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Segundo ingreso en Aztarain (oncología)

15 agosto 2018

Pues nada, aquí volvemos, a la suite presidencial de Aztarain, con preciosas vistas a los jardines del hospital de Basurto, al pabellón Revilla, y a las obras de la nueva estación de autobuses de Bilbao y a los pisos de súper lujo de San Mamés. Pulsera de todo incluido, doble puerta para evitar intrusos, baño incluido, y servicio 24h. Pena que no podéis ver mi cara de alegría y emoción máxima (ironía).

Acaban de llegar las enfermeras, y cada vez que entra alguien la misma sorpresa: “¡Uy, Virignia, ¿otra vez aquí?”Pues sí. Y volvemos a la encuesta de satisfacción del cliente: alergias, intolerancias, algo que destacar… Sí, os recuerdo que soy sonámbula, que no se me puede pinchar en el brazo derecho y que tengo muy inflamado el lado izquierdo de la boca de la maldita infección. Tras ellas, llega Ramón, el oncólogo de la segunda planta. Hoy lloro menos, estoy resignada, estoy triste, he perdido las fuerzas de seguir luchando. Me da todo igual.  Él me anima, me sonríe, y me dice que me ve mejor que la otra vez. Acuérdate de lo que te dijo, Vir, “la medicina no es solo de cuello para abajo”, y a mi ahora mismo lo que más me duele es el alma.

Les despacho a todos, quiero quedarme tranquila. Estoy cansada. Estoy agotada de todo. Me escribe Jon por whatsapp, está de tarde, así que hoy tampoco le veré. No puedo más. No puedo. Le digo que estoy fatal, estoy horrible, calva, triste. Con 34 años, y me siento como un trapo, así que le vuelvo a recordar lo que le dije en Vielha, cuando me dieron el diagnóstico: “No te quedes a mi lado por pena” Si en algún momento anterior tuvo dudas, ahora es el momento. Pero insiste en que me quiere, que quiere estar a mi lado, y pasar esto juntos. Y el año que viene lo celebraremos en la playa con un mojito. Le echo mucho de menos, ojalá pudiera tener un par de días libres y estar aquí conmigo. En septiembre celebraremos nuestro séptimo año juntos, cae en sábado, y no será como yo espero. No es justo.

Traen la merienda: un zumo, galletas y un café. La empresa que se encarga de la comida en el hospital me está jodiendo mi plan anti azúcares y anti procesados. Tiene narices. En fin. Las chicas (y chicos) de rosa y azul ya no saben ni qué hacerme para animarme. Entra una luz preciosa por la ventana de mi suite 211, me encanta fijarme en cómo el sol de agosto quema la hierba y los ladrillos del edificio de enfrente. Es curioso, hoy es festivo en Bilbao, me imagino a la gente riendo, disfrutando de la ciudad, del bullicio. Y aquí todo es calma, todo está quieto y estanco. Ni siquiera puedo sentir el aire, no se puede abrir la ventana. No se puede abrir ninguna de las dos puertas. Es más, solo se puede abrir una puerta, y cuando se cierre, abrir la segunda. No se puede salir sin mascarilla, ni se puede entrar sin ella. Han venido mis padres a traerme una revista, ya casi estoy terminando “Los gritos del pasado” de Camilla Läckberg, y por mucho que Ramón me insista, no pienso ver la peli esa de los aliens a los que se les caen las uñas. Ni de coña. Me cae muy bien mi médico, pero mejor lo dejo para otro momento. Ay las uñas. Hago repaso de todo mi cuerpo, estos tres días, se me ha olvidado por completo las pestañas, uñas, manos y pies. Así que me acerco al espejo del baño, mientras mis padres se quedan en la habitación. Cierro la puerta, y nada más mirarme me da la llorera. Estoy fatal. Las cejas y pestañas siguen en su sitio, las veinte uñas siguen igual, con buen color, no siento dolor en las extremidades, y no tengo marcas de las vías que me cogen para las analíticas y los antibióticos.

Se abre la puerta:

– “Virginia, te traemos la cena! Los de maxilofacial te han puesto dieta fría para que puedas comer mejor, y la inflamación baje”– Entran dos chicas de rosa, las auxiliares con la sonrisa más grande del universo.

Madre mía, soy como los guiris, cenando en agosto a las ocho y diez de la tarde. A ver qué es eso de la dieta fría: un huevito y medio cocido, cinco (contados) espárragos y cuatro lonchas de un fiambre tipo chopped (¿¿Se escribe así??). Y de postre mi petición especial: yogur natural sin azúcar. La última vez me trajeron un yogur de plátano, y casi infarto ahí mismo: ODIO EL PLÁTANO. ¿A quién se le ha ocurrido hacer yogures con sabor a plátano?? Ya tengo algo en lo que pensar esta noche. Termino “la cena” y les digo a mis padres que marchen para casa. Quiero estar tranquila, leyendo un rato. En mi libro, también es agosto, y una de las protagonistas tampoco puede salir mucho de casa. Ya somos dos.

Va entrando la noche, y todo sigue igual en esta habitación. Entra una enfermera, con las bolsas de los antibióticos para pincharme, y según la veo, me pongo a llorar, y me dan arcadas. Corriendo al baño. Vuelvo, y leo en su uniforme “Marta”.

– “Huele fatal a medicina, no quiero eso. Huele mal”- le suplico llorando.

“Virginia, esto está estanco, no huele a nada”-Marta se sienta en la cama, deja de lado los antibióticos, y se queda en silencio mientras me acerca un pañuelo de papel.

“No te los voy a poner hasta que no te tranquilices, y hasta que veas, que por el tratamiento, puede que tengas más sensible el olfato. No tengo prisa, de verdad.”

