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Siete noches

4 junio 2018

Y siete días que llevo con la misma rutina: me despierto, miro la almohada, cuento pelos. Ni uno. Me paso la mano por el pelo, a ver si hay algún cambio. Nada. Me siento en la cama, y apoyo los pies despacito en el suelo, por si noto el hormigueo ese que dicen en pies y manos. Nada. Respiro.

Una vez comprobados que no han aparecido aún esos efectos secundarios, sigo: temperatura. El termómetro pita, y sale en la pantalla: “LO”. ¿¿Y esto?? . Vuelvo a ponerlo, mientras, miro en internet, que es el “LO”: es que no llegas ni a 35 grados. Segundo intento, 35,7 grados: “MAMAAAAAAAAAAAAAAAAA, ESTO ESTÁ BIEN??” No hay nada como llamar a tu madre, que para eso es enfermera. “Pues no hija, ponlo bien anda”. Tercera vez. Pues ya puedo ir aprendiendo, que me quedan unos cuantos meses por delante. El caso es que ahora no tengo claro si lo he estado mirando bien esta semana. Soy un caso. Nada, que no tengo fiebre.

Y mi día sigue comprobando que mi piel no está reseca, que sigo teniendo pestañas, cejas y todos los pelos del cuerpo que me quedaban tras no-sé-cuántas sesiones de láser en las piernas. Todo en orden.

Esto me pasa por preguntar, por querer saber todo antes de tiempo. Por empeñarme en que Elena y Fernando, mis oncólogos, me respondiesen a todo; por mirar en internet y empezar a ponerme blanca con el listado interminable de efectos secundarios. (nota: NUNCA NUNCA NUNCA miréis en internet estas cosas, ya he aprendido la lección)

Pero de repente, me viene mi bipolaridad, como buena cáncer (de signo) que soy, y me digo a mi misma: “Pues no me da la gana”. Y me salen las amazonas interiores, me las imagino todas a caballo, cubriendo mi cuerpo con sus escudos, minimizando los efectos secundarios. Y me vengo arriba, y me da por cocinar, y por salir a andar. Hasta que se pone el sol, en esta primavera en Bilbao, y vuelvo a casa, me meto en la cama, me concentro en la respiración, y pienso, que he pasado un día más. Un día menos en el infierno. A veces el limbo es el peor de los infiernos: el sitio en el que todo es duda y no hay nada seguro.

Tres noches (tras la quimioterapia)

31 mayo 2018

Han pasado tres días con sus tres noches desde que me dieron la primera quimioterapia. No hago más que mirar si tengo fiebre cada tres horas, bajo amenaza de ingreso si paso de 37,5 grados; de mirarme el pelo cada tres minutos y la almohada todas las mañanas a ver si se empieza a caer; ni de ver si cambia algo más en mi.

La verdad que, antes de la quimio, pensaba que la tercera guerra mundial explotaría en mi cuerpo, y de momento, tres días después, nada más allá que una especie de gripe. Estoy cansada, con desgana, no me apetece salir y apenas comer. Me volví loca comprando encurtidos por aquello de que con la quimioterapia “todo te sabe a metal” y que lo mejor es comer cosas con vinagre. Pues tampoco. Vamos, que debo ser la rara de todas las que pasan por un cáncer de mama. Si es que no cuadro ni en las estadísticas, ya me lo dijo Elena (mi oncóloga), que las menores de 35 no éramos habituales, existimos, pero no somos la mayoría. Eso sí, he perdido el gusto, da igual que coma coliflor, jamón 5J que corcho, todo me sabe igual. Un drama: ni me dejan tomar vino, ni me sabe el jamón. ¡Maldita quimio!

Ayer fui al ambulatorio, a darme unas inyecciones mensuales, que no tengo claro si es una jeringuilla o una cornada, porque telita con la aguja… Al menos salí de casa, di una vuelta al barrio y vuelta al sofá. Mañana tengo cita con Marian, a ver si consigue ordenarme la cabeza antes de que yo la vuelva loca a ella. Sin duda, esta es una ayuda que jamás pensé que necesitaría, al menos tan pronto en mi vida. Y, sin embargo, es algo que nada más saber el diagnóstico, decidí incluir en mi vida.

