Fiesta (again) en el turno de noche

17 agosto 2018.

¿Sabéis lo que pasa cuando dejas encerrada a una cáncer de junio (de signo) creativa y con mucho tiempo libre? Pues que te dedicas a vacilar a tus amigos.

Esta tarde han venido una pareja de enfermera y enfermero a ponerme los antibióticos: yo hecha mi ovillo (ya os lo contaba en el post anterior), de mal humor y sin ganas de nada. Cuando te operan de un cáncer de mama, hay varias cosas que cambian en tu vida, unas son muy evidentes, otras, las vas aprendiendo paso a paso. Como, por ejemplo, que ya no es aconsejable que te saquen sangre o pinchen para cualquier cosa en el lado que te han operado. El mío, el derecho.  Primer intento en el brazo izquierdo. Nada. Segundo intento, nada. Respiremos todos. Tercer intento, nada. Pasa el testigo al enfermero: primer intento, nada. Pasamos a pinchar en la mano, primer intento en la mano, nada. Segundo intento, nada. Se van a por otra aguja. Vuelven. Otro intento más en la muñeca. Nada.

– “Oye, no podéis pincharme en el pie??? ¡He leído en internet que se puede pinchar en el pie!”

– “NI LOCA VIRGINIA! ¡No te pienso pinchar en el pie! Voy a llamar a Ramón, yo creo que, por darte una dosis de antibiótico en el brazo derecho, no pasa nada, pero vamos a confirmarlo” La enfermera, que no diré su nombre, me explicó sus razones, y quedan entre ella y yo, y desde luego, entiendo que no quisiera pincharme en el pie.

Y Ramón, desde algún lugar, dio su visto bueno, y por fin, me han podido pinchar en la mano derecha. Ale, ya tenemos antibiótico.

Como os decía, no se puede dejar encerrada en aislamiento a alguien creativo. Bueno, se puede, pero te arriesgas a que, como yo, se dedique a montar una fiesta de pijamas blancos en la habitación, y mande invitaciones via whatsapp. No he tenido mucha respuesta positiva, solo han venido tres de visita: Laura, Leixuri y Ramón. Es lo que tiene aprovechar que los amigos están de guardia.

Me va la fiesta, queridos, y encima empiezan ya las fiestas de Bilbao. Ramón, porfa, dame libre, que quiero ver a Marijaia.

 

Lo que hace el aburrimiento y la creatividad: que acabas mandando a tus amigos una invitación

para una «party en pijama». Si yo no puedo salir de aquí, que entren los demás!

Habitación 211

14 agosto 2018.

Neutropenia: Los neutrófilos (granulocitos) son la principal defensa del cuerpo contra las infecciones bacterianas y las infecciones micóticas. Cuando hay una neutropenia, la respuesta inflamatoria a estas infecciones es ineficaz.

 

Anoche me ingresaron en una habitación de la segunda planta de Aztarain, el pabellón de oncología del hospital de Basurto. No recuerdo muy bien cómo he llegado aquí, solo que una enfermera vino, me preguntó unas cosas sobre mi, me pusieron una vía y dos o tres bolsas colgando del gotero. Recuerdo decirles a mis padres que se fueran a casa a dormir un poco, y que volviesen por la mañana. Recuerdo pensar en Jon, ponerme a llorar y quedarme dormida. No he hablado con él, desde las diez y media de la noche de ayer, solo un WhatsApp, para decirle que le diga a su madre que no se preocupe, que ya he visto sus llamadas perdidas. Esta mujer está en todo.

La siguiente vez que he abierto los ojos, ya era de día, en una habitación blanca, con una enfermera que me sonreía, me ha cambiado las bolsas que habían terminado, y me ha dicho que después del desayuno pasaría el médico a verme. Parece que tengo menos fiebre, o que al menos no tengo. Me sigue doliendo muchísimo la cabeza, la muela, y sigo con la cara inflamada. Y no paro de llorar. Espero que, en esas tres bolsas enganchadas a mi vía, una sea de suero, porque si no, me deshidrato. Han venido dos auxiliares, mis chicas de rosa como yo las llamo, y según me han visto llorando, se han quedado conmigo un rato hasta que se me ha pasado. Nesquik con leche fría, pan tostado y una naranja. No me entra nada. Solo quiero acurrucarme, y ni eso puedo, con el brazo izquierdo enganchado al gotero este con el antibiótico. WhatsApp de Jon. Otra vez que me da la llorera. Ojalá estuviese aquí conmigo, ojalá se hubiese quedado esta noche. Pero trabajaba y no podía.