 La que has liado, querida Marta…

-“Es que estoy horrible, soy un asco, se supone que me dan todo esto preventivo, y cada vez estoy peor. No sé si esto compensa. Tengo a mis padres, mi hermano, primas, tía y tíos, y demás familia preocupados, mis amigos igual, mi novio que debería estar disfrutando después de casi dos años de baja él, y no con una novia que está hecha una mierda… y para colmo, la muela, y ahora vomito, y claro, no puedo más…”-Ya no puedo seguir de la llorera que me da.

Y Marta escucha. Le enseño fotos mías de antes, de cuando sonreía, de cuando me hacia fotos con mis amigos, de cuando Jon se hacía selfies conmigo, de cuando viajábamos. De cuando era yo. No puedo más. Estoy cansada.

 – “Esto pasará. Créeme, pasará. Ahora voy a ponerte el antibiótico, ¿vale? De verdad que no huele a nada, pero, de todos modos, me quedo aquí contigo”

– “¿Y los otros que están ingresados?”

– “Esta semana estáis muy poquitos ingresados, por suerte, y tu habitación es la última del pasillo. Están todos dormidos, no te preocupes por ellos, ¡hay más compañeras en el control!”

 Me pone la vía a la primera, me tumbo, y mientras recoge, me acerca el cacharro ese con un botón rojo para avisar al puesto de control.

-“Si necesitas algo esta noche, llama. Estaremos atentas. Descansa”

Y sabiendo que Marta y el resto del equipo cuidarán de mi esta noche, me quedo dormida con la luz de noche, el libro y el móvil encendido.

(Continuará)

 

Cae la tarde desde la habitación 211 de la segunda planta de Aztarain

 

Treinta y siete y medio

13 agosto 2018.

Cuando empecé el tratamiento de la quimioterapia, Elena, mi oncóloga, me dio varias pautas a seguir, y dos advertencias: “que no te dé el sol directamente sin protección, y si tienes treinta y siete y medio de fiebre, vienes al hospital. Ni al ambulatorio, ni a consultas, a urgencias directamente del hospital de Basurto. No hagas el tonto, y ven directa”. Así que desde el día 30 de julio, me he pasado los días mirándome las uñas por si se me caen, una semana llorando y con ansiedad, cuando Jon ha estado de vacaciones en Cádiz, echándole de menos y sin poder contestarle al teléfono cuando me llamaba antes de irse de fiesta por Conil o cuando llegaba por la mañana; sin salir de la cama más que para intentar comer algo, sin mucho éxito; y sobre todo, con el termómetro electrónico pegado a mi.

Llevo desde el día de Getaria (es la entrada anterior, puedes leerla aquí), con un dolor de cabeza y de muela, que cada vez va a más. Primera quincena de agosto, sinónimo de que todos están de vacaciones, para volver el día 15, cuando empieza la Aste Nagusia (semana grande de fiestas en Bilbao), y mi dentista no podía ser menos. Me dan cita para el miércoles, pero creo que no voy a aguantar. Llamo a Nieves, mi enfermera del hospital, para ver si puedo tomarme un paracetamol. Luz verde, a ver si se me pasa.

No he conseguido comer más que medio yogur, me duele cada vez más la cabeza, y se me ha empezado a inflamar el lado izquierdo de la cara. Me cuesta incluso estar tumbada, me duele todo, y estoy agobiándome. Hace calor, demasiado calor. Parece que no pasan las horas. Se me está haciendo la tarde eterna, el termómetro empieza a acercarse al número crítico: treinta y siete con dos. Me da la llorera. No quiero estar mal, no quiero seguir así, cada vez me deshago más. Apenas tengo fuerzas, estoy fatal físicamente, de la cabeza, ni hablamos… y no veo que esto vaya a mejor, al contrario, con cada quimio, me rompo un poquito más. Y mi cabeza vuela: nadie me querrá así, nadie querrá tenerme en su empresa, nadie quiere a alguien hecha un trapo a su lado. Me acurruco en la cama, me tapo y me quedo quieta, rezando a la reina de las Amazonas para que no me suba la fiebre.

Treinta y siete y medio. Mierda, no puede ser. Treinta y ocho. Aviso a mis padres, y aunque son las diez y media de la noche, los dos se visten en dos minutos, para llevarme a urgencias. Llamo a Jon. “¿Quieres que te baje?” “No te preocupes, me llevan mis padres”

No recuerdo cómo he subido al coche, ni cómo he llegado, pero aquí estoy, haciendo cola en el mostrador del hospital de Basurto. Es lunes, son casi las once de la noche, y las urgencias parece que están tranquilas. Hay un chico delante de mi, grande como un armario, que no habla bien castellano. Menudos brazos gasta el tío, yo mido un metro setenta y tres y él me saca dos cabezas. Y aquí estamos los dos, pidiendo socorro.