Así, voy de médico en médico y tiro por que me toca. Estoy cansada, me cuesta escribir. Al menos mi pelo sigue en su sitio.

 

 

Desayuno de amazonas

29 mayo 2018.

Vaya nochecita que he pasado después de la primera quimioterapia… Bueno a ver, contando con que soy la reina del drama (y de las amazonas), y que mi querida Marian me llama “Virginia peliculitas”, pues veréis que no ha sido para tanto. De verdad. (si no has leído la anterior, pincha aquí!)

He pasado esta noche mareada, con mal cuerpo. Una mezcla entre gripe y borrachera mala de ginebra marca blanca. Un asco. De hecho, pensaba que iba a estar vomitando, con fiebre, alucinaciones, acompañada de los cuatro jinetes del apocalipsis, y “ná de ná”. Eso si, me he puesto a beber agua como si no hubiera un mañana, y a darme Thrombocid por el brazo como si mi vida dependiese de ello: si mis queridas enfermeras de Aztarain me han dicho que beba agua y que me ponga la crema, pues yo, obedezco.

Y para compensar esta noche regulera, esta mañana al levantarme, he recibido una sorpresa: suena el timbre, y lo primero que he pensado, es que no había pedido nada a Zara (lo juro), lo segundo, que era una multa de tráfico. Y ni lo uno ni lo otro, ha sido un maravilloso desayuno que me han enviado mis queridos amigos, mis amazonas y virkingos, que han conseguido que esta mañana haya sido perfecta. Perfecta. Con lagrimones y risas, pero perfecta.

Así que los próximos meses serán así: cuatro quimioterapias cada 21 días (que deben ser la muerte, si supero estas cuatro, el resto irá rodado); y luego otros tres meses con quimioterapias semanales. Bueno, ya, una menos, y los médicos siempre me recuerdan que todo esto es preventivo, es para que viva muy bien y os pueda dar el coñazo muchos años.

¡Seguimos adelante!

 

Primera quimioterapia: superada.

28 mayo 2018

Y llegó el día. Ya no me escapo con pruebas al IVI (pincha aquí), ni se aplaza por nada. Hoy tengo la primera quimioterapia, y tengo PÁNICO, verdadero PÁNICO, pero tengo a tantos amigos, a toda mi familia apoyándome y animándome, que en vez de venir a algo tan “drama” como es una sesión de quimioterapia, parece que voy a presentar un trabajo de fin de licenciatura, y todos vienen a aplaudir. Y vaya que si vienen: mis padres, mi prima Vero, Marga, Mai y Javi, Marta que se ha escapado un momento del curro…

Llevaba días pensando en cómo sería el día de hoy. Esperaba estar nerviosa, pero con todo lo que ha pasado este finde, casi ni he tenido tiempo de pensar en ello. Hasta esta mañana, cuando me estaba vistiendo: pantalón negro, mis zapatillas preferidas, una camiseta que pone “Stronger than ever”, labios pintados de rojo y mi melena rubia platino. Sí, después de aguantar años de negativas peluqueras que no me querían teñir “por si se me estropeaba el pelo” por fiiiiiiiiinnn Lucia me lo tiñó. Chica, si se va a caer, es momento de ser Lady Gaga aunque solo sea por darme el capricho.

Ay, que ya hemos llegado. Bajo al sótano, donde está el hospital de día y las butacas donde dan la quimio. Espero en la sala de espera, hasta que me llaman: “Virginia, pasa por control 3 de enfermería”. Parezco Paco Martínez Soria versión hospital y en rubio. “Hola, Soy Virginia, me habéis llamado” Miro de refilón a la gente, no quiero ver sus caras, por si están tristes, o preocupados. No quiero que se me note que yo sí que lo estoy, que estoy cagada, a pesar de ir tiesa como un palo, creyéndome que desfilo como Gisele Bündchen por el pasillo hasta la sala de quimio, o de llevar una sonrisa en rojo en la cara. “Elige la que quieras, y dime en qué brazo te puedo pinchar. Y tranquila, todo va a ir bien”. Vaya, no disimulo tan bien como creía.

