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Quimioterapia y los pelos (de los brazos)

Ya han pasado las tres primeras quimioterapias de la primera parte, solo me queda una de las «heavy». Vamos, que yo sigo con mis estadísticas: ya llevo el 75% de la primera fase superada. A veces me creo que estoy en un video juego, que realmente soy una reina Amazona, y que voy superando pantallas.

Como las dos veces anteriores, chequeo: sigo sin hormigueos ni en pies ni manos, sigo manteniendo cejas, pestañas y uñas, noto menos densidad de pelo en la cabeza, a pesar de que lo tengo rapado, puedo comer normal ya que la comida para mi, ha perdido sabor, pero no tengo más efectos que esos. Sí que estoy cansada, estoy triste, porque aunque desde fuera se me vea bien, yo ya no me reconozco en el espejo. Me veo apagada, sin fuerza, sin atractivo.

Y entonces es cuando viendo cómo va pasando esto, me acuerdo de Julio, mi cirujano, que en la primera consulta que tuve con él recuerdo sus palabras: “sí, te daremos todo el tratamiento para prevenir que esto no vuelva a pasar, y sí, se te caerá el pelo”. DRAMA. Claro que fue un DRAMA, en mayúsculas, fosforito, y con luces. Porque en ese momento, es lo primero que piensas, que tu melena y tu fuerza se la llevará la mierda de la quimio. Pero luego, te entra un mínimo de cordura (nada, tres minutos, no os vayáis a pensar que estoy yo muy bien de la azotea), y piensas: “bueno, toda la vida depilándote, y chica, ahora por fin, verás cómo es tener los brazos sin un solo pelo.” Que como me da miedo depilármelos, pues oye, al menos vería cómo me quedaba.

Primera quimio, nada, no se cae ni un pelo. Ni de la cabeza, ni de la cara, ni de los brazos. Segunda quimio, aunque tengo la cabeza rapada, noto, que ya no tengo tanta densidad como siempre, pero mis cejas y pestañas siguen igual, y los pelos del brazo, ahí siguen, agarrados como si no hubiera un mañana. Tercera quimio: cada vez que me paso la mano por la cabeza me da la llorera, yo que he sido el “Rey león” en versión femenina con mi melenaza, notar esa ausencia, me da bajón; noto menos pestañas y cejas, pero siguen siendo suficientes. Es lo que tiene tener mucho pelo, que, aunque se caiga algo, sigues teniendo mucho. Pero me miro los brazos, ¡Y NO SE HA CAIDO NI UNO! De verdad, que esto es el colmo: se lo cuento a Elena y Fernando (oncólogos) cada vez que me los encuentro por los pasillos de Aztarain (el pabellón de oncología del hospital de Basurto), y claro, se parten de la risa. Normal. Soy un caso a estudiar: la única paciente a la que los pelos del brazo no se le caen con la quimio. Creo que voy a llamar a Iker Jiménez, esto es claramente un caso a estudiar en “cuarto milenio”.

Bueno, seguiremos informando, de momento, debo ser fuerte, como lo están siendo los pelos de mis brazos.

Tercera quimioterapia

9 julio 2018

Y ya han vuelto a pasar 21 días. Es increíble la capacidad que tengo de desconectar esos días entre quimio y quimio, como si no pasase nada. A decir verdad, quitando el pañuelo, por lo demás, me encuentro igual. Más aburrida que nunca, pero bien: no he tenido náuseas como la primera vez, sigo sin hormigueos ni en manos ni en pies, mis uñas siguen en su sitio, no noto cansancio ni sofocos, y mis pestañas y cejas ahí siguen, al pie del cañón. Pero estos últimos días ha sido imposible ver la tele. Resulta que Terelu (Campos), después de seis años, vuelve a tener un cáncer de mama. En la otra. No, no es genético (o eso dicen), y no hace más que recordar lo estupenda que estaba antes de tener que tomar las pastillas estas de los cinco años que me darán luego. Pues bien, buen plan se me avecina: recaídas, cambio de cuerpo y obesidad. Una fiesta.