Han venido mis padres, con un neceser, zapatillas de estar en habitación de aislamiento (vamos, zapatillas de casa ideales que siempre tengo por si me voy de viaje), y un pijamita para quitarme la bata de hospital, y poder cambiarme. Las enfermeras no han sabido decirme si me quedaré aquí uno, dos o tres mil días. Solo me da la llorera, estoy cabreada, estoy en una habitación donde la ventana no puede abrirse, donde hay dos puertas para poder entrar, y un descansillo entre ellas para que la gente que entre a verme se ponga una mascarilla y se lave las manos, donde el aire circula continuamente, pero se respira claustrofobia, donde las enfermeras y auxiliares, entran con guantes y mascarilla. Y yo sigo sin saber qué pasa. Viene Jon también, pero no puedo ni tocarle ni abrazarle. No puedo tocar a nadie, solo me han dicho que tengo las defensas muy bajas, casi inexistentes, y que cualquier contacto puede ser complicado para mi. Vamos, una manera sutil de decirme “querida, como te estornuden, la liamos”

Y de repente, entra un hombre, con la calma en su sonrisa, parece que entra flotando de la alegría que trae. ¡Y VIENE SIN MASCARILLA! Entro en pánico. Mis padres le miran como alucinados, en plan “¿¿y la mascarilla??”.

 

– “Hola soy Ramón Barceló, ¿qué tal estás?”

Lloros y más lloros.

– “Pues mal, estoy mal”

– “A ver, tranquila, tienes una neutropenia, de una infección que parece venir de la muela, luego pasan los de maxilofacial para verte. ¡Pero nada grave! ¿Porqué lloras tanto?»

– “Estoy harta, estoy cansada, estoy horrible, fea, gorda, sin pelo y encima ahora se me van a caer las uñas”  LLORANDO A MARES.

– “¿Las uñas? ¿Quién te ha dicho eso?”

– “Una oncóloga que no es Elena” (yo dando mucha pena)

– “Estos oncólogos, son unos exagerados…”

– “Cómo que ‘estos oncólogos’”??? ¿¿Y tú qué eres??” (aquí ya se me cortaron hasta las lágrimas: entra un tipo en mi habitación, sin mascarilla, súper feliz, animado, y ¿¿no es oncólogo??)

– “Entre muchas cosas, soy oncólogo, pero eso ya te lo cuento otro día. Por cierto, no te preocupes, que hay una peli muy buena de unos aliens que se les caen las uñas, ¡y no pasa nada! Tienes que verla, se llama Distrito 9.  Por cierto, ya no hace falta que nadie lleve la máscara. Tenías una neutropenia, pero ya estás mejor. Luego paso a verte” (No pienso ver la peli, ni loca)

 

Así, acabo de conocer a mi oncólogo preferido. Ya tenía oncóloga preferida con Elena, pues ahora tengo oncólogo también. Porque solo necesito eso, solo necesito que un médico de oncología, me dijera “Tranquila Virginia, vas muy bien, todo esto pasará”.  Y Ramón ha entrado en esa habitación como si nada, ha intentado que me riera un poco, le ha quitado hierro a algo que dentro de la gravedad, no es como para ponerse histérico, y ha conseguido que me relaje. Y lo más importante: me ha escuchado, y me ha preguntado no sólo cómo estoy, sino cómo me encuentro. Que no tiene nada que ver.

 

No ha terminado de salir, cuando aparecen cinco médicos: entran todos sin mascarilla, así que supongo que ¡ya voy mejorando!

– “Hola Virginia, somos los médicos de maxilofacial. Venimos con dos residentes, y un alumno internacional, ¿te importa?”

– “No, no, sin problema, ¡Cuánto más aprendan mejor!”

– “Perfecto, vamos a ver esa infección”

 

Empieza a tocarme la muela y la encía y se me caen los lagrimones por la cara.

– “¿Te duele?”

– “Nnn..SIIIIII”

– “Excuse me, can I…” La alumna internacional se viene arriba, y yo también:

– “Yes, of course, but carefully, please”

– “A simple vista no se ve pus, pero claramente habrá infección por dentro, que te ha dado la fiebre. Cuando pases todo esto, valoraremos si quitarte esa muela del juicio, ¿te parece? Por nuestra parte, todo listo, te dejamos con Ramón”

 

Llega la hora de la comida, y apenas puedo con lo que me traen: espaguetis, pollo y un yogur natural. No consigo casi abrir la boca, así que como cuatro espaguetis malamente, y me tiro al yogur. Imposible comer algo más. Pues nada, me lavo los dientes, que en cualquier momento aparece Ramón. Me recuerda a esa sensación que tenía de pequeña cuando me encontraba mal y les decía a mis padres que me llevaran donde Javier, mi pediatra. Solo ir a verle, ya me curaba. Pues hoy me pasa igual: después de comer, más antibióticos, más pinchazos para analíticas, y yo solo quiero que venga Ramón.

¡Y aparece por la puerta! Creo que hoy debería contar los minutos que no he llorado, porque han sido muy pocos. Y verle entrar, me ha dado un subidón, porque como con mi pediatra Javier, Ramón, que solo le conozco de un día, es el que trae calma y buenas noticias.

 

– “Bueno Virginia, ¿Cómo te encuentras?”