29, esa es mi primera butaca. 29 es el día de mi cumpleaños, el de mi hermano y era el de mi abuela por parte de madre. 29 es mi numero. Me irá bien. Nati, la enfermera, viene, se presenta, y me explica un poco cómo va: “Mira, algunos son suero, que arrastran el medicamento, otros, como este rojo, es el medicamento. De hecho, este es el más fuerte. Cada vez que se acabe, la máquina pìta, no te preocupes, nosotros venimos y lo vamos cambiando. Y cada vez, te preguntaremos nombre y apellidos” Y el rojo, que me da fuerza, es en quimioterapia el que me va a quitar el pelo, el gusto al comer, o las ganas de seguir.

Se acerca con el carro, me pone la goma en el brazo, y ¡zas! Pinchazo. Respira, Vir, respira. Ya tengo la via puesta, ya empiezo a notar frio a través de mis venas. “¿Has venido acompañada?”Acompañada dice… tengo a la selección de futbol en versión amigos y familiares esperando. Vienen por turnos, a ver qué tal. Me estoy agobiando, tanto nervio, tanta pregunta y tanto misterio con algo tan desconocido… me he venido abajo, y me da la llorera. Ni libro ni ipad ni nada. Mi móvil no para quieto: tengo a media agenda pendiente del día de hoy. Y quiero recordarlo, quiero compartirlo con ellos. Me hago un selfie, y se lo mando a mi familia y amigos cercanos. Os juro que creo que va a explotar el Iphone. Me está dando la llorera otra vez: no paran de llegar mensajes de cariño, de apoyo, de fuerza. Es como si todos estuviesen aquí ahora conmigo. Todos. Hasta mi estrella de punto (mi estrella).

Se me ha pasado la mitad de la quimio intentando contestar a los whatsapp, pero con una mano está complicado. Aún soy rubia, y las cosas, las tengo que hacer de una en una, y con las dos manos a poder ser. Estoy empezando a notar un picor en la garganta y nariz, un olor a química, asqueroso. Aviso a Nati, que a ver si esto me está dando alergia y me tienen que anular todo. “Es normal Virginia, está ya empezando la medicación roja”. Nada, no cuela, que es normal, que me quedo.

“¡Seis minutos, y terminas!” Se me ha pasado volando. Yo cargando con libros, ipad con pelis y de todo, y gracias a mis amazonas y virkingos, no me ha dado tiempo a nada. Ale, a casa, que hay macarrones para comer y nos lleva Jon en coche.

Primera batalla: superada, nos vemos en 21 días.

Vir, 1- Quimio-0

 

 

Naiara

*Si hay alguien que ha llorado igual o más que yo, esa es Naiara. Ella está todos los días a mi lado, aunque sea en la distancia. Todos los días la siento, a través de nuestras conversaciones, nuestras risas o los videos que me manda. Ella, su familia y su madre. Benditas las madres que piensan en ti, mientras encienden velas a Begoña. GRACIAS amiga, no sabes cuánta falta me haces*

 

Hayyy Mari!! No sé por dónde empezar!!

No me acuerdo exactamente el día en que nos conocimos pero sí que cuando volvíamos a casa le dije a Jon que me pareciste una chica genial!!! Fue como un flechazo. Desde el minuto uno nos complementamos un montón y fue como si nos conociésemos de toda la vida. Desde aquel día supe que tenía una amiga a la que no veo mucho pero con la que sabía que podría contar para cualquier cosa!