Me toca, le digo a la chica del mostrador mi nombre, le doy mi tarjeta de Osakidetza, y digo las palabras mágicas “soy paciente oncológica y tengo fiebre”. Paso con una enfermera, me plantan en una silla y me ponen una mascarilla de tela. Genial. Si ya soy un bicho raro con pañuelo, ahora soy un bicho raro con pañuelo, mascarilla y llorica. Al lado, oigo a la enfermera intentando descubrir qué le duele al chico que se ha registrado antes que yo. Nada, ni sabe lo que le duele. Empiezo a cabrearme: muy jodido tienes que verte para ir a urgencias de un hospital. Yo lo estoy, y no tengo ninguna gana de estar aquí, y no entiendo que alguien venga a pasar el rato. Me pone el termómetro y con una sonrisa, me dice que ahora viene. Mientras espero, aparece por la puerta un chico delgadito pegando gritos en árabe, detrás dos ertzainas y el guardia de seguridad. Vaya, hoy hay fiesta en urgencias, y no lo sabia. El tipo viene pegando voces, y haciéndose un cigarrillo. O un porro, a saber. Pasamos todos a la sala de espera, y os juro que la estampa es de chiste: una pareja rondando los cuarenta, ingleses, medio dormidos; una mujer que no para quieta, vestida con un pijama de Snoopy; el chico árabe que ahora le ha dado por llamar a un colega con el manos libres y saltarse lo de “guardar silencio”; el chico que estaba antes que yo, que he deducido que es de algún país africano en el que hablan francés, porque algo he entendido cuando intentaba hablar con la enfermera; y para rematar, yo, con fiebre, mascarilla, turbante y con ganas de decirles a todos que se callen, pero sin fuerzas para ello.

Llamo a Maitane, a ver si está de guardia, pero hoy no trabaja, en su lugar viene Arkaitz, para ver cómo me encuentro. Pues jodida, la verdad. No le voy a engañar. Viene la médico de urgencias, Gabriela, y me pasa a la consulta, me tienen que poner antibiótico y ver cómo reacciono. Me ve la cara de pánico, y me dice que me tumbe en la camilla, para que me cojan la vía. Mi madre sale a la recepción, donde espera mi padre. Son unos benditos los dos, tengo a los mejores padres del mundo. Maitane me escribe, a ver qué tal voy, están Javi y ella pendientes, como médicos son maravillosos, pero no os imagináis cómo son como personas. Tras dos intentos, la enfermera consigue encontrarme una vía. Son casi las tres de la madrugada, me ponen el antibiótico. Tengo frio. Alguien me tapa. Vuelve Gabriela, y me dice que esté tranquila, van a hacerme una analítica. Se me cierran los ojos, no sé qué me han puesto, pero todo está en calma. No oigo nada, de repente todo es silencio. (Continuará)

No me mires así

11 de agosto 2018

La cuarta y última quimioterapia de la primera parte me ha sentado fatal. No físicamente, sino de cabeza. No paro de llorar, no paro de mirarme las uñas cada diez minutos, no paro de repetirme cuándo acabará esto.

Hoy sábado, hace un calor de morir en Bilbao, y yo ya no sé si me deshidrato de llorar o de que necesito salir de casa. Me llama Jon, que va a ir a la piscina, y le cuelgo, porque por la otra línea, me llama mi querido amigo David:

-“Rubia, vamos a ir a ver el museo Balenciaga, ¿os apuntáis Jon y tu?”

Tiene gracia, para mis amigos sigo siendo “la rubia” a pesar de que me rapé en junio. Eso si, los puñeteros pelos del brazo, ahí siguen los tíos, bien plantados. Bueno, no parece mal plan, así que vuelvo a llamar a mi chico, por si quiere cambiar el plan de piscineo, por el museo en Getaria.

-“Claro, les recogemos, y nos vamos a pasar el día allí!”

Espero a que pase a buscarme, seguido recogemos a David y Mateo, y ponemos rumbo a Getaria. Es impresionante el paisaje que tenemos. Es increíble lo pequeños que somos si ponemos la vista en el mar, en el horizonte. Me pierdo mirando el infinito, por un momento, desconecto de la conversación de los chicos, solo miro el mar intentando alargar la mirada más allá de ese punto en el que se funde con el cielo. Bajo la ventana, empiezo a marearme de tanto coche. Sí, el paisaje es impresionante y también lo son las curvas… aguanta Vir, llegamos en nada.

¡Getaria! Se ve que no somos los únicos que hemos tenido la idea de venir por aquí, el pueblo está lleno, y tenemos que aparcar en el muelle, al final. Mejor, así paseamos. Pero antes, Jon me pide unas fotos para su Instagram. Cada vez le veo más guapo, y yo me veo más fea. Al final, me está pareciendo hasta normal que no quiera subir ninguna foto conmigo. Vamos los cuatro a mi ritmo, me voy cansando, se van notando los tres meses que llevo ya de quimioterapia. Así que viendo la hora que es, mejor nos sentamos en una terraza a comer al aire libre. Sigo distraída, los oigo reír a los tres, como si estuvieran lejos de mi. Me fijo en la gente, en las familias, en las parejas, y no puedo evitar ponerme triste: ¿y si no salgo de esta? Jon me quita el anillo solitario que me regalaron mis primas y mi tío en recuerdo de mi tía, y juega con él, mientras canturrea la última canción del verano de Jennifer López “…y el anillo pa´cuando…”. Me mira, me da un beso en la mano, y me lo devuelve. Ojalá un día podamos celebrar con nuestras familias y amigos que los dos estamos vivos, que los dos hemos superado momentos muy duros, que nos merecemos sonreír juntos, viajar, formar una familia y VIVIR.

Nada más comer, nos metemos por el pueblo, para llegar al museo, y mientras, nos hacemos una foto. Me acordaré de esta foto el resto de mi vida. No por la foto en sí, sino por lo que ha venido después: a nuestro lado, en una terraza, cuatro chicas de unos 30, no dejan de mirarnos. Me he alejado un poco de los chicos, no me estoy sintiendo bien, no me gusta cómo me miran. No dejan de hacerlo, cuchichean entre ellas, y la que está de espaldas a mi, se gira sin pudor para verme mejor. Se ve que las otras tres le han dicho algo para que se gire sin disimulo. No aguanto. Me estoy agobiando, me estoy agobiando mucho. Por favor, no me miréis así, no me miréis como si fuese un bicho raro, como si no debiera salir de casa por llevar turbante. No me mires así. Los chicos se dan cuenta, y Jon me coge por la cintura, mientras David les lanza una mirada de desaprobación y Mateo no se corta en llamarlas descaradas. Y los tres me salvan, me arropan y me dicen que soy la más guapa, la más fuerte, y que pase de gente así. Pero me cuesta. Me cuesta ver la poca empatía de chicas, que podrían ser yo, me cuesta ver a parejas agarradas de la mano, planeando su futuro juntos, me cuesta ver cómo la vida avanza y la mía está estancada.

