Las tarjetas de crédito

6 de julio 2018

Llevo trabajando en ventas desde que empecé a trabajar con 21 años. He ido cambiando de puesto, en varias empresas, he alternado con parte de trabajos en formación, pero principalmente, mi vida laboral gira en torno al marketing y ventas. Llevo un par de días del sofá a la cama y de la cama al sofá, estoy cansada, triste y apagada. Intento animarme haciendo mis porcentajes en la cabeza: el día 9 pasaré ya la tercera quimio, es decir el 75% de las quimios de la primera parte (eso contando con que las analíticas den bien). Venga Vir, ya son tres cuartos de la parte más dura. Bueno, habrá días buenos, y otros menos buenos. Ya van unos cuantos, de los segundos, y la muela que sigue dando algo de guerra. Al menos, miro cómo avanzan las cosas a través de las redes sociales.

Y suena el teléfono, un número desconocido. Desde el 9 de marzo 2018, contesto absolutamente a todas las llamadas, no vaya a ser que sea alguna nueva cita médica, una revisión o que me llaman para decirme que todo ha sido una broma de mal gusto, y que ya no necesito más tratamiento. Pena que esto último solo pasa en mi imaginación. El caso, es que contesto:

– “¿Sí?”

– “Hola buenos días soy (no recuerdo), de (empresa de tarjetas de crédito). ¿Eres la titular de la línea?” MAL EMPEZAMOS.

– “Si, pero no me interesa, ahora mismo no es un buen momento”

– “¡Pero si no sabes lo que te voy a ofrecer! ¿Estás trabajando actualmente?”

– “Oye, disculpa, sé que es tu trabajo, yo también soy comercial, pero de verdad, ahora mismo, te repito, NO ES UN BUEN MOMENTO.”

– “Pues te vas a perder unas ventajas únicas en nuestras tarjetas de crédito”

– “DE VERDAD, QUE NO ME INTERESA. ESTOY DE BAJA”

– “Ah, pero no pasa nada, mientras tengas una nómina”

– “Mira, estoy en plena quimioterapia, aquí tirada en mi casa, y lo último que me interesan son tus puñeteras tarjetas de crédito. Así que ahora, apuntas en tu CRM que la titular de esta línea no quiere que la volváis a llamar jamás, y que como esta conversación está grabada, si no lo haces, te denuncio a ti personalmente y a tu empresa seguidamente por no cumplir la ley de protección de datos, y mi petición de que no me molestéis. ¿Te ha quedado claro?”

No sé qué hubiera contestado, no le he dado tiempo, he colgado con toda mi mala leche. En estos momentos echo de menos aquellos teléfonos de gran auricular que estampabas contra la parte fija que quedaba sobre la mesa con esos numeritos en círculo. Y me ha dado la llorera, de rabia, de impotencia, de poco tacto, de que estoy hipersensible, de que pienso, que, si no estuviese en esta situación, hubiera contestado de otra manera, y no hubiera dejado que me afectase esto. Impotencia por tener que abrirme en canal a un desconocido, a la desesperada por que me dejase tranquila, y bloquearme y no mandarle a la mierda sin más razón que esa. Rabia cada vez que me acuerdo que por muy bien que parezca que estoy por fuera, por dentro me siento como un trapo, un trapito más bien. Pequeña, triste y gris. Y me acuerdo de mi trabajo, de mis compañeros, de los logros profesionales conseguidos que quedaron congelados, de mis clases de inglés que tuve que dejar precipitadamente, de mi grupo de TRX, o de cuando me evadía yo sola nadando en mi mundo. Me acuerdo de todo esto que ha quedado suspendido en el tiempo, cuento las semanas, los días, para volver a la “normalidad”, pero no termino de entender ni procesar, que nada volverá a ser igual. Todos los que me quieren creer firmemente que no será “igual” será “mejor”. Ojalá tuviese su convicción y seguridad en que será así.

Venga Vir, que el lunes 9 te darán la tercera quimio, una más será una menos.

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