Pero sí que me acuerdo perfectamente de aquel día, aquella llamada. Hay señor menuda llorera! Cómo me consolaste!! Qué palabra tan dura, lo último que esperaba oír! Desde aquel día no hay día que no me acuerde de ti, intento no darte mucho la chapa pero necesito saber que estás bien!! Días malos, días buenos, análisis malos, análisis buenos, ingresos, altas…
Batallas ganadas!!! TODAS!!! Olé olé la Sole !!! Cada día queda menos y estás siendo la verdadera REINA DE LAS AMAZONAS!!!

Tu positivismo es una gran parte de tu rápida recuperacion, lo estás haciendo fenomenal!! Eskerrikasko por demostrar que en esta vida no hay que darse por vencida!!! Eskerrikasko por ser como eres !!!

IVI Bilbao, maternidad más allá del cáncer.

17 mayo 2018

Ha pasado un mes desde que decidí que congelaría óvulos como plan B. Y en este tiempo han pasado muchos controles, muchas analíticas, y muchos pinchazos en la tripa. Jamás me había planteado el que algún día me vería en una clínica de fertilidad para preservar óvulos por si los necesito en un futuro, así que tampoco había investigado cómo iba el tema. Así que cuando me dijeron que durante unos quince días tenia que pincharme tres veces en la tripa, casi me da un infarto. A ver, eso son 45 pinchazos, y para que entendáis el agobio que he pasado, cada vez que iba al ambulatorio a sacarme sangre, las enfermeras me tumbaban en la camilla de la cara de pánico con la que iba. Un drama todo. Yo tenía que haber sido actriz de telenovela. Ahora sería famosa, seguro.

Este mes, he ido a las revisiones sola, y no he podido evitar fijarme en todo en la clínica IVI de Bilbao, en la música, en la luz, el olor… Todo me transmitía calma. Todo estaba de mi lado, para que saliese bien. Pero también veía tristeza y nervios en las parejas que solían estar en la sala de espera. Creo que era la única que no iba para tener jun bebé, mi guerra es otra. Pero he sentido el agobio y la necesidad de tener esperanza. Lo he sentido, y cada vez que iba sonreía y saludaba a todos con los que me cruzaba, con la esperanza de que, con ese gesto, les pudiese dar un poquito de fuerza y pronto tuviesen su bebé.

Y tras los pinchazos, dos punciones para extraer los óvulos: a ver, calma. Si estás leyendo esto, CALMA. Porque los pinchazos al final, no han sido nada, no he notado nada físicamente, ni me ha dolido nada. Y la punción, pues tampoco he notado nada la verdad (¡vivan todos los tipos de anestesia!). Eso si, al final, he tenido que hacerlo dos veces, cosas de no poder hormonarte mucho (tumor hormonal) y en las dos ha venido Jon, que pacientemente esperaba en la habitación (gracias, siempre gracias), y en ninguna de las dos veces he notado nada.

Pero todas estas visitas y todo este proceso, no hubiera sido igual sin el apoyo de Begoña, de mi ginecóloga en el IVI (¡y de Carmen cuando no estaba Bego!). Por que mientras en la sala de espera unos se preocupan por un bebé, yo me preocupaba por poder guardar alguna opción para el futuro y por ponerme bien para ese futuro. Nunca olvidaré a Begoña, en una de mis numerosas lloreras, consolándome, y diciendo la gran frase: “Virginia, esto es un plan B, necesitamos que te des el tratamiento, que estés bien y seguros de que no hay ni rastro del cáncer. Del resto, nos ocupamos nosotros”. Y así es como volví a reafirmar mi devoción por la medicina moderna, y por los médicos e investigadores.

Querida amazona, si estás como yo en este punto, o si tu caso es el de pasar por una inseminación o una in vitro: TRANQUILA. Respira, sé fuerte, y positiva, porque estás en buenas manos, en las mejores, y tú, solo tienes que ocuparte de calmarte y cuidar tu cuerpo. Sé que irá bien.

 

*Gracias a IVI Bilbao, por haber tenido el detallazo de regalarme uno de los dos tratamientos, al ser paciente oncológica. GRACIAS, por entender, que bastante duro es todo esto, por vuestro cariño, y por tener profesionales tan humanos como la doctora Prieto.*

 

 

Quiero ser madre (tras el cáncer)

17 abril 2018.