Llegamos al museo, y allí me siento segura, hay oscuridad, y los focos sólo iluminan los preciosos vestidos y abrigos de Cristóbal Balenciaga. David, Mateo y yo disfrutamos como enanos, nos perdemos entre pasillos de historia de la moda, de diseños, mientras Jon se queda frito en un sillón de la entrada. Es lo que tiene salir la noche anterior hasta cerrar la última discoteca de Bilbao. Me podría tirar toda la tarde mirándole así, dormido.

Y por un rato, se me olvida cómo me han mirado esas chicas, se me olvida cómo me he sentido juzgada e insignificante, por llevar un turbante, por tener que sujetarme en alguno de mis amigos o mi chico, porque me canso y me mareo. Se me olvida lo cruel que pueden ser algunas miradas, cuando debieran ser de apoyo y ánimo. El miedo a lo desconocido muchas veces nos hace reaccionar así, sin ser conscientes que bajo ese turbante hay una mujer que lucha por poder levantarse un día más. Un día más.

No miréis nunca a alguien así, nunca.

 

 

Tú a Cádiz, y yo a quimio.

28 julio 2018

Cada día que me levanto, me da la sensación de que he estado soñando o más bien teniendo una pesadilla, y que al tocarme la cabeza, notaré mi pelazo; al mirar mi pecho derecho, no habrá cicatriz alguna; cuando me mire en el espejo, volveré a reconocerme. Pero eso no pasa. Y los días empiezan a pesar. Ya casi ha terminado julio, y parezco un vampiro esquivando el poco sol que hay en Bilbao, me pongo triste cada vez que entro en Instagram y veo las maravillosas vacaciones de mis amigos en la playa o en algún lugar fuera del País Vasco. Creo que estoy entrando en un bucle: vivo en el día de la marmota, todos los días igual, me limito a esperar que pasen los 21 días para ir a la siguiente quimioterapia, a contar los 30 días para ir al ambulatorio a que me den el Zoladex, y me da la sensación de que se me está yendo la cabeza. Y quedan meses por delante. Que no me pase nada…

Pero lo mismo que me pesa cada vez más este tratamiento, también noto que cada vez me encierro más. No quiero arrastrar a nadie, así que me voy sola a pasear (por la sombra) con mi turbante, las gafas de sol, untada en Nivea 50+ , e  “Imagine Dragons” en mis auriculares. Y así llevo desde mayo pegándome unos 8-9 kilómetros andando. El Guggenheim está aburrido de verme pasear. Es lo que hay, cuando tu verano tienes que pasarlo entre el hospital y tu ambulatorio.

Así que cuando mi chico me dijo que iba a irse a Cádiz una semana con sus amigos, no pude evitar pensar en lo que me esperaba a mi: más paseos por Bilbao, y la cuarta quimioterapia. Este año, ni sangría en la playa, ni postureo en la piscina, ni recuerdos bonitos con Jon. Y una vez más, no soy capaz de pedirle que se quede conmigo aquí, esta guerra es mía, bastante es ya que uno lo tenga que pasar, como para hacerle a tu pareja pasar por lo mismo, pudiendo disfrutar de las vacaciones. No puedo pedirle eso, si él no quiere quedarse. Así que esta mañana, a las seis, le he llevado al aeropuerto, apenas he dormido de los nervios, y eso que no soy yo la que se va. Nos hemos despedido rápido, sus amigos ya estaban allí, y se veía que tenían ganas de hablar de sus cosas. Mejor. Así no me derrumbo delante de ellos.

Pero lo he hecho. Nada más darme la vuelta, me he derrumbado. Menos mal que ninguno de ellos se ha dado cuenta. Mi vida se puso en pausa el 9 de marzo, pero no es justo que la vida de los que me rodean se pare también, no es justo para nadie, tampoco para mi chico.  Así que, aunque fui la primera en animarle a que se fuese a Cádiz de vacaciones, ahora me arrepiento de no tenerle aquí conmigo, de que esté a mi lado estos días, y sobre todo, que no esté en dos días, en mi cuarta quimioterapia. La más dura, la última de esta primera fase, y la que será un punto de inflexión, porque estoy segura de que, a partir de esa quimio, todo irá mejor. Y él no estará conmigo.

Esta guerra es mía, así que, tú a Cádiz, y yo a quimio.

Sevilla, Valencia y Bilbao

26 julio 2018

Hace tres días que Carmen y Enrique se han ido. Hace tres días que Sevilla y Valencia respectivamente han dejado aquí toda la fuerza. Y es que estos dos, estos dos monitos como nos llamamos cariñosamente, han cruzado medio país para verme, para abrazarme y para decirme que, durante esta tormenta, estarán a mi lado. Aunque Enrique me rompa el paraguas, da lo mismo, nos mojaremos juntos los tres.

Enrique empezó siendo mi compañero de trabajo, quien me enseñó junto a Pilar a despegar en mi oficina. Enrique es a quién llamaba cuando me desesperaba, cuando no encontraba algún dato, o al primero con quien hacia un Skype si había algo que celebrar en la ofi. Juntos hemos unido Barcelona-Bilbao cuando lo hemos necesitado para sacar el curro adelante y juntos nos hemos reído lo indecible vía Skype con grandes amigos y compañeros como Pilar, Bego o Carmen.D. Que el trabajo sea duro no quita para que acabes teniendo a los mejores amigos, y Enrique es uno de ellos.

