Al borde del abismo

¿Alguna vez habéis pensado en la muerte? No como concepto, la muerte es parte de la vida, algún día a todos nos llegará, sino si habéis pensado en ello como algo cercano. Yo si. Tres veces en concreto. Tres veces he sentido que andaba cerca, pero ninguna de las tres se ha llevado a quién quería, ni siquiera ha podido (de momento) conmigo.

La primera vez, fue cuando tenía unos veinticinco o veintiséis años. Estaba en casa sola con mi hermano, preparándonos los dos para ir a la uni, yo como siempre tarde, mi hermano imprimiendo un trabajo que tenía que presentar. Los dos distraídos y tranquilos. Yo siempre he ido tranquila a la uni, y más cuando iba con él. He tenido la grandísima suerte de poder compartir unos años con mi hermano, de ir juntos a clase, y de aprovecharme de que siempre tenía mejores apuntes de econometría que yo, y que si no hubiera sido por él, mis clases en vez de empezar a las 8 habrían empezado siempre a las doce. Pero ese día, de repente mi hermano notó que no respiraba bien, algo no iba como debía, así que después de pasar por el ambulatorio, nos fuimos a la clínica: “es un neumotórax”. Yo llamé a mis padres, y les dije que mi hermano tenia un “aneurisma”, a mi madre, que es enfermera, casi le da un infarto. Mi padre y yo, que no entendemos de nada, nos preocupamos, pero lo justo. Hasta que vi que le dejaban ingresado, que le enchufaban a una máquina, ahí, me sentí al borde del abismo. Pensé que mi hermanito se iba, que se moría. Y no paré de llamar a mis amigas y llorar. Pero no pasó, como un campeón salió adelante, y volver a abrazarle, fue para mi como si él me salvase con ese abrazo de ese borde del precipicio en el que me encontré. Y eso que el que lo sufrió, fue él. El mejor hermano del mundo.

La segunda vez que pensé en la muerte, fue cuando a alguien muy querido para mi, pasó por una infección en el corazón. Esto de no saber de medicina juntándolo con que soy hipocondríaca, hizo que pensara que igualmente, se iba de mi vida, pero para siempre: que no le volvería a ver, a tocarle, a reír con él. Que los viajes, los proyectos de futuro y nuestros sueños, se caían por ese abismo. Dos años de visitas al médico, dos años duros, difíciles, en los cuales yo me bloquée al principio, y en un fin de semana decidí que mi vida tenía que cambiar, para poder pasarla con él. No iba a permitir perderme un segundo de disfrutar, no me perdonaría jamás el no estar a su lado en ese abismo, a pesar de que en ciertos momentos lo que muchos prefieren es estar solos, como él. Y todo pasa, y se sigue viviendo, y cuando pensé que se iba de mi lado a ese abismo que es la muerte, consiguió el equilibrio para seguir aquí, y vivir, a su manera, pero viviendo.

La tercera, el abismo lo he vivido yo misma. En realidad, han sido un dos por uno: la primera vez, cuando me dieron el diagnóstico, os juro que pensé que me moría, que no llegaba celebrar los 34, que no vería más a mis amigos y familia, que no acabaría el maldito curso de inglés, que no me casaría, ni sería madre, ni haría el puñetero master que llevo tres años detrás de él. Pensé que todo se acababa, que no había vuelto a París y a Roma como quería, ni había visto las auroras boreales; que no había estado con mis cuatro primos juntos con mi hermano; que no podía ser, que me quedaba mucho por vivir. Cuando la oncóloga me dijo que no, que del cáncer de mama no me iba a morir, me tranquilicé, hasta que este miedo o vértigo que se siente al acercarse de nuevo al abismo, volvió con la maldita mancha en el hígado (por si te lo perdiste, puedes leerlo pinchando aquí). Ostras, esto ya son palabras mayores: como tenga otro cáncer en el hígado, esto ya sí que no lo cuento. De hecho, es increíble cómo algo tan duro como un cáncer de mama se puede convertir en una “gripe” en mi caso cuando lo comparaba con un posible cáncer de hígado: claro, yo en mi mente, pensaba, que, sin tetas, se puede vivir, pero sin un órgano…complicado. Recuerdo que a la enfermera que intentaba consolarme, le acabé gritando: “TÚ PIENSAS DE VERDAD QUE PUEDO VIVIR SIN HIGADO??”. Menos mal que la pobre sabia lo que me pasaba, y pasó de mi en moto y no se ofendió, pero vaya, hubiera entendido que me soltara un tortazo. Por petarda. Y que me hubiera soltado un “y ahora te tranquilizas”. Y una vez más, por tercera vez, vi cerquita la muerte, esta vez, muy cerca de mí misma, no de otros. He sentido que se me acababa el aire, que bajo mis pies el suelo era quebradizo, inestable, pero he mantenido el equilibrio, la paciencia para saber dar no un paso, sino un gran salto, y evitar ese abismo, para caer en un nuevo espacio virgen, a estrenar. Una segunda vida.

Cuando pensé que me moría, escribí seis cartas. Si me pasaba algo, diez personas leerían esas cartas, y al final solo la leyó uno. El resto, espero que pasen muchísimos años antes de que vuelva a escribir este tipo de cartas. He dejado atrás el abismo, y no pienso darme la vuelta para mirar.

 

 

Bonus track: solo una vez, la muerte me ha pillado desprevenida. Y fue con mi estrella de punto, no esperaba que te fueras, te echo de menos, aunque sé que estarás orgullosa de “la moderna”, y de que aquí te seguimos recordando todos los días, y que cuando mi suelo temblaba a lo largo de este año, tú has gritado “ay mi Pitufina preferida” con tanta fuerza, que solo me quedaba seguir adelante para saltar y dejar atrás el abismo. Gracias, por todo, te quiero.

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