– “Bien, mejor, más tranquila”

– “Si estas últimas analíticas mejoran, esta tarde te doy el alta, ¿vale?”

– “Ay, muchas gracias. Siento haber estado todo el día llorando, te prometo que no soy tan pesada”.

– “A veces nos olvidamos que la medicina no es solo de cuello para abajo. Cuídate, ¿vale?”

 

Con esa frase, me quedo contenta de haber pasado por urgencias, por esa experiencia surrealista en la sala de espera de una madrugada de un lunes, de haber pasado una noche en aislamiento, con su correspondiente mascarilla, por haber conocido al equipo de enfermería, auxiliares, limpieza, maxilofacial y a Ramón Barceló. Todo pasa por algo, y hoy, tenia que conocerle. Gracias Ramón.

 

NOTA: Ramón es quien además me anima a seguir con el blog, el que lee los posts antes que nadie, para corregir faltas y términos médicos que a mi me suenan a chino, y que además me regaló el maravilloso «prologueando» de este blog. 

 

Y estas son mis vistas. Haciendo la foto con una mano, la otra enganchada al gotero, nada más levantarme.

No son ni las ocho de la mañana, Basurto está en calma. Todo está en calma menos mi cabeza. 

Treinta y siete y medio

13 agosto 2018.

Cuando empecé el tratamiento de la quimioterapia, Elena, mi oncóloga, me dio varias pautas a seguir, y dos advertencias: “que no te dé el sol directamente sin protección, y si tienes treinta y siete y medio de fiebre, vienes al hospital. Ni al ambulatorio, ni a consultas, a urgencias directamente del hospital de Basurto. No hagas el tonto, y ven directa”. Así que desde el día 30 de julio, me he pasado los días mirándome las uñas por si se me caen, una semana llorando y con ansiedad, cuando Jon ha estado de vacaciones en Cádiz, echándole de menos y sin poder contestarle al teléfono cuando me llamaba antes de irse de fiesta por Conil o cuando llegaba por la mañana; sin salir de la cama más que para intentar comer algo, sin mucho éxito; y sobre todo, con el termómetro electrónico pegado a mi.

Llevo desde el día de Getaria (es la entrada anterior, puedes leerla aquí), con un dolor de cabeza y de muela, que cada vez va a más. Primera quincena de agosto, sinónimo de que todos están de vacaciones, para volver el día 15, cuando empieza la Aste Nagusia (semana grande de fiestas en Bilbao), y mi dentista no podía ser menos. Me dan cita para el miércoles, pero creo que no voy a aguantar. Llamo a Nieves, mi enfermera del hospital, para ver si puedo tomarme un paracetamol. Luz verde, a ver si se me pasa.

No he conseguido comer más que medio yogur, me duele cada vez más la cabeza, y se me ha empezado a inflamar el lado izquierdo de la cara. Me cuesta incluso estar tumbada, me duele todo, y estoy agobiándome. Hace calor, demasiado calor. Parece que no pasan las horas. Se me está haciendo la tarde eterna, el termómetro empieza a acercarse al número crítico: treinta y siete con dos. Me da la llorera. No quiero estar mal, no quiero seguir así, cada vez me deshago más. Apenas tengo fuerzas, estoy fatal físicamente, de la cabeza, ni hablamos… y no veo que esto vaya a mejor, al contrario, con cada quimio, me rompo un poquito más. Y mi cabeza vuela: nadie me querrá así, nadie querrá tenerme en su empresa, nadie quiere a alguien hecha un trapo a su lado. Me acurruco en la cama, me tapo y me quedo quieta, rezando a la reina de las Amazonas para que no me suba la fiebre.

Treinta y siete y medio. Mierda, no puede ser. Treinta y ocho. Aviso a mis padres, y aunque son las diez y media de la noche, los dos se visten en dos minutos, para llevarme a urgencias. Llamo a Jon. “¿Quieres que te baje?” “No te preocupes, me llevan mis padres”

No recuerdo cómo he subido al coche, ni cómo he llegado, pero aquí estoy, haciendo cola en el mostrador del hospital de Basurto. Es lunes, son casi las once de la noche, y las urgencias parece que están tranquilas. Hay un chico delante de mi, grande como un armario, que no habla bien castellano. Menudos brazos gasta el tío, yo mido un metro setenta y tres y él me saca dos cabezas. Y aquí estamos los dos, pidiendo socorro.