Carmen C, vino después, pero debe tener la misma tara mental que Enrique y yo, y esta vez, tras la formación de Enrique, fui yo la que la ayudaba cuando se perdía como me perdía yo en mis primeros días en la oficina. O me llamaba por una duda, y acabábamos arreglando el mundo, poniéndonos al día de los modelitos de Zara, y haciendo nuestras rutas imaginarias de restaurantes por el mundo. Carmen es la que cada día me llamaba para saber si en Bilbao llovía, y aprovechaba para darme envidia del solazo de Sevilla, o a la que mandaba fotos de San Mamés cuando su equipo del alma visitaba la Catedral.

Y los dos, se vinieron hace tres días a Bilbao, desde Sevilla y Valencia, para conocer el Guggenheim, la Basílica de Begoña, San Juan de Gaztelugatxe y los mejores restaurantes de Bilbao. Cruzaron el país para conocer la tierra donde el azul el verde y el gris, son parte de nuestra vida, y sobre todo, vinieron para darme ese abrazo que solo los amigos saben dar, y que te arregla todos los males.

Gracias Carmen, gracias Enrique. Por cambiar vuestras vacaciones en algún lugar paradisíaco o una playa soleada por estos días conmigo. Gracias por quererme, apoyarme y abrazarme todos los días desde la distancia. Por estar pendientes de cada foto en quimio, de cada consulta y de cada #breathe en Instagram. Gracias, por ser los mejores amigos y personas que podía tener en mi vida. La vida te manda guerras que parecen imposibles de vencer, y el karma te pone a tu lado a los mejores guerreros para levantarte cuando no puedes más. Y vosotros sois de esos que jamás bajan la espada.

Os quiero.

 

Manzanilla

25 julio 2018

Con unos nueve años, estaba yo pasando el verano en el pueblo de mi abuela paterna, cuando me picó una abeja en el párpado del ojo. Tiré la bici en medio del camino, y salí corriendo a casa, a grito pelado, para susto de mi abuela Elvira. Ella, que tenia mil remedios para todo, para esto también lo tenía. Por algo teníamos panales. Pero resulta que, en verano, en esa casa estaba media familia, que incluía hermanos de mi abuela, cada uno con un remedio distinto para la picadura de la abeja: “Ponle hielo” “No, mejor vinagre” “Eso con una rodaja de tomate se baja” “Ponedle miel”Mi ojo parecía un plato combinado. Menos mal, que ella, puso orden, e hizo una infusión con manzanilla, y tras quitarme el aguijón, me puso un algodón con la infusión en el ojo. Como podéis comprobar, está complicado saber qué fue lo que hizo que la hinchazón bajara, quizás no fue nada de lo que me pusieron, quizás fue todo.

Y hoy, según estaba pagando una bolsa de flores de manzanilla, me he acordado de mi abuela Elvira y de mi tía Amparo, y os juro que en mi cabeza las he oído a las dos, pegando un grito por pagar por algo que recogíamos en el monte. Porque en mi pueblo, la manzanilla no se paga, te vas a la campa de al lado y coges la que quieras, y yo, siempre he sido una asquerosa para tomarme la infusión de manzanilla que me preparaba mi abuela, cuando, mi hermano y yo, muy de ciudad los dos, nos poníamos malísimos de beber agua de todas las fuentes del pueblo, o del mismo canal que pasaba cerca de nuestra casa. Menuda paciencia tenía la pobre mujer cada vez que nos veía haciendo aspavientos, tapándonos la nariz, y arcadas incluidas nada más oler la taza. Y que no nos hayan dado el Oscar a mi hermano y a mi por aquellas actuaciones…

Ay la manzanilla, la manzanilla. Ay abuela, alucinarías si me vieras tomarla ahora para que no me siente tan mal las quimioterapias; no te creerías cómo yo misma hago las infusiones sin montar ninguna escenita; seguro que ya sabrías que usado como colutorio, es maravilloso para las encías y el par de llagas que me han salido estas semanas; y sí, me he acordado de aquella abeja, y en frio, he mojado dos algodones, y me ha calmado los ojos, los cuales tengo especialmente sensibles, por la quimioterapia también. Bendita manzanilla, benditos consejos y tradiciones. Ojalá estuvieras aquí, ojalá no te hubieras ido tan pronto. Ojalá estuviera también Amparito. Estoy segura que las dos estarías contentísimas de ver que voy ganando batallas, que sigo siendo la creativa de la familia, la guindilla que no para quieta, la nieta hiperactiva sin miedo a nada. Si sobreviví lanzándome en triciclo por las cuestas más empinadas de Bilbao, contigo abuela, corriendo detrás y gritando, esto no me va a matar. No me da la gana.

Por ti, abuela Elvira.

 

Un martes de boda

24 julio 2018.

Y aquí estamos, en Basurto, mi segunda casa. Hoy toca poner una inyección, revisiones varias, y paseos por el hospital. Lo bueno de tener amigos en el gremio de la sanidad, es que siempre que vengo alguno le pillo en el descanso y se acercan a tomar un café conmigo. Salgo de Aztarain, el pabellón de oncología, y me acerco a la cafetería. Como he llegado pronto, espero fuera: hace sol, me he plantado uno de mis turbantes, y parezco Celia Cruz en uno de sus conciertos. Bien de volumen con el pañuelo, bien de gafas de sol, y bien de labios pintados de rojo. Antes calva que sencilla. Y aquí estoy, mirando al infinito mientras espero a Laura, cuando se me acerca una señora, sobre los 80, con bastón, y me pregunta:

– “Disculpa, ¿te puedo hacer una pregunta?”

