, o unos mojitos. He llegado a organizar fiestas para muchísimos amigos, incluso una fiesta sorpresa hace años, en una antigua discoteca de Bilbao. Y me encanta esa cara de sorpresa, esa emoción, esa adrenalina por que todo esté perfecto.

Pero este año, sinceramente, no me apetece mucho celebrar nada, ni soplar velas, ni salir por ahí.  Y aún así, mis amazonas y virkingos, aun con horarios imposibles, han organizado una cena un martes. ¡un martes! El mejor martes de lo que llevamos de año. Estoy usando poco la peluca, pero hoy, me la pondré: quiero tener una foto de recuerdo con ellos, y sé que no me voy a atrever a salir en ella con turbante. A decir verdad, no quiero que me vea nadie conocido con turbante, y que pregunten más de lo que yo quiero contar.

Llego la última, y ahí están ellos: tengo grabada en la retina esa imagen, todos sentados alrededor de tres mesas que habían juntado en “La Mula de Moscú” (el mejor local de copas de Bilbao, por cierto), todos riendo, a carcajadas, felices. Y yo, feliz por ellos. Pero me siento fuera. No por ellos, ni muchísimo menos. Sino por la situación: de baja laboral, apenas tres semanas con la cabeza rapada, empezando a hacerme a esto de llevar peluca o turbante, sensible con todo, sin hacer deporte, sin hacer planes más allá de la siguiente quimio. Mi vida se mide ahora mismo en 21 días, los días que tengo “libre” entre quimio y quimio. Y los miro a todos. Y sonrío, me emociono, entre abrazos, besos y “estás preciosa”. Es increíble la fuerza que dan los amigos cuando tú estás sin ella. Y encima me duele una muela del juicio que ni sale ni se está quieta, así desde los 18.

Pues nada, brindamos por los 34, yo con un cocktail sin alcohol, brindamos por vivir, por estar juntos, por la nueva incorporación que vendrá en un mes y medio, y que para mi, es la prueba de la fuerza y de la valentía de su madre. Debe estar bueno lo que bebo, pero no lo sé, porque, aunque no tengo ese famoso “sabor metálico” en mi paladar, no aprecio los sabores, he perdido el gusto. Espero que sea temporal, con lo que me gusta a mi comer, ¡que soy de Bilbao! Y brindamos, y cenamos pizza, y convertimos un martes tonto de julio, a cinco días de la tercera quimio, en un día mágico. Bueno, ellos lo han hecho posible, con una cena en la que no ha habido sitio para el cáncer, la quimioterapia, mi cabeza rapada o mis análisis. Esta noche, soy Vir, sin más, soy una treintañera cenando con sus amigos, somos Virginia y los doce. ¡Hasta Mirentxu y Dani han podido venir!

Todo cumpleaños que se precie, viene con velas, y el mío, no podía ser menos, soplar los 34, para que los 35 sean todo lo contrario, soplar para que el próximo 29 de junio, todos ellos quieran repetir y estar a mi lado, ese ha sido mi deseo al soplar las velas.

Por cierto, aunque use turbantes, no os imagináis lo muchísimo que he agradecido que no me regalen por mi cumpleaños turbantes o pañuelos para la cabeza. Por DioR, si tenéis una amiga amazona, no le recordéis este infierno con regalos así por su cumpleaños. Regálale algo que te recuerde a ella, lo que sea, pero no algo que le recuerde el cáncer que ha pasado o que está pasando. A mi, mis amazonas y virkingos me regalaron una preciosa cartera y un anillo que me ha acompañado en mi tratamiento.

Queridos míos, que sé que leéis esto, estáis invitados a mi 35 cumpleaños. Si hace falta, lo juntaremos con el de Mai, Naia, Esti y Laia. Pero prometedme que lo celebraremos. Se ruega confirmación 😉

 

 

 

 

 

 

La guerra

“Esto no va de ganar, esto va de no rendirse nunca” Lady Gaga.

Hay palabras que significan dolor, palabras que da igual que las pintemos de rosa, siguen siendo dolorosas. Una de ellas es “cáncer”, y eso que para mi, es la palabra que define mi signo, y que siempre me ha encantado. Y me encanta.

Cada persona cuando tiene un diagnóstico heavy, como el mío, reacciona de un modo muy personal: hay quienes se quedan en silencio, y se dejan llevar, otros suavizan la situación y aceptando el tratamiento de su “enfermedad” sin importarles que se les llame así, y luego estamos los que nos venimos arriba, nos creemos una amazona o un guerrero de verdad, nos plantamos una armadura invisible, y decidimos ir a la guerra a luchar, y encima odiamos que nos llamen enfermos.

Y usamos palabras como esa, guerra, lucha, batallas… todo un arsenal lingüístico bélico, que muchos no entienden. Pero para mi, lo es todo. Es actitud, es ponerse en pie delante de un monstruo enorme de mil cabezas aún sabiendo que eres diminuta, es decirme a mi misma todos los días “tu puedes, Vir”, es alegrarme por cada pequeña victoria, por cada avance, por cada día que pasa estando bien.