Acabo de salir de la consulta de Julio, con unas cuantas pegatinas menos en mi cicatriz y con una nueva duda existencial: “Virginia, ¿quieres ser madre?”. Pues hombre, así, en frio, pues no. O si. ¡Yo qué sé!

Hay gente que con 18 ya sabia qué carrera escoger, que con 27 tiene una pareja estable y decide independizarse, con 30 casados y a los 32 el primer niño… Yo he sido de las que ha probado una carrera en dos facultades distintas hasta darse cuenta que lo que se le daba bien era otra cosa; de las que ha querido probar eso de trabajar mientras estudiaba; de las que ha reído, brindado y disfrutado viajando con amigas; la que no tenia prisa por independizarse con su novio, por pensar que todo sería eterno y no lo es. La vida y el novio digo. Y por supuesto, la que ni se había planteado, que ya con 33, el cuerpo no es como el de 25. Y tras un cáncer, menos.

Y claro, he ido posponiendo algunos aspectos de mi vida, he ido alargando y estirando ciertas cosas hasta que me ha caído este tortazo de realidad, en forma de tumor. Y ahora hay que ponerse serios, y tomar decisiones: ¿quieres ser madre? Y como no sé qué contestarle a Julio, me dice que vaya la unidad de reproducción humana de Cruces, hoy mismo (y soy tan lerda, que me entra la risa pensando si existe unidad de reproducción “no humana”).

En el camino a Cruces, llamo a varias amigas, hablo con un par de ellas que son clave para mi en toda esta guerra. En la sala de espera, en medio de un pasillo, veo pasar parejas de todo tipo y edades, mujeres llorando, tristes. Y entre ellas, una que destaca por su precioso pañuelo amarillo, vaqueros pitillos, una chaqueta tipo Chanel y los labios pintados de rojo. Se me acaba de olvidar a lo que he venido, y solo pienso, que en menos de un mes, estaré como ella. Qué drama todo, yo pensando en niños, y no tengo ni pañuelos para ponerme.

Esto es una puñeta, pero seamos realistas: mi cuerpo, es ya “mayor” aunque mi mente y mi situación personal, sea de 25. Así que te aguantas Vir, ahora a congelar óvulos, para empezar la guerra de verdad, la de asegurar que no hay células tumorales paseando por tu cuerpo. Una vez más, se pospone algo tan importante, como es la maternidad.

Y tras la consulta en Cruces, y por un par de temas personales, decido acelerar todo esto e irme al IVI. Aunque lo he hecho en muchos aspectos de mi vida, ahora no puedo alargar el darme el tratamiento. Empieza una nueva batalla.

 

(Y si, claro que sí, que se puede, y la muestra es la niña más preciosa de 2018, que tiene nombre de princesa del imperio y de la galaxia y a la madre más valiente que conozco)

La cicatriz de la amazona

17 abril 2018

El día que me dieron el alta, me llamaron desde el ambulatorio: “Hola Virginia, soy Esti, tu enfermera del ambulatorio. ¿Qué tal estás? ¡Si necesitas cualquier cosa, me dices!” Seguramente, ella no se acuerda, pero yo sí, me acuerdo perfectamente de esa conversación breve con una enfermera, que en ese momento era desconocida para mi. Y me acuerdo, porque muy brava yo, le dije: “Uy tranquila, gracias por todo, ¡pero estoy estupendamente!”.¡JA! Hasta que me vi las pegatinas esas sobre la cicatriz y casi me da algo… Que no se puede ir de súper heroína, cuando te asustas con una aguja de coser.