– “Si, claro, por supuesto, dígame”

– “¿Ese tocado te lo has hecho tu, o venía así? ¡Es precioso, estás guapísima!”

– “¡Ay, muchísimas gracias! No, no viene así, es una tela y yo le doy esta forma, ¡nunca me sale igual! La verdad que ojalá no tuviera que llevarlo…”(yo y mi manía de contar a todo Perry que la ausencia de pelo es por la quimioterapia)

– “Pues hija, estás preciosa, y de verdad, nadie diría que estás aquí como paciente, eres joven, ¡ya verás que todo pasa!”

 Y me he quedado sin palabras. Y me ha dado la llorera, de emoción. Y mientras la mujer, a su pasito lento pero firme, se iba alejando, unos pocos pasos detrás, aparece, el que supongo, es su marido:

– “Pues a mi también me gusta mucho! ¡Yo diría que estás como para ir de boda!

– “jajajajajajaja, ¿un martes?”

– “Hija, qué más da. Estás muy muy guapa”

– “Gracias, no sabe lo muchísimo que se lo agradezco, de verdad.”

 Y ooooootra vez la llorera. Tengo machacados a mis amigos y familia con lo de “no estoy guapa, no me veo, no soy yo”. Y estas cosas, emocionan. Y mucho. Como ayer, cuando me fui a tomar algo a un bar de Txurdinaga, y el camarero (rapado al cero), me dijo que estaba muy guapa. Y ooooooooooootra vez, le dije “el turbante no es por gusto”. A lo que él, respondió: “Me imagino, pero me sigue pareciendo que estás muy guapa. ¡Y lo tuyo al menos es reversible!” Y lo dijo, mientras se tocaba la cabeza. Ataque de risa incluido. Me toca, me emociona, me llega al alma, ver como desconocidos, pueden intuir que no estás en tu mejor momento, y son capaces de dedicarte una sonrisa, un piropo, un guiño.

Así que, desde aquí, si veis una chica con turbante o pañuelo, si veis a alguien con una escayola, o una venda, no os cortéis, regaladle una sonrisa, una palabra de ánimo. No os imagináis lo que podéis llegar a cambiar el día de esa persona.

Al borde del abismo

¿Alguna vez habéis pensado en la muerte? No como concepto, la muerte es parte de la vida, algún día a todos nos llegará, sino si habéis pensado en ello como algo cercano. Yo si. Tres veces en concreto. Tres veces he sentido que andaba cerca, pero ninguna de las tres se ha llevado a quién quería, ni siquiera ha podido (de momento) conmigo.

La primera vez, fue cuando tenía unos veinticinco o veintiséis años. Estaba en casa sola con mi hermano, preparándonos los dos para ir a la uni, yo como siempre tarde, mi hermano imprimiendo un trabajo que tenía que presentar. Los dos distraídos y tranquilos. Yo siempre he ido tranquila a la uni, y más cuando iba con él. He tenido la grandísima suerte de poder compartir unos años con mi hermano, de ir juntos a clase, y de aprovecharme de que siempre tenía mejores apuntes de econometría que yo, y que si no hubiera sido por él, mis clases en vez de empezar a las 8 habrían empezado siempre a las doce. Pero ese día, de repente mi hermano notó que no respiraba bien, algo no iba como debía, así que después de pasar por el ambulatorio, nos fuimos a la clínica: “es un neumotórax”. Yo llamé a mis padres, y les dije que mi hermano tenia un “aneurisma”, a mi madre, que es enfermera, casi le da un infarto. Mi padre y yo, que no entendemos de nada, nos preocupamos, pero lo justo. Hasta que vi que le dejaban ingresado, que le enchufaban a una máquina, ahí, me sentí al borde del abismo. Pensé que mi hermanito se iba, que se moría. Y no paré de llamar a mis amigas y llorar. Pero no pasó, como un campeón salió adelante, y volver a abrazarle, fue para mi como si él me salvase con ese abrazo de ese borde del precipicio en el que me encontré. Y eso que el que lo sufrió, fue él. El mejor hermano del mundo.

La segunda vez que pensé en la muerte, fue cuando a alguien muy querido para mi, pasó por una infección en el corazón. Esto de no saber de medicina juntándolo con que soy hipocondríaca, hizo que pensara que igualmente, se iba de mi vida, pero para siempre: que no le volvería a ver, a tocarle, a reír con él. Que los viajes, los proyectos de futuro y nuestros sueños, se caían por ese abismo. Dos años de visitas al médico, dos años duros, difíciles, en los cuales yo me bloquée al principio, y en un fin de semana decidí que mi vida tenía que cambiar, para poder pasarla con él. No iba a permitir perderme un segundo de disfrutar, no me perdonaría jamás el no estar a su lado en ese abismo, a pesar de que en ciertos momentos lo que muchos prefieren es estar solos, como él. Y todo pasa, y se sigue viviendo, y cuando pensé que se iba de mi lado a ese abismo que es la muerte, consiguió el equilibrio para seguir aquí, y vivir, a su manera, pero viviendo.