Me toca, le digo a la chica del mostrador mi nombre, le doy mi tarjeta de Osakidetza, y digo las palabras mágicas “soy paciente oncológica y tengo fiebre”. Paso con una enfermera, me plantan en una silla y me ponen una mascarilla de tela. Genial. Si ya soy un bicho raro con pañuelo, ahora soy un bicho raro con pañuelo, mascarilla y llorica. Al lado, oigo a la enfermera intentando descubrir qué le duele al chico que se ha registrado antes que yo. Nada, ni sabe lo que le duele. Empiezo a cabrearme: muy jodido tienes que verte para ir a urgencias de un hospital. Yo lo estoy, y no tengo ninguna gana de estar aquí, y no entiendo que alguien venga a pasar el rato. Me pone el termómetro y con una sonrisa, me dice que ahora viene. Mientras espero, aparece por la puerta un chico delgadito pegando gritos en árabe, detrás dos ertzainas y el guardia de seguridad. Vaya, hoy hay fiesta en urgencias, y no lo sabia. El tipo viene pegando voces, y haciéndose un cigarrillo. O un porro, a saber. Pasamos todos a la sala de espera, y os juro que la estampa es de chiste: una pareja rondando los cuarenta, ingleses, medio dormidos; una mujer que no para quieta, vestida con un pijama de Snoopy; el chico árabe que ahora le ha dado por llamar a un colega con el manos libres y saltarse lo de “guardar silencio”; el chico que estaba antes que yo, que he deducido que es de algún país africano en el que hablan francés, porque algo he entendido cuando intentaba hablar con la enfermera; y para rematar, yo, con fiebre, mascarilla, turbante y con ganas de decirles a todos que se callen, pero sin fuerzas para ello.

Llamo a Maitane, a ver si está de guardia, pero hoy no trabaja, en su lugar viene Arkaitz, para ver cómo me encuentro. Pues jodida, la verdad. No le voy a engañar. Viene la médico de urgencias, Gabriela, y me pasa a la consulta, me tienen que poner antibiótico y ver cómo reacciono. Me ve la cara de pánico, y me dice que me tumbe en la camilla, para que me cojan la vía. Mi madre sale a la recepción, donde espera mi padre. Son unos benditos los dos, tengo a los mejores padres del mundo. Maitane me escribe, a ver qué tal voy, están Javi y ella pendientes, como médicos son maravillosos, pero no os imagináis cómo son como personas. Tras dos intentos, la enfermera consigue encontrarme una vía. Son casi las tres de la madrugada, me ponen el antibiótico. Tengo frio. Alguien me tapa. Vuelve Gabriela, y me dice que esté tranquila, van a hacerme una analítica. Se me cierran los ojos, no sé qué me han puesto, pero todo está en calma. No oigo nada, de repente todo es silencio. (Continuará)

El miedo (ataca de nuevo)

4 agosto 2018.

Llevo desde el 30 que me dieron la cuarta quimioterapia metida en la cama. Apenas salgo para intentar beber agua y para que mis padres vean que sigo respirando. Estoy triste, no paro de mirarme las uñas cada dos minutos, no dejo que nadie entre en mi habitación, y lloro cada vez que me toco la cabeza, y noto que está cada vez con menos pelitos. Y me derrumbo cada vez que recibo un whatsapp de Jon o una foto. No quiero hablar con él. Me siento sola. Él en Cádiz mandándome fotos en la playa que no puedo pisar, tomando las copas que no puedo beber y rodeado de chicas que no soy yo, y ni por asomo me parezco ahora. Y vuelvo a llorar. Tengo miedo, pánico a mirarme en el espejo, sigo sin hacerlo. Y he corrido las cortinas de mi habitación para ni siquiera ver mi reflejo en los cristales. Vuelvo a mirarme las uñas. Siguen igual. El teléfono sigue igual, en silencio. No quiero hablar con nadie, y ese es otro miedo: que se olviden de mi. Esto se hace largo, pesado. No puedo más, me vuelvo a la cama. Ni sé qué hora es.

 

6 agosto 2018

He madrugado para ir a la playa. No eran ni las ocho de la mañana, y ya marcaba en Bilbao casi 25 grados. Después de casi seis días, necesitaba salir, desconectar y pensar. Ayer llegó Jon de Cádiz, y fuimos a tomar algo. Esperaba un reencuentro apasionado, esperaba abrazos, besos y toda la atención del mundo. Pero no. Estaba demasiado ocupado analizando sus vacaciones con los mismos con los que había pasado esta semana. Y me sentí transparente. Sentí que era pequeña, que el apoyo que necesito ahora mismo, el de mi chico, no está para mi. No sé si porque no lo merezco o porque estoy siendo demasiado pesada. Estábamos sentados en la misma mesa en una terraza, él con sus pies apoyados en mi silla, pero sin mirarme y le mandé un whatsapp: “¿hola?” Reaccionó, me sonrió, y volvió a su móvil. Mis miedos, volvieron todos de golpe.

Así que esta noche no he dormido nada. Mi cabeza va a dos mil por hora: tengo miedo (más bien pánico) a que se me caigan las uñas, tengo miedo a que no me vuelva a salir el pelo, tengo miedo a no volver a reconocerme nunca ni a ser la Vir fuerte y valiente que era antes. Y tengo miedo a que Jon solo esté a mi lado ahora por pena. Mira que se lo he preguntado veces… y siempre me contesta igual: “Si estoy a tu lado es porque quiero estar”. Ya, pero no responde a mi pregunta.