Así que nada, voy súper motivada a que Ana me saque sangre para las analíticas. Y claro, este es otro tema: el tratamiento contra el cáncer es como pasar las doce pruebas de Astérix. Si has sobrevivido los 21 días, toca analítica, eso supone que, si tus venas han aguantado, te podrán sacar sangre, sino, te tienen que poner un cacharrito bajo la piel para poder darte la quimio (reservorio). Vale, superados estos dos inconvenientes, pasamos al resultado de la analítica: como estés por debajo de 1500 en neutrófilos, pues no te dan la quimioterapia (yo les llamo leucotrófilos, que no existe, pero a mi Elena, Fernando, Ana y las chicas de rosa me entienden). Así que, como hora y media después, salen los resultados, me atrinchero en el mostrador de las auxiliares, para que Aurora me dé paso con Elena.

Calla, que está de vacaciones, hoy estás con Fernando.” Aurora, mi auxiliar de rosa, es la que manda. Pues ahí que vamos mi prima Vero y yo, a ver a Fernando. “Hola Virginia, ¿qué tal estás?” “Bien, mira, ¡tengo todas las uñas!” (lo mío con las uñas es un trauma, lo sé). Fernando se ríe, siempre se ríe conmigo, es un público muy agradecido. Y como Elena, es amable y positivo, y siempre me recuerda que estoy bien, que todo este (duro) proceso es PREVENTIVO para que viva muchos años, y pueda volver a ver a Lady Gaga en concierto. Fernando se parte. “Oye, pues muy bien, ¡tienes 3.200!” TOMA YA. Segunda quimio, y tengo mejores valores que la anterior. No entendemos nada. Será que mi ejército amazona de “leucotrófilos” están a tope para que no me bajen las defensas. “Así que hoy, tercera quimio. ¿Has decidido al final si la segunda parte serán semanales o cada 21 días?” “Semanales” (tras las 4 quimios cada 21 días, pasaré a otro tratamiento de quimio, menos agresivo, pero igual de chungo, que será semanal).

Y aquí es cuando hablando de todo y nada, se me ocurre mirar en internet cómo tiene el pelo una famosa política navarra que también pasó un cáncer. ERROR Y DE LOS GORDOS. Mi prima que no sabe la pobre ni cómo animarme, y yo, que encima, ya me vengo arriba, y le digo a Fernando que no quiero ponerme gorda, ni que me vuelva un cáncer, ni me pase nada como a Terelu. Yo creo que se estuvo mordiendo la lengua por no reírse, porque la estampa era curiosa: yo con unas analíticas de una persona sin quimio, protestando por no pasar lo mismo que Terelu. Pobre mujer, espero que esté bien. No os voy a contar lo que hablamos, quedará siempre entre él y yo, pero descarto desayunar porras con chocolate. Y me paso a Netflix, se acabó Telecinco.

Directa al sótano de Aztarain. Sí, queridos míos, la quimioterapia nos la dan en un sótano. A ver, no os imaginéis un sótano tipo las pelis de “Saw”, ahí con moho, una bombilla colgada del techo, y goteras. Es un espacio amplio, a un lado hay unos sillones con una máquina, para los que necesitan transfusiones, al otro, estamos los de quimioterapia, once sillones granates, separados por cortinas por si quieres un poquito de intimidad. Ahí me siento yo, en el 29 otra vez. Mi madre, Vero y Marga esperan en la sala, y cuando terminan de ponerme todo, y nombrarme tres veces para que confirme que soy yo, empieza la fiesta. Ahí entran las tres, de una en una, es lo máximo que se permite.

Y me da el bajón. Ale, a llorar. Así que las mando a todas a la sala de espera, pido a las enfermeras que cierren un poco la cortina, y que me dejen tranquila. Pero vienen cada dos minutos, solo a ver si estoy bien. Y entra Leixuri*, me da un beso, y se sienta conmigo. No dice nada, no hace falta. Solo me acaricia la pierna, y lloramos las dos. Hora y media. Esto es una amiga, y lo demás son gilipolleces. Hora y media se ha pasado sentada conmigo, mirando los medicamentos que me iban cambiando, y seguro que en su cabeza ha estado haciendo cálculos y cosas de nefróloga para cuidar mis riñoncitos. Si la vida me ha metido en este infierno, también me ha mandado a los mejores amigos para estar a mi lado y pegar manguerazos cuando ardo. Hora y media, que ha sido horrible, pero que, gracias a ella, a mi madre, a Vero y Marga, ha sido una nueva victoria.