Y ha llegado el día 17, algo más de diez días después de la operación, tengo revisión con Julio, mi cirujano. Aquí estoy con mi madre, mientras mi padre aparca. En la sala de espera, una cara conocida: Mónika. Nos hemos reencontrado las dos de nuevo, nos sonreímos al vernos, y ella no duda en preguntarme qué tal estoy. “Bien, estoy bien, esperando los siguientes pasos. Ya sé que, por mi edad, no me voy a librar de nada. ¿Y tú, qué tal estás?”. Mónika es una mujer guapa, delgada, alta, con esa mirada que da calma y confianza. Pero sobre todo es paz y esperanza para mi. “Pues yo espero librarme de la quimio, ¡a ver qué me dicen!”. Entra con su marido, sin duda, el mejor apoyo, un hombre calmado, que no para de animarnos a las dos y de sonreír. Se avecinan días duros y oscuros, pero cada vez se van sumando más sonrisas al ejército. Al salir, un poco triste, me dice “nada, que tampoco me libro”.

Es mi turno, entro a la consulta, y ahí está Julio con dos residentes y la enfermera. Me tumbo en la camilla, y de repente: “¡¡Pero si tienes las pegatinas puestas todavía!!” ¡Anda, pues claro! ¡Esto no lo toco ni loca! Y antes de que me diera cuenta… tris tras FUERA. Va Julio y con tres tirones, me las quita todas. Ahí tumbada en la camilla, me acordé de Esti, la enfermera. Tenía que haber ido a verla antes.

Todo va bien, tengo la cicatriz más bonita gracias a mi querida Marta, y ya no hay rastro del tumor gracias a Julio y a todo el equipo de quirófano. Pero soy demasiado joven, estoy demasiado sana y mis células van demasiado rápido. Así que, me voy con el pack completo, hemos venido a la guerra, y hay que sacar la artillería: operación, quimioterapia, radioterapia y pastillas.

Coge aire, Vir, ponte la armadura, súbete al caballo y a luchar. Que de esta primera batalla, aún no lo sabes, pero acabas de ganar dos guerreras más a tu lado: Mónika y Esti.

 

Spoiler: Lo que no sabíamos, ninguna de las dos, ni Mónika ni yo, era que ese día, era el inicio de algo maravilloso, una nueva amiga se unía en mi guerra, pero ella es especial, no solo se ha convertido en mi amiga, sino en alguien que ha entendido al día lo que siento en estas batallas. 

 

El colgante, las monedas y la Virgen de Begoña.

No he sido muy buena estudiante ni muy creyente en ninguna religión. Pero cada vez que tenía un examen, me daba por encomendarme a todo lo que pillaba cerca, repetía la ropa (previo paso por lavadora, ¡claro!) que había llevado el examen que había aprobado, o bien me sentaba al lado de la pared de una de las aulas de la uni, donde había una pegatina de Kate Moss, que me solía dar suerte. Se convirtió en mi diosa de la buena suerte los últimos exámenes.

Y en cuanto les dije a mis amigos que tenía un cáncer, y que me operaban el 5 de abril, de repente, se volcaron en mi con toda su fuerza. Abrazos, llamadas, cariño en forma de mil detalles. Mis cuñados me regalaron un colgante con la V (de Virginia y de valerosa); mis amigas las amazonas influencers otro con una piedra rosa y mis primitos una pulsera con una estrella. De repente empecé a sumar regalitos, cada cual con la fuerza de quién me los regalaba.

Pero no acababa ahí: Naiara, me prestó unas monedas con gran valor familiar, para que me den fuerzas en el tratamiento, mis amigas Nerea, Leixuri y Maialen peluches y tarjetas de kiwis (el animalito, ¡no la fruta!) de sus viajes a Nueva Zelanda. La familia de los amuletos iba creciendo a pasos agigantados. A ello, se sumaron dos libros de Mai y Javi, otro de mi querida Monika para los ratos en la sala de espera en Basurto, el de Ramón para aprender a cocinar (en ello estamos), María un pañuelo y unos pendientes preciosos de diva, Izaskun el precioso colgante del eguzkilore para que me proteja… y a cada regalo yo me emociono más.