Respira, respira. Breathe. Respira. Seguro que no se caen las uñas, seguro que el pelo vuelve, seguro que son tonterías tuyas, y Jon, sigue a tu lado. Respira. Y disfruta de la playa, a las ocho y media de la mañana, vacía, y entera para ti. Respira.

 

Cuarta quimioterapia

30 julio 2018

Creo que el vestirme de negro hoy ha sido la anticipación de que el día sería oscuro. Tiene narices, que incluso estando de baja, incluso estando pasando por un tratamiento tan duro como una quimioterapia, incluso con todo esto, sigo siendo esa Virginia organizativa, que lidera cualquier batalla que se le presente. Y esta es de las gordas. Cuarta quimioterapia. Cuarta y última quimioterapia de esta primera fase. Ya tengo todo organizado: mi padre me va a bajar al hospital, allí, estaré con Marga, la madre de Jon, para que me acompañe a la consulta, y luego le he dicho a mi madre que venga con algo para comer. Seguro que hoy la consulta es un trámite sin más, y me podrán dar esta última quimioterapia.

Nada más llegar al pabellón de Aztarain (el de oncología del hospital de Basurto, en Bilbao), me espera Marga con su sonrisa. Y yo, no puedo evitar empezar a sentir ese agobio en el pecho: ojalá estuviera Jon aquí y no en Cádiz de vacaciones. Bueno, no pasa nada, al menos que uno de los dos desconecte de esta mierda. Ya voy con la inercia de siempre: Ana, la enfermera, me espera para la analítica, si no da mínimo 1500, no podrán darme la quimio. Así que como siempre, y a pesar mi carita de cansada, de preocupada y triste, todas las enfermeras y auxiliares me comen a besos y a palabras bonitas. Y Ana, que ya me conoce, coge la aguja rosa “la de los bebés” me distrae hablándome de cualquier cosa, mientras miro por la ventana, y ya está, terminado.

Hoy se me está haciendo pesado el día. Estoy especialmente nerviosa, quizás porque hoy, termina una etapa: los primeros tres meses de quimio, los más duros, los que se supone que, si pasas bien, el resto será coser y cantar. Los meses en los que tus fuerzas están bajo mínimos, el pelo se cae y el ánimo también.

Así que Vir, animo, dale, dale, dale. Ya han pasado casi dos horas, toca cita con Elena, la oncóloga, seguro que la analítica ha dado bien. Paso a la consulta con Marga, y mi sorpresa es que no me recibe Elena, ni tampoco Fernando. ¿Y ésta quién es? Otra oncóloga. Es lo que tiene julio y las vacaciones. Me siento frente a ella, y la pregunta de siempre: “¿Cómo te encuentras Virginia?”.Y aquí, me vengo arriba, me siento en el borde de la silla de la emoción, sonrío, y me sale la fuerza de donde no la tengo: “Pues la verdad que contenta, ya es la última quimio de estas asquerosas, no se me ha caído el pelo del todo, ni las cejas ni pestañas. Sigo pudiendo comer, y no noto cambio en el peso. La verdad que físicamente no estoy mal, la peor parte se la está llevando mi cabeza, vamos que no estoy bien de animo, a pesar de la ayuda de Marian, mi psicóloga”

 Y cuando creía que todo estaba bien, mi mundo se derrumbó: “La analítica ha dado 2100, está muy bien para empezar la cuarta quimio. Pero vamos, los tres meses siguientes, con la quimioterapia semanal, puede que pierdas sensibilidad en manos y pies, que incluso el hormigueo no te permita andar; puede que tengas más cansancio; estómago revuelto; que aún no te empiece a crecer el pelo; o que se te caigan las uñas”Creo que mi cara lo ha dicho todo. No he aguantado. ¿¿Pero no se suponía que la segunda fase era más llevadera?? ¿¿Qué mierda es esta?? ¿¿Las uñas, se caen las uñas además del pelo??

He bajado al sótano, donde está el hospital de día, a que me dieran la quimio, y en mi cabeza solo veía tristeza. Yo, que he entrado en esa consulta con toda la alegría del mundo, de repente, todo es una mierda: estoy horrible, calva, cansada. Lloro por todo, cada vez que no puedo saber si estoy comiendo algo salado o no, porque he perdido el gusto; cada vez que recibo una foto de Jon en la playa en Cádiz con sus amigos, de copas o cuando llega de fiesta a las siete de la mañana; cada vez que pienso que no he recorrido más que tres meses del tratamiento; cada vez que me acuerdo de mis amigos y mi familia, y de su preocupación; cada vez que pienso que ahora, perderé también las uñas. Mierda. Mierda, mierda y más mierda.