Ya queda menos Vir, ya queda menos.

 

*Gracias infinitas Lei, gracias por haber cuidado de mi tia en su momento, y gracias por hacerlo todo este tiempo, y este día en especial. A veces, no necesito que una amiga me diga nada, solo que esté a mi lado, saber que estás ahí,  que no te has separado ni un minuto ha hecho que esta tercera quimio haya sido menos dura. 

Las tarjetas de crédito

6 de julio 2018

Llevo trabajando en ventas desde que empecé a trabajar con 21 años. He ido cambiando de puesto, en varias empresas, he alternado con parte de trabajos en formación, pero principalmente, mi vida laboral gira en torno al marketing y ventas. Llevo un par de días del sofá a la cama y de la cama al sofá, estoy cansada, triste y apagada. Intento animarme haciendo mis porcentajes en la cabeza: el día 9 pasaré ya la tercera quimio, es decir el 75% de las quimios de la primera parte (eso contando con que las analíticas den bien). Venga Vir, ya son tres cuartos de la parte más dura. Bueno, habrá días buenos, y otros menos buenos. Ya van unos cuantos, de los segundos, y la muela que sigue dando algo de guerra. Al menos, miro cómo avanzan las cosas a través de las redes sociales.

Y suena el teléfono, un número desconocido. Desde el 9 de marzo 2018, contesto absolutamente a todas las llamadas, no vaya a ser que sea alguna nueva cita médica, una revisión o que me llaman para decirme que todo ha sido una broma de mal gusto, y que ya no necesito más tratamiento. Pena que esto último solo pasa en mi imaginación. El caso, es que contesto:

– “¿Sí?”

– “Hola buenos días soy (no recuerdo), de (empresa de tarjetas de crédito). ¿Eres la titular de la línea?” MAL EMPEZAMOS.

– “Si, pero no me interesa, ahora mismo no es un buen momento”

– “¡Pero si no sabes lo que te voy a ofrecer! ¿Estás trabajando actualmente?”

– “Oye, disculpa, sé que es tu trabajo, yo también soy comercial, pero de verdad, ahora mismo, te repito, NO ES UN BUEN MOMENTO.”

– “Pues te vas a perder unas ventajas únicas en nuestras tarjetas de crédito”

– “DE VERDAD, QUE NO ME INTERESA. ESTOY DE BAJA”

– “Ah, pero no pasa nada, mientras tengas una nómina”

– “Mira, estoy en plena quimioterapia, aquí tirada en mi casa, y lo último que me interesan son tus puñeteras tarjetas de crédito. Así que ahora, apuntas en tu CRM que la titular de esta línea no quiere que la volváis a llamar jamás, y que como esta conversación está grabada, si no lo haces, te denuncio a ti personalmente y a tu empresa seguidamente por no cumplir la ley de protección de datos, y mi petición de que no me molestéis. ¿Te ha quedado claro?”

No sé qué hubiera contestado, no le he dado tiempo, he colgado con toda mi mala leche. En estos momentos echo de menos aquellos teléfonos de gran auricular que estampabas contra la parte fija que quedaba sobre la mesa con esos numeritos en círculo. Y me ha dado la llorera, de rabia, de impotencia, de poco tacto, de que estoy hipersensible, de que pienso, que, si no estuviese en esta situación, hubiera contestado de otra manera, y no hubiera dejado que me afectase esto. Impotencia por tener que abrirme en canal a un desconocido, a la desesperada por que me dejase tranquila, y bloquearme y no mandarle a la mierda sin más razón que esa. Rabia cada vez que me acuerdo que por muy bien que parezca que estoy por fuera, por dentro me siento como un trapo, un trapito más bien. Pequeña, triste y gris. Y me acuerdo de mi trabajo, de mis compañeros, de los logros profesionales conseguidos que quedaron congelados, de mis clases de inglés que tuve que dejar precipitadamente, de mi grupo de TRX, o de cuando me evadía yo sola nadando en mi mundo. Me acuerdo de todo esto que ha quedado suspendido en el tiempo, cuento las semanas, los días, para volver a la “normalidad”, pero no termino de entender ni procesar, que nada volverá a ser igual. Todos los que me quieren creer firmemente que no será “igual” será “mejor”. Ojalá tuviese su convicción y seguridad en que será así.