Si la fuerza dependiese de todo el cariño que estoy recibiendo, os prometo que no sería “Super Woman”, sino la liga entera de los superhéroes. Y a esa fuerza, se sumaron mis primas y mi tío que me regalaron el mejor de los anillos, el que es para mi su cariño y sobre todo el amor y la fuerza de mi estrella de punto. Sin duda el más emotivo, y el que representa la lucha de todas.

Os decía al principio, que además de no ser buena estudiante en el colegio, (para desesperación de mis padres), tampoco soy religiosa. Por eso, saber que la madre de Naiara pone velas por mi cada vez que pasa por la basílica, o mi amigo Iñigo piensa en mi cuando va a sus revisiones de ojos, en la clínica que está al lado de la Basílica de la Virgen de Begoña, me emociona y alegra a partes iguales. Bueno, en realidad lloro como una magdalena, pero vaya, eso no se lo digo a ellos, para que no se preocupen.

El colgante en V, las monedas y La virgen de Begoña, son tres de los muchos gestos de afecto y cariño de los valientes que están a mi lado en esta guerra, detalles y regalos, que hacen que cuando no puedes más, no tienes más que mirarte la muñeca, la mano, tocarte el cuello o la balda donde guardo los libros, para sentirlos a todos a mi lado.

 

 

 

 

Nerea

*Nerea, mi querida Nerea. Amiga desde que éramos dos palos con patas y uniforme de colegio, de esas amigas que solo con un abrazo te recomponen y con una risa, ya nos entendemos las dos. Mi guerra es dura, pero es duro también vivirlo del otro lado. Por eso, nadie mejor que ella, para contarlo. Merci, ma chérie. Ma belle amie, depuis Hourtin. Je t’aime»

 

Llamadme inmadura, inocente o simplemente ilusa, pero cuando tienes 33 años y una amiga te llama, descuelgas el teléfono pensando que te va a dar la buena nueva de que se casa, que está embarazada, que ha cambiado de curro o simplemente que tiene pensado pasarse un finde por tu city d acogida y quiere cuadrar calendario para sacar un ratito de cafés juntas.

Ni te cuento encima cuando a dicha amiga en particular la tienes de asesora predilecta para todo lo que tiene que ver con los preparativos de una boda. Tener una wedding-planner entre tus amigas es un regalito caído del cielo por lo que supone hoy en día que alguien con coherencia y de plena confianza te pueda asesorar en el entramado mundo de “haz de tu día el día más especial de tu vida”, sin caer en bancarrota y/o en un estado de nervios permanente.

Pues bien, aquel día de marzo en el que recibí la llamada de Vir, me levanté de mi sitio en la ofi y me metí en una salita de reuniones, como suelo hacer siempre que un@ amig@ me llama. Tener mis 10 minutitos de evasión con mi amiga, y que me pusiera sobre aviso sobre qué tienda de flores elegir o me contara que era la siguiente en la lista de amigas casaderas, encajaba a la perfección en un día bastante cargadito de reuniones y presentaciones.

Lo que yo esperara que me sacara una sonrisita mañanera, me provocó un bloqueo que no recuerdo haber tenido en muchas ocasiones. 

La información que me llegaba me había desencajado por completo. No podía creerlo, no podía ser cierto. Y rompí a llorar. Allí mismo, mientras me contaba los detalles de cómo había sido el hallazgo del maldito bulto y de cómo estaba previsto el plan de ataque urgente que se requiere en estos casos.

Intentaba calmarme sólo por ella, para que no tuviera que preocuparse (como ya lo estaba haciendo la pobre) por mí y por lo que suponía esta noticia. 

Y creo que finalmente lo conseguí: se merecía palabras de aliento, de esperanza, ni lágrimas ni penas. Suficiente era la procesión que ella llevaba por dentro. Así que conseguí arrancarme con un “no estás sola”, “de esto se sale, Vir”, “eres muy joven y tienes una fuerza de voluntad como pocas personas que conozco, así que lo consideraremos un pequeño bache en el camino que te haga salir reforzada”, etc.