Estoy sentada en la silla, he conseguido malamente hacerme una foto (gracias mami), para mandar a ese grupo de amigos y familia que en cada quimio me mandan su fuerza. Y según la he mandado, me he venido abajo. Mi madre, que se suponía era el relevo de Marga y ella, se han quedado a mi lado. Estoy tan mal, tan triste, que creo que las enfermeras no han sido capaces de decirles a una de las dos que tenían que irse a la sala de espera, que solo me puede acompañar una persona.

Al final, las he mandado a las dos allí, he pedido que me cerrasen las cortinas, y me he tirado las casi dos horas llorando. Echo de menos a Jon. Ahora me arrepiento de que no esté. Ojalá estuviera aquí, ojalá se hubiera quedado conmigo. Bueno, esta es mi guerra, y soy yo quien debe estar al frente.

Sí, ha sido un día negro, tal y como mi intuición presagiaba al vestirme esta mañana. Pero a pesar de todo, aquí estoy, cuarta y última quimioterapia de la primera fase. Ya está Vir, ya está, ya has vencido una primera etapa, una batalla más para tachar.

Tú a Cádiz, y yo a quimio.

28 julio 2018

Cada día que me levanto, me da la sensación de que he estado soñando o más bien teniendo una pesadilla, y que al tocarme la cabeza, notaré mi pelazo; al mirar mi pecho derecho, no habrá cicatriz alguna; cuando me mire en el espejo, volveré a reconocerme. Pero eso no pasa. Y los días empiezan a pesar. Ya casi ha terminado julio, y parezco un vampiro esquivando el poco sol que hay en Bilbao, me pongo triste cada vez que entro en Instagram y veo las maravillosas vacaciones de mis amigos en la playa o en algún lugar fuera del País Vasco. Creo que estoy entrando en un bucle: vivo en el día de la marmota, todos los días igual, me limito a esperar que pasen los 21 días para ir a la siguiente quimioterapia, a contar los 30 días para ir al ambulatorio a que me den el Zoladex, y me da la sensación de que se me está yendo la cabeza. Y quedan meses por delante. Que no me pase nada…

Pero lo mismo que me pesa cada vez más este tratamiento, también noto que cada vez me encierro más. No quiero arrastrar a nadie, así que me voy sola a pasear (por la sombra) con mi turbante, las gafas de sol, untada en Nivea 50+ , e  “Imagine Dragons” en mis auriculares. Y así llevo desde mayo pegándome unos 8-9 kilómetros andando. El Guggenheim está aburrido de verme pasear. Es lo que hay, cuando tu verano tienes que pasarlo entre el hospital y tu ambulatorio.

Así que cuando mi chico me dijo que iba a irse a Cádiz una semana con sus amigos, no pude evitar pensar en lo que me esperaba a mi: más paseos por Bilbao, y la cuarta quimioterapia. Este año, ni sangría en la playa, ni postureo en la piscina, ni recuerdos bonitos con Jon. Y una vez más, no soy capaz de pedirle que se quede conmigo aquí, esta guerra es mía, bastante es ya que uno lo tenga que pasar, como para hacerle a tu pareja pasar por lo mismo, pudiendo disfrutar de las vacaciones. No puedo pedirle eso, si él no quiere quedarse. Así que esta mañana, a las seis, le he llevado al aeropuerto, apenas he dormido de los nervios, y eso que no soy yo la que se va. Nos hemos despedido rápido, sus amigos ya estaban allí, y se veía que tenían ganas de hablar de sus cosas. Mejor. Así no me derrumbo delante de ellos.

Pero lo he hecho. Nada más darme la vuelta, me he derrumbado. Menos mal que ninguno de ellos se ha dado cuenta. Mi vida se puso en pausa el 9 de marzo, pero no es justo que la vida de los que me rodean se pare también, no es justo para nadie, tampoco para mi chico.  Así que, aunque fui la primera en animarle a que se fuese a Cádiz de vacaciones, ahora me arrepiento de no tenerle aquí conmigo, de que esté a mi lado estos días, y sobre todo, que no esté en dos días, en mi cuarta quimioterapia. La más dura, la última de esta primera fase, y la que será un punto de inflexión, porque estoy segura de que, a partir de esa quimio, todo irá mejor. Y él no estará conmigo.

Esta guerra es mía, así que, tú a Cádiz, y yo a quimio.

Manzanilla

25 julio 2018

Con unos nueve años, estaba yo pasando el verano en el pueblo de mi abuela paterna, cuando me picó una abeja en el párpado del ojo. Tiré la bici en medio del camino, y salí corriendo a casa, a grito pelado, para susto de mi abuela Elvira. Ella, que tenia mil remedios para todo, para esto también lo tenía. Por algo teníamos panales. Pero resulta que, en verano, en esa casa estaba media familia, que incluía hermanos de mi abuela, cada uno con un remedio distinto para la picadura de la abeja: “Ponle hielo” “No, mejor vinagre” “Eso con una rodaja de tomate se baja” “Ponedle miel”Mi ojo parecía un plato combinado. Menos mal, que ella, puso orden, e hizo una infusión con manzanilla, y tras quitarme el aguijón, me puso un algodón con la infusión en el ojo. Como podéis comprobar, está complicado saber qué fue lo que hizo que la hinchazón bajara, quizás no fue nada de lo que me pusieron, quizás fue todo.