Venga Vir, que el lunes 9 te darán la tercera quimio, una más será una menos.

Virginia y los doce

4 de julio 2018

El viernes fue mi cumpleaños, un cumpleaños, cuanto menos, raro. Normalmente, me encanta celebrarlos, me suelo encargar de que nadie a quien quiero pase su cumpleaños sin una tarta, unas velas, o unos mojitos. He llegado a organizar fiestas para muchísimos amigos, incluso una fiesta sorpresa hace años, en una antigua discoteca de Bilbao. Y me encanta esa cara de sorpresa, esa emoción, esa adrenalina por que todo esté perfecto.

Pero este año, sinceramente, no me apetece mucho celebrar nada, ni soplar velas, ni salir por ahí.  Y aún así, mis amazonas y virkingos, aun con horarios imposibles, han organizado una cena un martes. ¡un martes! El mejor martes de lo que llevamos de año. Estoy usando poco la peluca, pero hoy, me la pondré: quiero tener una foto de recuerdo con ellos, y sé que no me voy a atrever a salir en ella con turbante. A decir verdad, no quiero que me vea nadie conocido con turbante, y que pregunten más de lo que yo quiero contar.

Llego la última, y ahí están ellos: tengo grabada en la retina esa imagen, todos sentados alrededor de tres mesas que habían juntado en “La Mula de Moscú” (el mejor local de copas de Bilbao, por cierto), todos riendo, a carcajadas, felices. Y yo, feliz por ellos. Pero me siento fuera. No por ellos, ni muchísimo menos. Sino por la situación: de baja laboral, apenas tres semanas con la cabeza rapada, empezando a hacerme a esto de llevar peluca o turbante, sensible con todo, sin hacer deporte, sin hacer planes más allá de la siguiente quimio. Mi vida se mide ahora mismo en 21 días, los días que tengo “libre” entre quimio y quimio. Y los miro a todos. Y sonrío, me emociono, entre abrazos, besos y “estás preciosa”. Es increíble la fuerza que dan los amigos cuando tú estás sin ella. Y encima me duele una muela del juicio que ni sale ni se está quieta, así desde los 18.

Pues nada, brindamos por los 34, yo con un cocktail sin alcohol, brindamos por vivir, por estar juntos, por la nueva incorporación que vendrá en un mes y medio, y que para mi, es la prueba de la fuerza y de la valentía de su madre. Debe estar bueno lo que bebo, pero no lo sé, porque, aunque no tengo ese famoso “sabor metálico” en mi paladar, no aprecio los sabores, he perdido el gusto. Espero que sea temporal, con lo que me gusta a mi comer, ¡que soy de Bilbao! Y brindamos, y cenamos pizza, y convertimos un martes tonto de julio, a cinco días de la tercera quimio, en un día mágico. Bueno, ellos lo han hecho posible, con una cena en la que no ha habido sitio para el cáncer, la quimioterapia, mi cabeza rapada o mis análisis. Esta noche, soy Vir, sin más, soy una treintañera cenando con sus amigos, somos Virginia y los doce. ¡Hasta Mirentxu y Dani han podido venir!

Todo cumpleaños que se precie, viene con velas, y el mío, no podía ser menos, soplar los 34, para que los 35 sean todo lo contrario, soplar para que el próximo 29 de junio, todos ellos quieran repetir y estar a mi lado, ese ha sido mi deseo al soplar las velas.

Por cierto, aunque use turbantes, no os imagináis lo muchísimo que he agradecido que no me regalen por mi cumpleaños turbantes o pañuelos para la cabeza. Por DioR, si tenéis una amiga amazona, no le recordéis este infierno con regalos así por su cumpleaños. Regálale algo que te recuerde a ella, lo que sea, pero no algo que le recuerde el cáncer que ha pasado o que está pasando. A mi, mis amazonas y virkingos me regalaron una preciosa cartera y un anillo que me ha acompañado en mi tratamiento.

Queridos míos, que sé que leéis esto, estáis invitados a mi 35 cumpleaños. Si hace falta, lo juntaremos con el de Mai, Naia, Esti y Laia. Pero prometedme que lo celebraremos. Se ruega confirmación 😉

 

 

 

 

 

 

La guerra

“Esto no va de ganar, esto va de no rendirse nunca” Lady Gaga.