La guerra, no es contra el cáncer. Entiendo que hay personas que no están de acuerdo conmigo, que piensan que los que hemos pasado un cáncer no debemos usar este lenguaje, por aquellos que se quedan en el camino. (Spoiler: nadie vive eternamente, es decir, morir no significa perder la guerra. Al final, todos la perderemos) Pero es que la guerra, insisto, no es contra el cáncer. Esa parte, se la dejo a Elena, Ramón, Fernando, Ane…  a todos los médicos e investigadores. Mi guerra es contra mi cabeza, contra esos fantasmas y miedos que se te sientan al lado y no se te despegan desde que te dicen el diagnóstico. Es luchar contra los efectos secundarios, y aceptarlos según van viniendo, es aprender a no anticiparse, a esperar activamente, a no compararse con otros pacientes, a no mirar en internet, es alegrarse cada vez que pasa una quimio, una prueba o una sesión de radioterapia. Y esos hitos, son para mi, batallas. Batallas que gano, batallas que me refuerzan como paciente, como persona y como mujer.

Así que sí, yo, estoy en guerra, voy ganando batallas, y seguiré luchando. Y no, no soy una enferma, ni me he sentido así, ni me gusta que nadie hable de mi así. Por suerte, mis médicos, han sido siempre claros conmigo, y lo mismo que me han contado sin pelos en la lengua qué podía ir pasando con el tratamiento, también me han dejado claro, que, en mi caso, todo el tratamiento es preventivo. Por que tengo 34 años, y pienso seguir dando la lata muchos años más, y para ello, tengo que pasar por esto.

Bienvenidos a mi guerra.

El club de las rapadas

13 junio 2018

Sinead O’Connor en “Nothing compares to you”; Demi Moore, como la teniente O’Neil; Millie Bobby Brown o Eleven en “Stranger Things” (Netflix); o como dice Javi, mi querido Javi, como Natalie Portman en “V de vendetta”. Ahora soy como ellas. Todas se raparon el pelo en un momento de su vida, a pesar de ser por motivos de trabajo, supongo que pudieron elegir si hacer o no ese papel, que implicaba ese cambio radical de imagen.

Y yo me estoy hartando. Han pasado 16 días y 16 noches desde la primera quimio, tengo el pelo como estropajo, sin vida, apagado. Vivo en tensión, mirando por todas partes si se me cae algún pelo de más, me da pánico lavármelo por si me quedo con mechones en la mano, duermo como Cleopatra, tiesa y sin moverme para que por la mañana mi almohada no aparezca llena de pelos rubios. Esto es una agonía. De verdad. Si es que encima soy retrasada: si os enseño mis últimas búsquedas en google, aparecen cosas como “cuántos días tarda en caerse el pelo tras la quimioterapia” “cuándo cortarse el pelo después de la quimioterapia” “qué hacer para que no se caiga el pelo con la quimioterapia”. Ésta última es muy graciosa, salen un montón de remedios y potingues varios, que daría para otro artículo. Algunos casi piden hasta sangre de unicornio. De traca. Bueno, vamos aprendiendo lecciones de todo esto: NO MIRAR EN INTERNET. Una vez más, Virginia, a ver si ya vas espabilando, haz caso a tu cuerpo y a tu intuición.

Así lo he hecho: hace unas semanas fui con mi madre y con Lucia (www.specialthinkgs.com), la única que dejé que me tiñese maravillosamente de platino, y cumpliera mi sueño de ser Lady Gaga por unas semanas, a comprar una peluca. Y hoy, miércoles 13 de junio yo decido que me rapo la cabeza, que paso de que encima de pasar por un infierno, tenga que estará sentada en él. Sí, esto es un asco, pero bailaré sobre él, y en lo que pueda, yo pondré la música y decidiré.

Me acompaña Jon, y no deja de hacer tonterías, y no paramos de reírnos los dos con Idoia y Marisa (Peluquería Iñaki Iglesias, en Las Arenas, donde he comprado la peluca). Esto no va a ser un drama, pero les pido que no quiero verme, aún no estoy preparada. Así que no hay espejo frente a mi. Maquinilla en mano, Marisa empieza a raparme, mientras me habla de algo que no recuerdo. Jon a mi izquierda, sentado, no para de decir “qué guapa, qué guapa”. No sé si es por que le está impactando, o porque realmente lo piensa. Da igual. Él es el único que me ha visto con la cabeza rapada. Estamos los tres solos en un cuarto, nadie nos molesta. Me enseñan a darme una crema hidratante y a colocarme la peluca. Esto es importante, en tres días se casa mi amiga Nerea, sí, mi Nerea, y no solo quiero ir guapa a su boda, es que además soy su testigo, y ella se merece que esté a su lado entera. Y lo estoy. (Más de Nerea, aquí)

Entra Idoia, “pero, ¡qué guapa!”. Nos reímos los cuatro, y salgo, bien tiesa, que para eso tengo la altura que tengo, y para eso ensayé a ser Gisele en la primera quimio (aquí). Hoy es un día grande. Nos vamos Jon y yo de compras, y nada más entrar en Zara, no puedo evitar agarrarle del brazo, tengo la sensación de que todo el mundo me mira, que saben que llevo peluca. Hasta que veo un maniquí, sin peluca, sin nada, con la cabeza blanca y brillante. Gracias Amancio, no lo has hecho a posta, pero me siento incluida. Así que no se me ocurre mejor manera de enseñarle mi nuevo look a mis amigos, que haciéndome un selfiecon este maniquí calvo. Ahora sí que me miran todos, y con razón. Hay una loca en Zara haciéndose fotos con un maniquí.