Y hoy, según estaba pagando una bolsa de flores de manzanilla, me he acordado de mi abuela Elvira y de mi tía Amparo, y os juro que en mi cabeza las he oído a las dos, pegando un grito por pagar por algo que recogíamos en el monte. Porque en mi pueblo, la manzanilla no se paga, te vas a la campa de al lado y coges la que quieras, y yo, siempre he sido una asquerosa para tomarme la infusión de manzanilla que me preparaba mi abuela, cuando, mi hermano y yo, muy de ciudad los dos, nos poníamos malísimos de beber agua de todas las fuentes del pueblo, o del mismo canal que pasaba cerca de nuestra casa. Menuda paciencia tenía la pobre mujer cada vez que nos veía haciendo aspavientos, tapándonos la nariz, y arcadas incluidas nada más oler la taza. Y que no nos hayan dado el Oscar a mi hermano y a mi por aquellas actuaciones…

Ay la manzanilla, la manzanilla. Ay abuela, alucinarías si me vieras tomarla ahora para que no me siente tan mal las quimioterapias; no te creerías cómo yo misma hago las infusiones sin montar ninguna escenita; seguro que ya sabrías que usado como colutorio, es maravilloso para las encías y el par de llagas que me han salido estas semanas; y sí, me he acordado de aquella abeja, y en frio, he mojado dos algodones, y me ha calmado los ojos, los cuales tengo especialmente sensibles, por la quimioterapia también. Bendita manzanilla, benditos consejos y tradiciones. Ojalá estuvieras aquí, ojalá no te hubieras ido tan pronto. Ojalá estuviera también Amparito. Estoy segura que las dos estarías contentísimas de ver que voy ganando batallas, que sigo siendo la creativa de la familia, la guindilla que no para quieta, la nieta hiperactiva sin miedo a nada. Si sobreviví lanzándome en triciclo por las cuestas más empinadas de Bilbao, contigo abuela, corriendo detrás y gritando, esto no me va a matar. No me da la gana.

Por ti, abuela Elvira.

 

Un martes de boda

24 julio 2018.

Y aquí estamos, en Basurto, mi segunda casa. Hoy toca poner una inyección, revisiones varias, y paseos por el hospital. Lo bueno de tener amigos en el gremio de la sanidad, es que siempre que vengo alguno le pillo en el descanso y se acercan a tomar un café conmigo. Salgo de Aztarain, el pabellón de oncología, y me acerco a la cafetería. Como he llegado pronto, espero fuera: hace sol, me he plantado uno de mis turbantes, y parezco Celia Cruz en uno de sus conciertos. Bien de volumen con el pañuelo, bien de gafas de sol, y bien de labios pintados de rojo. Antes calva que sencilla. Y aquí estoy, mirando al infinito mientras espero a Laura, cuando se me acerca una señora, sobre los 80, con bastón, y me pregunta:

– “Disculpa, ¿te puedo hacer una pregunta?”

– “Si, claro, por supuesto, dígame”

– “¿Ese tocado te lo has hecho tu, o venía así? ¡Es precioso, estás guapísima!”

– “¡Ay, muchísimas gracias! No, no viene así, es una tela y yo le doy esta forma, ¡nunca me sale igual! La verdad que ojalá no tuviera que llevarlo…”(yo y mi manía de contar a todo Perry que la ausencia de pelo es por la quimioterapia)

– “Pues hija, estás preciosa, y de verdad, nadie diría que estás aquí como paciente, eres joven, ¡ya verás que todo pasa!”

 Y me he quedado sin palabras. Y me ha dado la llorera, de emoción. Y mientras la mujer, a su pasito lento pero firme, se iba alejando, unos pocos pasos detrás, aparece, el que supongo, es su marido:

– “Pues a mi también me gusta mucho! ¡Yo diría que estás como para ir de boda!

– “jajajajajajaja, ¿un martes?”

– “Hija, qué más da. Estás muy muy guapa”

– “Gracias, no sabe lo muchísimo que se lo agradezco, de verdad.”

 Y ooooootra vez la llorera. Tengo machacados a mis amigos y familia con lo de “no estoy guapa, no me veo, no soy yo”. Y estas cosas, emocionan. Y mucho. Como ayer, cuando me fui a tomar algo a un bar de Txurdinaga, y el camarero (rapado al cero), me dijo que estaba muy guapa. Y ooooooooooootra vez, le dije “el turbante no es por gusto”. A lo que él, respondió: “Me imagino, pero me sigue pareciendo que estás muy guapa. ¡Y lo tuyo al menos es reversible!” Y lo dijo, mientras se tocaba la cabeza. Ataque de risa incluido. Me toca, me emociona, me llega al alma, ver como desconocidos, pueden intuir que no estás en tu mejor momento, y son capaces de dedicarte una sonrisa, un piropo, un guiño.