Hay palabras que significan dolor, palabras que da igual que las pintemos de rosa, siguen siendo dolorosas. Una de ellas es “cáncer”, y eso que para mi, es la palabra que define mi signo, y que siempre me ha encantado. Y me encanta.

Cada persona cuando tiene un diagnóstico heavy, como el mío, reacciona de un modo muy personal: hay quienes se quedan en silencio, y se dejan llevar, otros suavizan la situación y aceptando el tratamiento de su “enfermedad” sin importarles que se les llame así, y luego estamos los que nos venimos arriba, nos creemos una amazona o un guerrero de verdad, nos plantamos una armadura invisible, y decidimos ir a la guerra a luchar, y encima odiamos que nos llamen enfermos.

Y usamos palabras como esa, guerra, lucha, batallas… todo un arsenal lingüístico bélico, que muchos no entienden. Pero para mi, lo es todo. Es actitud, es ponerse en pie delante de un monstruo enorme de mil cabezas aún sabiendo que eres diminuta, es decirme a mi misma todos los días “tu puedes, Vir”, es alegrarme por cada pequeña victoria, por cada avance, por cada día que pasa estando bien.

La guerra, no es contra el cáncer. Entiendo que hay personas que no están de acuerdo conmigo, que piensan que los que hemos pasado un cáncer no debemos usar este lenguaje, por aquellos que se quedan en el camino. (Spoiler: nadie vive eternamente, es decir, morir no significa perder la guerra. Al final, todos la perderemos) Pero es que la guerra, insisto, no es contra el cáncer. Esa parte, se la dejo a Elena, Ramón, Fernando, Ane…  a todos los médicos e investigadores. Mi guerra es contra mi cabeza, contra esos fantasmas y miedos que se te sientan al lado y no se te despegan desde que te dicen el diagnóstico. Es luchar contra los efectos secundarios, y aceptarlos según van viniendo, es aprender a no anticiparse, a esperar activamente, a no compararse con otros pacientes, a no mirar en internet, es alegrarse cada vez que pasa una quimio, una prueba o una sesión de radioterapia. Y esos hitos, son para mi, batallas. Batallas que gano, batallas que me refuerzan como paciente, como persona y como mujer.

Así que sí, yo, estoy en guerra, voy ganando batallas, y seguiré luchando. Y no, no soy una enferma, ni me he sentido así, ni me gusta que nadie hable de mi así. Por suerte, mis médicos, han sido siempre claros conmigo, y lo mismo que me han contado sin pelos en la lengua qué podía ir pasando con el tratamiento, también me han dejado claro, que, en mi caso, todo el tratamiento es preventivo. Por que tengo 34 años, y pienso seguir dando la lata muchos años más, y para ello, tengo que pasar por esto.

Bienvenidos a mi guerra.

Felices 34, Virginia.

29 junio 2018.

Si hace un año, me llegan a decir que pasaría mi cumpleaños de baja, en plena quimioterapia y calva, hubiera flipado. Y luego me hubiera dado un ataque de ansiedad. Fijo.

Así que por un lado, estoy triste: no estoy en mi mejor momento, me falta alguien importante en mi vida que se fue en mayo, estoy de baja, sin fecha de vuelta, ni siquiera sé cuándo podré volver al gimnasio, así que mucho menos sabré cuándo estaré bien. Pero por otro, tengo a mi familia y a mis amigos a mi lado, dándome todo su cariño y apoyo, y recordándome día a día que todo esto pasará. Que llegará la calma, llegará un día en el que las cosas se ordenen.

Para una inquieta compulsiva, esperar esa calma se hace largo. Soplar las treinta y cuatro velas, sin poder avanzar en nada en mi vida, se hace largo y pesado. Tengo la sensación de que todo a mi alrededor va deprisa, todos los que me rodean siguen adelante, y yo estoy quieta, con los pies anclados sin poder avanzar. Es lo que tiene la vida, que no se puede predecir qué pasará, ni quién estará a tu lado.

Felices 34 Virginia, al menos, estás viva.

 

Segunda quimioterapia

15 junio 2018.

