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Primera batalla: operación de cáncer de mama (2)

5 de abril 2018

Marta se ha ido a trabajar, y a mi me han llevado a la habitación donde pasaré la noche. Todavía es de día, pero no sé qué hora es. Lo mejor viene ahora: para llevarme de un pabellón a otro, ¡me llevan en ambulancia! Vamos, digno de la reina amazona. Me acaban de operar, y yo estoy en pleno ataque de risa en una ambulancia dentro del hospital de Basurto, os prometo que no es un chiste.

Ya en la habitación, vienen enfermeras, y les digo que quiero ir al baño, pero me dicen que no me levante. Nada, no me dejan hacer nada. Se me olvida que, desde el 9 de marzo, yo ya no opino, ni mando. Por fin consigo que me dejen ir al baño, que no sé porqué nadie me cree, debe ser que no es lo habitual después de una anestesia general que la gente quiera hacer pis, yo qué sé.

Estoy bien, contenta, no me duele nada, y no hago más que recibir visitas. Mando a mis padres a comer fuera, así descanso un poco. Viene mi prima Bego con bombones como para todo el hospital, y aunque intento seguir la conversación, me quedo dormida de nuevo. Va pasando el día como por capítulos. Me despierto, y está Jon en la habitación, han mandado una orquídea, y hay más bombones en la mesa. ¡De aquí salgo rodando! Ya estoy más despejada, vienen mis amigas de la ofi de visita, con más flores, no puede hacerme más ilusión verlas, a Ceci, Laura, Izas y Lorena (¡y mi Iñigo, que se quedó cuidando el fuerte!); luego se sumaron Joseba y David con más flores y más trufas (ya llevamos tres ramos, dos cajas de bombones y una de trufas) y Pat, mi querida amiga de siempre, con queso y pan como siempre nos gusta celebrar las alegrías. Mi habitación es un no parar de visitas, y yo no puedo estar más contenta. Creo que es el mejor de los despertares después de una anestesia: familia y amigos.

Ya es de noche, y mis padres están que alucinan con el tráfico de gente, y con mi móvil que, aún habiendo estado la mayor parte del día dormida, apenas tiene batería de las llamadas y mensajes recibidos. Estoy bien, de verdad, iros a casa tranquilos. Viene la cena: crema de zanahorias, pescado al vapor y yogur natural. Imposible comerme eso. Así que nadie mejor que Mai, Javi y Jon, para salvarme (de nuevo) con un sándwich del EME (sorry, esto era un secreto a voces) y un bote de un kilo de aceitunas (soy de gustos sencillos) que evidentemente no abrimos. Y ahí estaban Mai, Javi, Jon, David, Joseba, Patricia… y se sumaron Laura, Marta, Unai, Esti. Os juro que, si llego a decir que era mi cumple, hubiera colado. Aquello era una fiesta de la victoria de la primera batalla. Poco a poco se van yendo, y me quedo sola, pero contenta, muy contenta.

Vaya, ya vuelve el sueño, me duermo de nuevo.

 

6 de abril 2018.

He desayunado pronto, entra la luz por la ventana, y aunque tenia miedo de que me doliera algo, la verdad que no ha sido asi. Ahora que estoy sola, aprovecho para ver si de verdad sigo teniendo dos pechos. Pues si, ahí están. Igual que antes. Me da la llorera. No sé si de lo malo que está el café o de la alegría por haber ganado la primera batalla. Creo que es por lo segundo. Si, seguro que es por lo segundo.

Apenas he terminado con el café, aparece Julio, mi cirujano: “No sé si te hemos operado, o si has dado a luz. ¡Pero cuántas flores!” Pues si, es lo que tiene estar rodeada de tanta amazona y tanto virkingo. ¡Viene a darme el alta! En quince días nos volveremos a ver, mientras, y antes de irme, vienen Esti y Mirentxu a darme un beso y un abrazo, de esos que ellas solas saben dar.

¡Nos vamos a casa!

Despertarse de la anestesia con estas vistas. 

Primera batalla: operación de cáncer de mama

5 abril 2018

Son las siete y media de la mañana, ya empieza a verse luz en el cielo. Estoy en el pabellón Areilza, esperando en la sala, con mi madre a un lado y Marga al otro. Ellas hablan, las oigo, pero no las escucho, solo miro un punto fijo en el suelo, y doy vueltas a la pulsera que me han puesto en la muñeca derecha. La pulsera del “todo incluido” versión hospitalaria. Pena que no puedo tomar mojitos y margaritas.

Me llaman, y como un robot con el tembleque de un flan, empiezo la ruta: primero, por el pabellón San José, donde me encuentro con Loli, la enfermera que me agarró la mano en las primeras biopsias de mama, y con la médico que me va a colocar el arpón justo en el tumor (o eso me imagino yo, cual amazona), para que en quirófano vayan a tiro hecho. Y en la sala de espera, no soy capaz de estar sentada ni medio minuto: vienen mis cuñados de visita, Marta, mi familia… y en esa mini sala de espera, veo a una chica de pelo corto, acompañada por dos familiares. Nos sonreímos con tristeza, sabiendo que las dos, desconocidas en ese momento, vamos a luchar (por separado) en las mismas batallas, y acabaremos siendo amigas.