Así que, desde aquí, si veis una chica con turbante o pañuelo, si veis a alguien con una escayola, o una venda, no os cortéis, regaladle una sonrisa, una palabra de ánimo. No os imagináis lo que podéis llegar a cambiar el día de esa persona.

Quimioterapia y los pelos (de los brazos)

Ya han pasado las tres primeras quimioterapias de la primera parte, solo me queda una de las «heavy». Vamos, que yo sigo con mis estadísticas: ya llevo el 75% de la primera fase superada. A veces me creo que estoy en un video juego, que realmente soy una reina Amazona, y que voy superando pantallas.

Como las dos veces anteriores, chequeo: sigo sin hormigueos ni en pies ni manos, sigo manteniendo cejas, pestañas y uñas, noto menos densidad de pelo en la cabeza, a pesar de que lo tengo rapado, puedo comer normal ya que la comida para mi, ha perdido sabor, pero no tengo más efectos que esos. Sí que estoy cansada, estoy triste, porque aunque desde fuera se me vea bien, yo ya no me reconozco en el espejo. Me veo apagada, sin fuerza, sin atractivo.

Y entonces es cuando viendo cómo va pasando esto, me acuerdo de Julio, mi cirujano, que en la primera consulta que tuve con él recuerdo sus palabras: “sí, te daremos todo el tratamiento para prevenir que esto no vuelva a pasar, y sí, se te caerá el pelo”. DRAMA. Claro que fue un DRAMA, en mayúsculas, fosforito, y con luces. Porque en ese momento, es lo primero que piensas, que tu melena y tu fuerza se la llevará la mierda de la quimio. Pero luego, te entra un mínimo de cordura (nada, tres minutos, no os vayáis a pensar que estoy yo muy bien de la azotea), y piensas: “bueno, toda la vida depilándote, y chica, ahora por fin, verás cómo es tener los brazos sin un solo pelo.” Que como me da miedo depilármelos, pues oye, al menos vería cómo me quedaba.

Primera quimio, nada, no se cae ni un pelo. Ni de la cabeza, ni de la cara, ni de los brazos. Segunda quimio, aunque tengo la cabeza rapada, noto, que ya no tengo tanta densidad como siempre, pero mis cejas y pestañas siguen igual, y los pelos del brazo, ahí siguen, agarrados como si no hubiera un mañana. Tercera quimio: cada vez que me paso la mano por la cabeza me da la llorera, yo que he sido el “Rey león” en versión femenina con mi melenaza, notar esa ausencia, me da bajón; noto menos pestañas y cejas, pero siguen siendo suficientes. Es lo que tiene tener mucho pelo, que, aunque se caiga algo, sigues teniendo mucho. Pero me miro los brazos, ¡Y NO SE HA CAIDO NI UNO! De verdad, que esto es el colmo: se lo cuento a Elena y Fernando (oncólogos) cada vez que me los encuentro por los pasillos de Aztarain (el pabellón de oncología del hospital de Basurto), y claro, se parten de la risa. Normal. Soy un caso a estudiar: la única paciente a la que los pelos del brazo no se le caen con la quimio. Creo que voy a llamar a Iker Jiménez, esto es claramente un caso a estudiar en “cuarto milenio”.

Bueno, seguiremos informando, de momento, debo ser fuerte, como lo están siendo los pelos de mis brazos.

Juntas seremos invencibles (8 de marzo)

Cuídate

Querida mía, cuídate.

Cuida tu corazón para que sea fuerte e independiente.

Cuida tu alma, para ser comprehensiva con quien no piensa como tu.

Cuida tu mente, para que nadie te imponga sus pensamientos.

Cuida tu cuerpo, a veces el enemigo se aloja en casa.

 

Y no te olvides de cuidar a otras.

No te olvides de apoyar a esa compañera en el trabajo.

Ni tampoco te olvides de disfrutar de tus amistades.

O de tu soledad.

No te olvides de sonreír a esa mujer de mirada triste.

Ni tampoco juzgues sin conocer su historia.

 

Cuídate, querida mía. Cuídate mucho.

Para que sigas siendo independiente, fuerte y brava.

Y tú seas el ejemplo para quienes vienen detrás.

 

No hay nada más femenino que un cáncer de mama o ginecológico. No hay nada más duro que sentir que te quitan esa parte que te conecta tanto como mujer. Bueno, sí lo hay: sentir la mirada de lástima o miedo de otra mujer al verte con pañuelo en la cabeza o con una cicatriz en el pecho. Empecemos cuidándonos entre nosotras, sigamos apoyándonos en nuestras vidas personales y profesionales, acompañadas de todos ellos, y acabaremos siendo invencibles.