Hoy tengo que ir al ambulatorio a que me saquen sangre. Resulta, que esto de que te den la quimioterapia, no es tan fácil, hay que ir pasando pruebas en plan gymkana, y una de ellas es llegar a los 1500 neutrofilos. Que si no llegas, es como el limite de altura en el Dragon khan: no pasas. Así que pasaré el finde disfrutando de la boda de Nerea (aquí), y no pensando si llego o no llego. Ya está hecho.

 

18 junio 2018.

Pues aquí estamos en la consulta, y Elena (mi oncóloga) está seria mirando el ordenador: “Tienes 1400. ¿Cuándo te han hecho la analítica?”. “Pues el viernes”. “Repetimos que, seguro que en estos tres días han subido” Y premioooooooo, si es que tengo la mejor oncóloga: me repiten la analítica, y estoy en 1800, eso quiere decir, que hasta me sobran 300. Bueno, no sobran, pero que me lo digo yo para animarme. Esto es como cuando sacabas un 6 en el colegio, no era para tirar cohetes, pero te conformabas.

Y repetimos el camino de hace 21 días: bajamos al sótano (sí, es un maldito sótano, algún día escribiré sobre esto), esperamos en la sala de espera, hasta que dicen mi nombre de nuevo por megafonía “Virginia, control 3 de enfermería”. Ale, adelante querida, una vez más, me he preparado para la función: pantalones de cuadro vichy, camiseta “Life is a catwalk”, labios rojos y esta vez, mi melenaza rubia no me acompaña, sino un maravilloso turbante comprado en una tienda online en Nueva York. Así de bilbaína soy yo: me compro los turbantes donde las expertas, las “niggas” del Bronx de NY. Ahí es nada. Eso sí, ahora en Aztarain, ya no soy Virginia, ahora soy La Cubana, y no por mi tez morena, sino por el pañuelo, que es de todo menos discreto en estampado y en volumen.

Hoy toca silla nueva, la 25. Con 25 fue cuando me diplomé en la universidad, una vez más, seguro que me trae suerte. A decir verdad, no hago más que unir números o datos en mi favor. Hoy tampoco vengo sola, mi madre espera en la sala, hasta que terminen de ponerme la vía. Y Marta, vuelve Marta. Capaz de escapar siempre por verme un ratito. Hay gente, que de verdad se merece un altar. Curiosamente, en esta segunda quimio, no estoy sensiblera, estoy fuerte, quizás ha sido el ver que en la primera no he tenido efectos secundarios heavys, (vaya quitando que se me ha caído el pelo), quizás es que mantengo pestañas y cejas, que he perdido el gusto y no las ganas de comer, y que está haciendo una buena primavera como para ponerme a andar y no estar quieta. Sea lo que sea, vamos por la segunda. Ya vamos por la mitad de esta primera tanda, cuando acaben las cuatro fuertes, vendrá la calma. Lo sé.

 

26 junio 2018.

Ya ha pasado la tormenta. He estado una semana floja, muy floja, me he venido la tristeza de golpe. Será que ya van pesando los químicos, será que en tres días es mi cumpleaños… será todo. Ya queda menos.

 

La chica del vestido rojo

26 junio 2018.

Érase una vez una chica normal, con una vida normal, con un Instagram normal. Érase una vez una chica, que quería seguir siendo normal, pero la vida le puso un reto llamado cáncer de mama.

La chica, se puso firme para luchar, y consiguió que su sonrisa fuese la mejor de sus armas para enfrentarse al día a día. Una tarde, recibió un precioso vestido rojo en su casa: un rojo intenso, que le daría fuerza para ir como testigo a la boda de una de sus mejores amigas. No pudo probárselo, ya que había estado en quimioterapia, y las fuerzas le fallaron, impidiéndole ir de tiendas. Pero era el vestido perfecto, su vestido.

Y quiso gritarlo a los cuatro vientos. O vaya, lo que viene siendo hoy en día a su Instagram. Y voló, la imagen de la chica del vestido rojo y la gran sonrisa voló por la red. Hasta llegar a las diseñadoras. Cruzó todo el país, siendo una imagen más entre las miles y miles imágenes de chicas con sus preciosos vestidos. Pero la foto de la chica del vestido rojo, no pasó desapercibida, y a pesar de ser una chica normal, con una vida normal, su sonrisa y ese vestidazo llamó la atención de la diseñadora.

