Primera batalla: operación de cáncer de mama
5 abril 2018
Son las siete y media de la mañana, ya empieza a verse luz en el cielo. Estoy en el pabellón Areilza, esperando en la sala, con mi madre a un lado y Marga al otro. Ellas hablan, las oigo, pero no las escucho, solo miro un punto fijo en el suelo, y doy vueltas a la pulsera que me han puesto en la muñeca derecha. La pulsera del “todo incluido” versión hospitalaria. Pena que no puedo tomar mojitos y margaritas.
Me llaman, y como un robot con el tembleque de un flan, empiezo la ruta: primero, por el pabellón San José, donde me encuentro con Loli, la enfermera que me agarró la mano en las primeras biopsias de mama, y con la médico que me va a colocar el arpón justo en el tumor (o eso me imagino yo, cual amazona), para que en quirófano vayan a tiro hecho. Y en la sala de espera, no soy capaz de estar sentada ni medio minuto: vienen mis cuñados de visita, Marta, mi familia… y en esa mini sala de espera, veo a una chica de pelo corto, acompañada por dos familiares. Nos sonreímos con tristeza, sabiendo que las dos, desconocidas en ese momento, vamos a luchar (por separado) en las mismas batallas, y acabaremos siendo amigas.
De repente me llaman de nuevo, y me llevan a una sala con varias camitas, tengo que ponerme la bata esa de lunares, meter todo en una bolsa, y esperar a que vengan a buscarme. Mientras espero, Marta sigue a mi lado, viene Unai, enfermeras que van y vienen… y toca despedirme de mi madre, tumbarme en la camilla. Ya vamos para el quirófano. Ahora vuelvo mami, escribe a papi y a Álvaro, y a las primas y las tías. Y a Jon, Marga y a mis amigas, que nadie se preocupe que vuelvo en un rato.
Tumbada en la camilla, voy contando las luces del techo que me lleva hasta el quirófano: tres luces fundidas, y dos de color distinto. Deberían revisarlo. Me hablan los celadores, pero no los escucho. Una mano me saca de mi mundo paralelo, y me incorporo. “Hola Virginia, soy la anestesista (nombre que no recuerdo), estate tranquila, que ya está todo listo”. Yo miraba a esa mujer, vestida de verde con ese gorro horrible, y no paraba de llorar. Ojazos azules, uniforme verde. Me cae bien. Vuelve el celador, Alain: “Yo todo lo que he aprendido ha sido por Javier, es genial, ¡de verdad! Y tranquila, no llores, ¡que todo va a salir bien!”(aquí entre los nervios y la llorera, confundí a mi querido Javi con su padre Javier).
Me han puesto unos patucos horribles, una bata horrible, y un gorro horrible. El quirófano es blanco, frio, lleno de pitidos, y de gente. Solo consigo reconocer a Marta, mi querida Marta. Me tumbo, y ella me coge la cara con cariño, me mira desde arriba, me seca las lágrimas, y mientras oigo a la anestesista (ay, te juro que no recuerdo tu nombre, pero tu cara no se me olvidará jamás) que me dice que vamos a empezar. Entonces Marta me agarra más fuerte: “Venga pequeña, cuéntame cómo conociste a Jon…”y yo en pleno delirio le hablo de la playa, de Maitane saliente de guardia, del guapo de su hermano, pregunto por el chico que me va a operar, sin saber que Julio estaba a su lado, oyéndolo todo. (Gracias Marta, gracias infinitas)
No sé qué hora es, estoy tranquila, tumbada en una cama en una sala muy grande. Apenas he abierto los ojos, y alguien me coge la mano, y me dice que todo ha salido bien. Es Marta. Es la amazona que ha cambiado turno de trabajo para estar conmigo, que ha cerrado la herida de mi primera batalla (y me ha dejado la cicatriz más bonita del universo), la primera que veo nada más despertar. Y lloro. No paro de llorar. La anestesia me ha dejado tocada, pero no lo suficiente como para no reconocerla, y solo poder decirle “GRACIAS” compulsivamente. Pitan cosas, la maquina que me controla se descontrola. Viene un enfermero, me pone algo en el dedo, se va corriendo. No sé qué pasa. Marta me tranquiliza. Me pregunta cosas el enfermero, y me pone unas cosas en la nariz para que respire mejor, el oxigeno no debe ir bien por mi cuerpo (creo que se llaman gafas nasales).
Me duermo. No sé a dónde me llevan.
(Continuará)



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