La tercera, el abismo lo he vivido yo misma. En realidad, han sido un dos por uno: la primera vez, cuando me dieron el diagnóstico, os juro que pensé que me moría, que no llegaba celebrar los 34, que no vería más a mis amigos y familia, que no acabaría el maldito curso de inglés, que no me casaría, ni sería madre, ni haría el puñetero master que llevo tres años detrás de él. Pensé que todo se acababa, que no había vuelto a París y a Roma como quería, ni había visto las auroras boreales; que no había estado con mis cuatro primos juntos con mi hermano; que no podía ser, que me quedaba mucho por vivir. Cuando la oncóloga me dijo que no, que del cáncer de mama no me iba a morir, me tranquilicé, hasta que este miedo o vértigo que se siente al acercarse de nuevo al abismo, volvió con la maldita mancha en el hígado (por si te lo perdiste, puedes leerlo pinchando aquí). Ostras, esto ya son palabras mayores: como tenga otro cáncer en el hígado, esto ya sí que no lo cuento. De hecho, es increíble cómo algo tan duro como un cáncer de mama se puede convertir en una “gripe” en mi caso cuando lo comparaba con un posible cáncer de hígado: claro, yo en mi mente, pensaba, que, sin tetas, se puede vivir, pero sin un órgano…complicado. Recuerdo que a la enfermera que intentaba consolarme, le acabé gritando: “TÚ PIENSAS DE VERDAD QUE PUEDO VIVIR SIN HIGADO??”. Menos mal que la pobre sabia lo que me pasaba, y pasó de mi en moto y no se ofendió, pero vaya, hubiera entendido que me soltara un tortazo. Por petarda. Y que me hubiera soltado un “y ahora te tranquilizas”. Y una vez más, por tercera vez, vi cerquita la muerte, esta vez, muy cerca de mí misma, no de otros. He sentido que se me acababa el aire, que bajo mis pies el suelo era quebradizo, inestable, pero he mantenido el equilibrio, la paciencia para saber dar no un paso, sino un gran salto, y evitar ese abismo, para caer en un nuevo espacio virgen, a estrenar. Una segunda vida.

Cuando pensé que me moría, escribí seis cartas. Si me pasaba algo, diez personas leerían esas cartas, y al final solo la leyó uno. El resto, espero que pasen muchísimos años antes de que vuelva a escribir este tipo de cartas. He dejado atrás el abismo, y no pienso darme la vuelta para mirar.

 

 

Bonus track: solo una vez, la muerte me ha pillado desprevenida. Y fue con mi estrella de punto, no esperaba que te fueras, te echo de menos, aunque sé que estarás orgullosa de “la moderna”, y de que aquí te seguimos recordando todos los días, y que cuando mi suelo temblaba a lo largo de este año, tú has gritado “ay mi Pitufina preferida” con tanta fuerza, que solo me quedaba seguir adelante para saltar y dejar atrás el abismo. Gracias, por todo, te quiero.

Quimioterapia y los pelos (de los brazos)

Ya han pasado las tres primeras quimioterapias de la primera parte, solo me queda una de las «heavy». Vamos, que yo sigo con mis estadísticas: ya llevo el 75% de la primera fase superada. A veces me creo que estoy en un video juego, que realmente soy una reina Amazona, y que voy superando pantallas.

Como las dos veces anteriores, chequeo: sigo sin hormigueos ni en pies ni manos, sigo manteniendo cejas, pestañas y uñas, noto menos densidad de pelo en la cabeza, a pesar de que lo tengo rapado, puedo comer normal ya que la comida para mi, ha perdido sabor, pero no tengo más efectos que esos. Sí que estoy cansada, estoy triste, porque aunque desde fuera se me vea bien, yo ya no me reconozco en el espejo. Me veo apagada, sin fuerza, sin atractivo.

Y entonces es cuando viendo cómo va pasando esto, me acuerdo de Julio, mi cirujano, que en la primera consulta que tuve con él recuerdo sus palabras: “sí, te daremos todo el tratamiento para prevenir que esto no vuelva a pasar, y sí, se te caerá el pelo”. DRAMA. Claro que fue un DRAMA, en mayúsculas, fosforito, y con luces. Porque en ese momento, es lo primero que piensas, que tu melena y tu fuerza se la llevará la mierda de la quimio. Pero luego, te entra un mínimo de cordura (nada, tres minutos, no os vayáis a pensar que estoy yo muy bien de la azotea), y piensas: “bueno, toda la vida depilándote, y chica, ahora por fin, verás cómo es tener los brazos sin un solo pelo.” Que como me da miedo depilármelos, pues oye, al menos vería cómo me quedaba.

Primera quimio, nada, no se cae ni un pelo. Ni de la cabeza, ni de la cara, ni de los brazos. Segunda quimio, aunque tengo la cabeza rapada, noto, que ya no tengo tanta densidad como siempre, pero mis cejas y pestañas siguen igual, y los pelos del brazo, ahí siguen, agarrados como si no hubiera un mañana. Tercera quimio: cada vez que me paso la mano por la cabeza me da la llorera, yo que he sido el “Rey león” en versión femenina con mi melenaza, notar esa ausencia, me da bajón; noto menos pestañas y cejas, pero siguen siendo suficientes. Es lo que tiene tener mucho pelo, que, aunque se caiga algo, sigues teniendo mucho. Pero me miro los brazos, ¡Y NO SE HA CAIDO NI UNO! De verdad, que esto es el colmo: se lo cuento a Elena y Fernando (oncólogos) cada vez que me los encuentro por los pasillos de Aztarain (el pabellón de oncología del hospital de Basurto), y claro, se parten de la risa. Normal. Soy un caso a estudiar: la única paciente a la que los pelos del brazo no se le caen con la quimio. Creo que voy a llamar a Iker Jiménez, esto es claramente un caso a estudiar en “cuarto milenio”.

Bueno, seguiremos informando, de momento, debo ser fuerte, como lo están siendo los pelos de mis brazos.