Más de “166 mil” seguidores en Instagram, y ella, decide que la chica del vestido rojo, merece ser publicada. Lo que no sabe, es que, con ese gesto, ha cambiado el día a esa chica. Al otro lado del país, esa chica está en la cama, cansada, y acaba de recibir una notificación: “Cherubinaofficial te ha etiquetado en una publicación”.

¿Perdón? ¿¿A MI?? ¿¿Me han etiquetado a mi?? Si, a mi, yo soy la chica del vestido rojo, yo soy entre miles, la que ha llamado la atención. No saben que llevo peluca desde hace solo tres días, que no llevo ni tres meses desde que me operaron de un cáncer de mama, no saben que estoy en plena quimioterapia. No lo saben, y no han visto nada más que una chica feliz con su vestido rojo. Y yo, que estoy al otro lado, no hago más que llorar de alegría. Y mi móvil echa humo, mis amigos (seguidores ellos también de la firma) venga a mandarme pantallazos, yo explicando a mis tías, primas y madre que es eso “del instagrán”,y yo, yo, floto. Por ver que quien está al otro lado, no ve el cartel que yo creo que llevo en la frente y que pone “he tenido un cáncer”. Y esa publicación, ha sido el mejor regalo para este 26 de junio.

 

 

NOTA: No busquéis la imagen, he pedido a la firma que la retiren (www.cherubina.com). Quedará en un bonito recuerdo entre ellas y yo. Permitidme un poquito de privacidad en todo este tornado. Gracias.

Del Club Metropolitan al club «oncología»

Creo que una de las cosas que más me costó asimilar cuando tuve el diagnóstico, es que ya nada volvería a ser igual. Somos humanos (incluso yo, aunque a veces me creo que tengo superpoderes), y el cambio no nos mola, nos cuesta. Sí, a ti también, no niegues con la cabeza mientras lees esto. Nos cuesta. Somos animales de costumbres, y cualquier cambio en nuestra vida, nos descoloca.

Piensa en dónde te sientas en el sofá de tu casa, o dónde tomas el café en la pausa del trabajo, o si te duchas por la mañana, y ese día no hay agua, piensa en ese cabreo que te llevas. Solo porque ha cambiado tu rutina.

Yo tenia mi rutina y mis manías: ir al trabajo en el autobús de menos cuarto, sentarme al fondo, escuchar las mismas conversaciones a gritos de cuatro señoras que iban a trabajar, cruzar los dos mismos semáforos, poner la radio en la oficina, comer en casa, volver a la ofi, e ir al gimnasio. A body pump, a TRX, a radikal o a nadar. Hasta que te dicen: “tienes que coger la baja, hay que operar, y dar el tratamiento”.

Entonces es cuando preguntas: “¿Y cuánto tiempo?”. “No se sabe, Virginia”. Volvemos a las incertidumbres, a los miedos. Pues nada, vas al gimnasio al que llevas casi cuatro años apuntada, y les dices que quieres darte de baja, que será un paréntesis, que nadie más que tú quiere volver a esa rutina. Papeleo, más papeleo, y entre medias, te dicen: “Si es por motivos médicos, tráenos el parte de baja. Ahora mismo estamos con lista de espera, así que puedes desapuntarte, pagando 14€ al mes, para que tengas plaza”.

Y yo, con mi bloqueo mental, intentando asimilar que tengo un tumor, que me tienen que operar, que estaré de baja sin fecha concreta de vuelta, que no puedo ir al gim, ni siquiera llevar pesos de más de tres kilos en mi brazo derecho; digo que sí a todo. Firmo sin ver, y me abro en canal, dando mi parte de baja con mi diagnóstico, a unos desconocidos. Bueno, si me lo han pedido, entiendo que Metropolitan Club cuidará mi secreto, y que tal y como reza su web, tienen una gran concienciación, e incluso un apartado de RSC.

Por lo pronto, cambio de hábitos: no voy al gim, pero he decidido no quedarme quieta. Ya me lo dijo Begoña, “Anda, muévete, sal de casa, Vir. No te encierres, tu fuerza hará que la quimio sea más llevadera.” Así lo haré.

