Tres noches (tras la quimioterapia)

31 mayo 2018

Han pasado tres días con sus tres noches desde que me dieron la primera quimioterapia. No hago más que mirar si tengo fiebre cada tres horas, bajo amenaza de ingreso si paso de 37,5 grados; de mirarme el pelo cada tres minutos y la almohada todas las mañanas a ver si se empieza a caer; ni de ver si cambia algo más en mi.

La verdad que, antes de la quimio, pensaba que la tercera guerra mundial explotaría en mi cuerpo, y de momento, tres días después, nada más allá que una especie de gripe. Estoy cansada, con desgana, no me apetece salir y apenas comer. Me volví loca comprando encurtidos por aquello de que con la quimioterapia “todo te sabe a metal” y que lo mejor es comer cosas con vinagre. Pues tampoco. Vamos, que debo ser la rara de todas las que pasan por un cáncer de mama. Si es que no cuadro ni en las estadísticas, ya me lo dijo Elena (mi oncóloga), que las menores de 35 no éramos habituales, existimos, pero no somos la mayoría. Eso sí, he perdido el gusto, da igual que coma coliflor, jamón 5J que corcho, todo me sabe igual. Un drama: ni me dejan tomar vino, ni me sabe el jamón. ¡Maldita quimio!

Ayer fui al ambulatorio, a darme unas inyecciones mensuales, que no tengo claro si es una jeringuilla o una cornada, porque telita con la aguja… Al menos salí de casa, di una vuelta al barrio y vuelta al sofá. Mañana tengo cita con Marian, a ver si consigue ordenarme la cabeza antes de que yo la vuelva loca a ella. Sin duda, esta es una ayuda que jamás pensé que necesitaría, al menos tan pronto en mi vida. Y, sin embargo, es algo que nada más saber el diagnóstico, decidí incluir en mi vida.

Así, voy de médico en médico y tiro por que me toca. Estoy cansada, me cuesta escribir. Al menos mi pelo sigue en su sitio.

 

 

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