Frases que ahora leídas pueden sonar a tópicos aprendidos en situaciones similares, pero que pronuncié con toda mis fuerzas y con todo el cariño del mundo, para que a pesar de que ya las hubiera escuchado y con la convicción de que las escucharía muchas más veces después, le sirvieran para sentir que yo estaba ahí con ella, a su lado, que contaba con todo mi apoyo para todo, que realmente sentía que esto era transitorio, pasajero. Una pesadilla. Pero como todo mal sueño, tiene un final al despertar. 

Que por desgracia ya lo había vivido antes en casa y que en situación aparentemente más crítica, las cosas habían salido finalmente bien. ¿Cómo no iba a ocurrir lo mismo en alguien con esa edad, con esa vitalidad, con esa alegría, con tantas ganas de comerse el mundo, con toda la vida por delante para cumplir cada cosa que se proponga?

La propia vida te hace ver qué cosas son prioritarias aunque no podamos/queramos ser conscientes de ello en el día a día y perdamos tanto tiempo en otras que ni siquiera cuando las consigues te dan esa felicidad con la que sueñas. 

Y yo he sacado una importante lección (¡una de otras muchas!) en todo este proceso, que he decidido aplicar a nivel cotidiano y no cuando suceden acontecimientos adversos: valora lo importante que tienes y evita siempre darlo por hecho o incluso menospreciarlo. No esperes a hacerlo cuando ya no esté, cuando falte.

 Y con importante, ya no sólo me refiero a la salud sino a algo tan esencial como son las personas que quieres y que te quieren.

No esperes a ver mal a un ser querido para darte cuenta de lo importante que es para ti y todo lo que te/le necesitas. No esperes a malas rachas sentimentales, laborales o las más extremas, relativas a la falta de salud. Seamos conscientes del regalo que tenemos por poder disfrutar de dichas personas cada día. Y aprovechémoslo para hacernos y hacerles felices.

Si de algo me arrepiento es de haberme alejado en esa cotidianidad de la protagonista de esta historia. Hemos sido amigas desde los 4 años, y a pesar de rivalidades juveniles por ser “la más amiga de” o por “a ver quién tiene más peso para”, somos dos personas con un carácter y una forma de entender la vida muy similar. Sobre todo ahora de adultas. Y de eso fui consciente no sólo a partir de ese fatídico día de Marzo, sino un año antes, en un viaje-despedida a Gijón en el que el destino hizo que volviéramos a compartir cuarto como en épocas de Hourtin.

Allí redescubrí a la amiga que siempre tuve, a aquella personita con la que había crecido y que por circunstancias varias, fuimos perdiendo el contacto diario e incluso el de “de vez en cuando”.

Me di cuenta que a pesar del tiempo pasado, las dos teníamos más cosas en común que incluso en nuestra infancia juntas. Gustos, aficiones, manera de pensar, prioridades en la vida…como si hubiésemos vivido vidas muy parecidas en paralelo pero sin haber sido conscientes de ello.

Y desde ese fin de semana, decidí que lo de alejarnos, no se repetiría en el futuro, al menos no por mi parte. Que ya había aprendido la lección y que tenía claro que personas como Vir, las quería siempre y para siempre en mi vida.

Así que a pesar del bache, o hablando con propiedad y sin eufemismos, del PUTO CANCER, la vida continúa para una de las personas más valientes que conozco. Lo vivido este año lo dejamos atrás, ya arranca 2019 con todo lo bueno que está por sorprenderte. Y prepárate porque va a ser mucho. Ya has sufrido por un total de 50 años, ya no toca más hasta que nos entre reúma de paseo por el parque de los patos allá en 2070! 

Nos queda mucho por vivir, muchas experiencias alucinantes por las que pasar y ¡que te quede clarito que no te voy a dejar vivirlas lejos de mí!

Gracias por ser como eres y compartirlo con la gente que de verdad te queremos, reina de las amazonas. Eres un ejemplo. «El» ejemplo, nunca lo olvides.

Un beso enorme,

          Tu amiga, la del chubasquero de Mini azul