Nos veremos enseguida, querido gimnasio. Espero que me recordéis y me esperéis con los brazos abiertos.

El club de las rapadas

13 junio 2018

Sinead O’Connor en “Nothing compares to you”; Demi Moore, como la teniente O’Neil; Millie Bobby Brown o Eleven en “Stranger Things” (Netflix); o como dice Javi, mi querido Javi, como Natalie Portman en “V de vendetta”. Ahora soy como ellas. Todas se raparon el pelo en un momento de su vida, a pesar de ser por motivos de trabajo, supongo que pudieron elegir si hacer o no ese papel, que implicaba ese cambio radical de imagen.

Y yo me estoy hartando. Han pasado 16 días y 16 noches desde la primera quimio, tengo el pelo como estropajo, sin vida, apagado. Vivo en tensión, mirando por todas partes si se me cae algún pelo de más, me da pánico lavármelo por si me quedo con mechones en la mano, duermo como Cleopatra, tiesa y sin moverme para que por la mañana mi almohada no aparezca llena de pelos rubios. Esto es una agonía. De verdad. Si es que encima soy retrasada: si os enseño mis últimas búsquedas en google, aparecen cosas como “cuántos días tarda en caerse el pelo tras la quimioterapia” “cuándo cortarse el pelo después de la quimioterapia” “qué hacer para que no se caiga el pelo con la quimioterapia”. Ésta última es muy graciosa, salen un montón de remedios y potingues varios, que daría para otro artículo. Algunos casi piden hasta sangre de unicornio. De traca. Bueno, vamos aprendiendo lecciones de todo esto: NO MIRAR EN INTERNET. Una vez más, Virginia, a ver si ya vas espabilando, haz caso a tu cuerpo y a tu intuición.

Así lo he hecho: hace unas semanas fui con mi madre y con Lucia (www.specialthinkgs.com), la única que dejé que me tiñese maravillosamente de platino, y cumpliera mi sueño de ser Lady Gaga por unas semanas, a comprar una peluca. Y hoy, miércoles 13 de junio yo decido que me rapo la cabeza, que paso de que encima de pasar por un infierno, tenga que estará sentada en él. Sí, esto es un asco, pero bailaré sobre él, y en lo que pueda, yo pondré la música y decidiré.

Me acompaña Jon, y no deja de hacer tonterías, y no paramos de reírnos los dos con Idoia y Marisa (Peluquería Iñaki Iglesias, en Las Arenas, donde he comprado la peluca). Esto no va a ser un drama, pero les pido que no quiero verme, aún no estoy preparada. Así que no hay espejo frente a mi. Maquinilla en mano, Marisa empieza a raparme, mientras me habla de algo que no recuerdo. Jon a mi izquierda, sentado, no para de decir “qué guapa, qué guapa”. No sé si es por que le está impactando, o porque realmente lo piensa. Da igual. Él es el único que me ha visto con la cabeza rapada. Estamos los tres solos en un cuarto, nadie nos molesta. Me enseñan a darme una crema hidratante y a colocarme la peluca. Esto es importante, en tres días se casa mi amiga Nerea, sí, mi Nerea, y no solo quiero ir guapa a su boda, es que además soy su testigo, y ella se merece que esté a su lado entera. Y lo estoy. (Más de Nerea, aquí)

Entra Idoia, “pero, ¡qué guapa!”. Nos reímos los cuatro, y salgo, bien tiesa, que para eso tengo la altura que tengo, y para eso ensayé a ser Gisele en la primera quimio (aquí). Hoy es un día grande. Nos vamos Jon y yo de compras, y nada más entrar en Zara, no puedo evitar agarrarle del brazo, tengo la sensación de que todo el mundo me mira, que saben que llevo peluca. Hasta que veo un maniquí, sin peluca, sin nada, con la cabeza blanca y brillante. Gracias Amancio, no lo has hecho a posta, pero me siento incluida. Así que no se me ocurre mejor manera de enseñarle mi nuevo look a mis amigos, que haciéndome un selfiecon este maniquí calvo. Ahora sí que me miran todos, y con razón. Hay una loca en Zara haciéndose fotos con un maniquí.

(Gracias mamá, Lucía y Jon por haber estado a mi lado en un momento tan sensible para mi)