De repente me llaman de nuevo, y me llevan a una sala con varias camitas, tengo que ponerme la bata esa de lunares, meter todo en una bolsa, y esperar a que vengan a buscarme. Mientras espero, Marta sigue a mi lado, viene Unai, enfermeras que van y vienen… y toca despedirme de mi madre, tumbarme en la camilla. Ya vamos para el quirófano. Ahora vuelvo mami, escribe a papi y a Álvaro, y a las primas y las tías. Y a Jon, Marga y a mis amigas, que nadie se preocupe que vuelvo en un rato.

Tumbada en la camilla, voy contando las luces del techo que me lleva hasta el quirófano: tres luces fundidas, y dos de color distinto. Deberían revisarlo. Me hablan los celadores, pero no los escucho. Una mano me saca de mi mundo paralelo, y me incorporo. “Hola Virginia, soy la anestesista (nombre que no recuerdo), estate tranquila, que ya está todo listo”. Yo miraba a esa mujer, vestida de verde con ese gorro horrible, y no paraba de llorar. Ojazos azules, uniforme verde. Me cae bien. Vuelve el celador, Alain: “Yo todo lo que he aprendido ha sido por Javier, es genial, ¡de verdad! Y tranquila, no llores, ¡que todo va a salir bien!”(aquí entre los nervios y la llorera, confundí a mi querido Javi con su padre Javier).

Me han puesto unos patucos horribles, una bata horrible, y un gorro horrible. El quirófano es blanco, frio, lleno de pitidos, y de gente. Solo consigo reconocer a Marta, mi querida Marta. Me tumbo, y ella me coge la cara con cariño, me mira desde arriba, me seca las lágrimas, y mientras oigo a la anestesista (ay, te juro que no recuerdo tu nombre, pero tu cara no se me olvidará jamás) que me dice que vamos a empezar. Entonces Marta me agarra más fuerte: “Venga pequeña, cuéntame cómo conociste a Jon…”y yo en pleno delirio le hablo de la playa, de Maitane saliente de guardia, del guapo de su hermano, pregunto por el chico que me va a operar, sin saber que Julio estaba a su lado, oyéndolo todo. (Gracias Marta, gracias infinitas)

No sé qué hora es, estoy tranquila, tumbada en una cama en una sala muy grande. Apenas he abierto los ojos, y alguien me coge la mano, y me dice que todo ha salido bien. Es Marta. Es la amazona que ha cambiado turno de trabajo para estar conmigo, que ha cerrado la herida de mi primera batalla (y me ha dejado la cicatriz más bonita del universo), la primera que veo nada más despertar. Y lloro. No paro de llorar. La anestesia me ha dejado tocada, pero no lo suficiente como para no reconocerla, y solo poder decirle “GRACIAS” compulsivamente. Pitan cosas, la maquina que me controla se descontrola. Viene un enfermero, me pone algo en el dedo, se va corriendo. No sé qué pasa. Marta me tranquiliza. Me pregunta cosas el enfermero, y me pone unas cosas en la nariz para que respire mejor, el oxigeno no debe ir bien por mi cuerpo (creo que se llaman gafas nasales).

Me duermo. No sé a dónde me llevan.

(Continuará)

 

 

 

 

 

 

La libertad del miedo (parte 1)

El miedo es libre, muy libre. Tanto que cuando arranca, se extiende como el peor de los virus. Y desde que me diagnosticaron el cáncer de mama de repente tengo miedo a todo (bueno en realidad, me dijeron “tienes una neo de mama” y yo dije: “además del cáncer, tengo una neo???” “no, Virginia, ¡es lo mismo!”)

Empezó el miedo a la muerte, a ser consciente de que tenemos un tiempo limitado en este mundo; siguió un miedo a no tener tiempo de estar con mis seres queridos, a no verlos de nuevo, a no darme tiempo a darles un beso, un abrazo, a que vuelvan a decirme “ay Pitu, ¡eres una pegatina!”. Y siguió con el miedo a cosas que aún no habían pasado: miedo a la operación, miedo a no despertar de la anestesia, miedo a perder el pecho, el pelo, la fuerza.

Pero lo peor del miedo, es que cuando controlas o afrontas alguno de ellos, nacen otros nuevos: miedo a no volver a trabajar, a no poder crecer profesionalmente, a que nadie me quiera, a que nadie quiera compartir su vida conmigo, a no poder ser madre (ya ves, nunca me lo había planteado hasta que te dicen que igual no puedes). O a que haber vencido un tumor, sea algo que ocultar, y no algo que celebrar. El miedo es libre, pero esa libertad puede ser controlada. Y me he propuesto ganar en todo en esta guerra, miedos incluidos. Así que cuando me he agobiado, he decidido que dos amigas psicólogas me ayuden, y me aconsejen, Aran y Miriam. Y junto a ellas, una tercera, Marian, que el 24 de abril, se unió a mi ejército, para ayudarme a ser más fuerte.

No me da la gana de ser capaz de superar un cáncer, o neo o como quieran llamarlo, y que el miedo me pueda. No podrá. Me niego. Y lo conseguiré.