Tercera quimioterapia

9 julio 2018

Y ya han vuelto a pasar 21 días. Es increíble la capacidad que tengo de desconectar esos días entre quimio y quimio, como si no pasase nada. A decir verdad, quitando el pañuelo, por lo demás, me encuentro igual. Más aburrida que nunca, pero bien: no he tenido náuseas como la primera vez, sigo sin hormigueos ni en manos ni en pies, mis uñas siguen en su sitio, no noto cansancio ni sofocos, y mis pestañas y cejas ahí siguen, al pie del cañón. Pero estos últimos días ha sido imposible ver la tele. Resulta que Terelu (Campos), después de seis años, vuelve a tener un cáncer de mama. En la otra. No, no es genético (o eso dicen), y no hace más que recordar lo estupenda que estaba antes de tener que tomar las pastillas estas de los cinco años que me darán luego. Pues bien, buen plan se me avecina: recaídas, cambio de cuerpo y obesidad. Una fiesta.

Así que nada, voy súper motivada a que Ana me saque sangre para las analíticas. Y claro, este es otro tema: el tratamiento contra el cáncer es como pasar las doce pruebas de Astérix. Si has sobrevivido los 21 días, toca analítica, eso supone que, si tus venas han aguantado, te podrán sacar sangre, sino, te tienen que poner un cacharrito bajo la piel para poder darte la quimio (reservorio). Vale, superados estos dos inconvenientes, pasamos al resultado de la analítica: como estés por debajo de 1500 en neutrófilos, pues no te dan la quimioterapia (yo les llamo leucotrófilos, que no existe, pero a mi Elena, Fernando, Ana y las chicas de rosa me entienden). Así que, como hora y media después, salen los resultados, me atrinchero en el mostrador de las auxiliares, para que Aurora me dé paso con Elena.

Calla, que está de vacaciones, hoy estás con Fernando.” Aurora, mi auxiliar de rosa, es la que manda. Pues ahí que vamos mi prima Vero y yo, a ver a Fernando. “Hola Virginia, ¿qué tal estás?” “Bien, mira, ¡tengo todas las uñas!” (lo mío con las uñas es un trauma, lo sé). Fernando se ríe, siempre se ríe conmigo, es un público muy agradecido. Y como Elena, es amable y positivo, y siempre me recuerda que estoy bien, que todo este (duro) proceso es PREVENTIVO para que viva muchos años, y pueda volver a ver a Lady Gaga en concierto. Fernando se parte. “Oye, pues muy bien, ¡tienes 3.200!” TOMA YA. Segunda quimio, y tengo mejores valores que la anterior. No entendemos nada. Será que mi ejército amazona de “leucotrófilos” están a tope para que no me bajen las defensas. “Así que hoy, tercera quimio. ¿Has decidido al final si la segunda parte serán semanales o cada 21 días?” “Semanales” (tras las 4 quimios cada 21 días, pasaré a otro tratamiento de quimio, menos agresivo, pero igual de chungo, que será semanal).

Y aquí es cuando hablando de todo y nada, se me ocurre mirar en internet cómo tiene el pelo una famosa política navarra que también pasó un cáncer. ERROR Y DE LOS GORDOS. Mi prima que no sabe la pobre ni cómo animarme, y yo, que encima, ya me vengo arriba, y le digo a Fernando que no quiero ponerme gorda, ni que me vuelva un cáncer, ni me pase nada como a Terelu. Yo creo que se estuvo mordiendo la lengua por no reírse, porque la estampa era curiosa: yo con unas analíticas de una persona sin quimio, protestando por no pasar lo mismo que Terelu. Pobre mujer, espero que esté bien. No os voy a contar lo que hablamos, quedará siempre entre él y yo, pero descarto desayunar porras con chocolate. Y me paso a Netflix, se acabó Telecinco.

Directa al sótano de Aztarain. Sí, queridos míos, la quimioterapia nos la dan en un sótano. A ver, no os imaginéis un sótano tipo las pelis de “Saw”, ahí con moho, una bombilla colgada del techo, y goteras. Es un espacio amplio, a un lado hay unos sillones con una máquina, para los que necesitan transfusiones, al otro, estamos los de quimioterapia, once sillones granates, separados por cortinas por si quieres un poquito de intimidad. Ahí me siento yo, en el 29 otra vez. Mi madre, Vero y Marga esperan en la sala, y cuando terminan de ponerme todo, y nombrarme tres veces para que confirme que soy yo, empieza la fiesta. Ahí entran las tres, de una en una, es lo máximo que se permite.

Y me da el bajón. Ale, a llorar. Así que las mando a todas a la sala de espera, pido a las enfermeras que cierren un poco la cortina, y que me dejen tranquila. Pero vienen cada dos minutos, solo a ver si estoy bien. Y entra Leixuri*, me da un beso, y se sienta conmigo. No dice nada, no hace falta. Solo me acaricia la pierna, y lloramos las dos. Hora y media. Esto es una amiga, y lo demás son gilipolleces. Hora y media se ha pasado sentada conmigo, mirando los medicamentos que me iban cambiando, y seguro que en su cabeza ha estado haciendo cálculos y cosas de nefróloga para cuidar mis riñoncitos. Si la vida me ha metido en este infierno, también me ha mandado a los mejores amigos para estar a mi lado y pegar manguerazos cuando ardo. Hora y media, que ha sido horrible, pero que, gracias a ella, a mi madre, a Vero y Marga, ha sido una nueva victoria.

Ya queda menos Vir, ya queda menos.

 

*Gracias infinitas Lei, gracias por haber cuidado de mi tia en su momento, y gracias por hacerlo todo este tiempo, y este día en especial. A veces, no necesito que una amiga me diga nada, solo que esté a mi lado, saber que estás ahí,  que no te has separado ni un minuto ha hecho que esta tercera quimio haya sido menos dura.