No soy fea

No soy fea, estoy rara.

Mi tratamiento de quimioterapia se divide en dos partes: en la primera, de cuatro ciclos cada 21 días, en los que estoy más o menos una hora y veinte sentada en una butaca y por vena me dan los medicamentos. La segunda, cuando llegue, será de 12 ciclos, cada semana. En total, si todo va en orden, seis meses en la butaquita enganchada.

Y yo, que voy marcándome batallas ganadas en el calendario, y que soy muy de estadísticas, voy contando las sesiones que voy tachando, así que ya voy por la mitad de la primera parte. Así, parece que va quedando menos. Pero es ahora también, cuando ya va haciendo mella todo esto en mi cuerpo. La verdad que sigo en el mismo peso, controlada maravillosamente por la dietista; sigo manteniendo pestañas y cejas, y en la cabeza, aunque no me he visto en el espejo, noto que tengo menos cantidad, pero aún tengo.

Sí, lo sé. Es raro que no me haya visto nunca sin peluca o pañuelos, pero me he vuelto una artista esquivando espejos, cristales o pantallas reflectantes. No soy capaz de pasar ese mal rato, así que ni falta que hace. Pero cada día que pasa, me reconozco menos en ese espejo. Cada vez que lo comento con mis amigos o mi familia, solo oigo palabras bonitas, todos me ven bien, con un cutis maravilloso (esto es cierto, ¿será el agua y la comida?), incluso hasta guapa. Yo no. Pero después de darle vueltas, me he dado cuenta de que no es que me vea fea, es que me veo rara. Como si fuese otra persona.

Así que, si tenéis a una amazona cerca, y ella no consigue verse como tú la ves, no te preocupes, no le pasa nada, solo que ahora mismo, tiene que empezar a aprender a reconocer a esa nueva mujer que será.

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