(Gracias mamá, Lucía y Jon por haber estado a mi lado en un momento tan sensible para mi)

 

 

Siete noches

4 junio 2018

Y siete días que llevo con la misma rutina: me despierto, miro la almohada, cuento pelos. Ni uno. Me paso la mano por el pelo, a ver si hay algún cambio. Nada. Me siento en la cama, y apoyo los pies despacito en el suelo, por si noto el hormigueo ese que dicen en pies y manos. Nada. Respiro.

Una vez comprobados que no han aparecido aún esos efectos secundarios, sigo: temperatura. El termómetro pita, y sale en la pantalla: “LO”. ¿¿Y esto?? . Vuelvo a ponerlo, mientras, miro en internet, que es el “LO”: es que no llegas ni a 35 grados. Segundo intento, 35,7 grados: “MAMAAAAAAAAAAAAAAAAA, ESTO ESTÁ BIEN??” No hay nada como llamar a tu madre, que para eso es enfermera. “Pues no hija, ponlo bien anda”. Tercera vez. Pues ya puedo ir aprendiendo, que me quedan unos cuantos meses por delante. El caso es que ahora no tengo claro si lo he estado mirando bien esta semana. Soy un caso. Nada, que no tengo fiebre.

Y mi día sigue comprobando que mi piel no está reseca, que sigo teniendo pestañas, cejas y todos los pelos del cuerpo que me quedaban tras no-sé-cuántas sesiones de láser en las piernas. Todo en orden.

Esto me pasa por preguntar, por querer saber todo antes de tiempo. Por empeñarme en que Elena y Fernando, mis oncólogos, me respondiesen a todo; por mirar en internet y empezar a ponerme blanca con el listado interminable de efectos secundarios. (nota: NUNCA NUNCA NUNCA miréis en internet estas cosas, ya he aprendido la lección)

Pero de repente, me viene mi bipolaridad, como buena cáncer (de signo) que soy, y me digo a mi misma: “Pues no me da la gana”. Y me salen las amazonas interiores, me las imagino todas a caballo, cubriendo mi cuerpo con sus escudos, minimizando los efectos secundarios. Y me vengo arriba, y me da por cocinar, y por salir a andar. Hasta que se pone el sol, en esta primavera en Bilbao, y vuelvo a casa, me meto en la cama, me concentro en la respiración, y pienso, que he pasado un día más. Un día menos en el infierno. A veces el limbo es el peor de los infiernos: el sitio en el que todo es duda y no hay nada seguro.

Tres noches (tras la quimioterapia)

31 mayo 2018

Han pasado tres días con sus tres noches desde que me dieron la primera quimioterapia. No hago más que mirar si tengo fiebre cada tres horas, bajo amenaza de ingreso si paso de 37,5 grados; de mirarme el pelo cada tres minutos y la almohada todas las mañanas a ver si se empieza a caer; ni de ver si cambia algo más en mi.

La verdad que, antes de la quimio, pensaba que la tercera guerra mundial explotaría en mi cuerpo, y de momento, tres días después, nada más allá que una especie de gripe. Estoy cansada, con desgana, no me apetece salir y apenas comer. Me volví loca comprando encurtidos por aquello de que con la quimioterapia “todo te sabe a metal” y que lo mejor es comer cosas con vinagre. Pues tampoco. Vamos, que debo ser la rara de todas las que pasan por un cáncer de mama. Si es que no cuadro ni en las estadísticas, ya me lo dijo Elena (mi oncóloga), que las menores de 35 no éramos habituales, existimos, pero no somos la mayoría. Eso sí, he perdido el gusto, da igual que coma coliflor, jamón 5J que corcho, todo me sabe igual. Un drama: ni me dejan tomar vino, ni me sabe el jamón. ¡Maldita quimio!

Ayer fui al ambulatorio, a darme unas inyecciones mensuales, que no tengo claro si es una jeringuilla o una cornada, porque telita con la aguja… Al menos salí de casa, di una vuelta al barrio y vuelta al sofá. Mañana tengo cita con Marian, a ver si consigue ordenarme la cabeza antes de que yo la vuelva loca a ella. Sin duda, esta es una ayuda que jamás pensé que necesitaría, al menos tan pronto en mi vida. Y, sin embargo, es algo que nada más saber el diagnóstico, decidí incluir en mi vida.

Así, voy de médico en médico y tiro por que me toca. Estoy cansada, me cuesta escribir. Al menos mi pelo sigue en su sitio.