Un día más, un día menos.

17 agosto 2018.

Otra mañana más con Nesquik, leche fría y dos galletas deshechas. La muela sigue inflamada, mi ánimo por los suelos, y sigo en aislamiento. Esta sensación de que el tiempo está parado, de que no puedes salir de una habitación con baño, me está agobiando cada vez más. Siento que se me va la cabeza, que me hundo cada vez más en este agujero, y que nadie entiende que me ahogo.

Hoy estoy cansada, muy cansada. Les he pedido a mis padres que vengan a última hora, quiero estar tranquila. Quiero hacerme un ovillo en la cama, seguir con mi libro, y esperar a ver si se pasa Jon a verme. Le echo de menos. Ojalá estuviese aquí, pero hoy trabaja por la tarde.

A las once y media pasa Ramón. ¡Por fin una cara conocida! Cada vez que entra este hombre por la puerta, me da un subidón: “Puedes salir al jardín si quieres, las analíticas van mejor, pero por si acaso, te quedas hasta el domingo”.

Domingo. Ya tenemos “deadline” como diríamos en mi oficina. Domingo. Mañana es el txupinazo de las fiestas de Bilbao, mi hermano viene a casa, mis amigas tienen comida, Jon libra el fin de semana… y yo voy a estar aquí. Otra llorera. De rabia, de impotencia, de ver una vez más cómo todo avanza menos yo. Aquí sigo estancada en esta habitación, en aislamiento, mientras mis amigas van cambiando de trabajo, de casa; mientras Jon sale de fiesta y hace planes sin mi; mientras todo mi mundo avanza y yo me quedo atrás.

Al menos puedo salir al jardín. No quiero salir, no quiero ver a nadie, no quiero estar así. Hoy hace sol, pero para mi es un día gris.

PD: Hoy es el cumple de mi amiga Zuriñe, y ni siquiera puedo llamarla tranquilamente. Joyeux anniversaire, ma cherie.

Fiesta en el turno de noche

16 agosto 2018.

 

-“Buenos días Virginia, te traemos el desayuno y la enfermera vendrá en un rato con los antibióticos”.

Tengo el brazo machacado de tanta analítica y tanto antibiótico. Solo me pueden pinchar la quimio, y en principio cualquier cosa, en el brazo derecho al haberme quitado el ganglio centinela y otro más en la cirugía, para poder analizar. Así que mi brazo derecho es un colador. Y mis venas, que están tan asustadas como yo, se han escondido. Chicas listas.

– “Qué tal la noche, Virginia? Vamos con el antibiótico ¿vale?”

– “Vale, pero te aviso que me pongo fatal, que me da por vomitar…”

– “Tranquila, ya nos han avisado de que esta noche les has llamado”

– “¿¿YO??”

Pues chica, no sé de qué me habla… sin más, será que ayer le contaría Marta y el resto de enfermeras que me dio por vomitar nada más ver los antibióticos. Para nueve que estamos en la planta, debo ser la más petarda de los clientes de este bonito hotel-balneario.

Y otro día más. Hoy me duele bastante la muela, y aunque he intentado aguantar, no he podido, y he tenido que pedir calmantes. Lo bueno de esto, es que lo mismo te quitan el dolor de la muela que cualquier otro dolor. Me duermo. Traen la comida, y mis padres me ayudan a incorporarme. Madre mía qué tiene esto que no me estoy enterando de nada. Mis padres me hablan, pero solo quiero dormir. Solo quiero dormir. ¿Dónde está Jon? Se supone que trabaja de tarde, esperaba verle esta mañana, o una llamada al menos. Me duermo de nuevo, oigo a mis padres que me dan un beso, y me susurran al oído:

– “Pitu, descansa, vamos a comer por aquí y luego venimos”

 – “Mmmmmmm vale, os quiero”- lo digo medio en sueños.

 Me despierto al oír el carrito por el pasillo. Doble puerta, y aún así oigo algunos ruidos. Entran dos chicas de rosa, mis chicas. Alegres, risueñas, riendo. Y yo con una cara de enanito gruñón.

– “Qué tal estás Virginia? ¿Qué te apetece merendar?”

 – “Zumo. Pero frio por favor, me sigue molestando la muela”

Vuelven mis padres. Con el día que hace y ellos aquí, y yo que no quiero hablar, ni que me hablen ni nada. Mi madre se trae el ebook, y mi padre enreda en los periódicos digitales. Hasta que les digo que estoy bien, que prefiero estar tranquila. ¿Seguro hija? Seguro. Apenas se han ido, y vienen un enfermero y una enfermera. Anda, estos no los conozco. Imanol y Eguz, no olvidaré sus nombres nunca, ni los de muchos que están esta semana pasando por aquí. Bueno, los nombres igual los olvido, sus caras sonrientes de ánimo, jamás.

– “Aviso, ¡¡que me pongo malísima con esto!!”

– “Si, si, tranquila, ya estamos al corriente” se parten los dos. Al menos alguien ríe en esta maldita habitación.

Se ha debido correr la voz ya de que soy la petarda histérica de la 211 que vomita cuando ve antibióticos, la que llora por que si, y la que tiene pánico a que llegue su oncólogo Ramón con una nueva recomendación cinematográfica de aliens que pierden las uñas. Vamos, soy el fichaje de la 211. Primer intento para ponerme los antibióticos. Nada. Segundo intento. Nada. Imanol me mira, intentando calmarme. Tercer intento, nada, no hay venas. Pasa el testigo a Eguz. Nada. No hay venas. Tengo el brazo machacado. Se quedan a mi lado, y me frotan el brazo, me calman y me animan a pesar de la llorera. Lo mejor de este hospital son los que están vestidos con esos pijamas de colores. Son superhéroes. Como lo están siendo ahora Eguz e Imanol. Sale Eguz al control, y debe hablar con alguien, supongo que con algún oncólogo.

– “No te preocupes Virginia. Vamos a dejar descansar un poco ese brazo, te traemos Thrombocid, y vamos a poner el antibiótico en la otra. Por una vez, no pasa nada, no te preocupes, todo va a ir bien”

Por supuesto, confianza ciega en ellos dos: y va, brazo derecho, el brazo prohibido, ¡a la primera! Mi pobre brazo izquierdo tiene ahora mismo catorce agujeritos. CATORCE. De los cuales, un par de moratones entre morado y amarillo. Un drama de brazo. Whatapp de Jon. Vaya, qué oportuno. Ahora que estoy en plena batalla. Foto desde el trabajo “¿Qué tal pequeña?”  Y diez emojis de carita con beso de corazón. No puedo contestar, un brazo machacado y el otro con la vía. Me hubiera encantado que viniera a verme por la mañana, pero ha ido al gimnasio a entrenar, si no, no le da tiempo trabajando de tarde.

Santa paciencia la de Imanol y Eguz. Yo, me estaba agobiando tanto, que os juro que he estado por decirles que me lo dieran en pastillas. A pesar de tener en casa a la mejor enfermera del mundo, siempre tuve claro que la sanidad, no iba a ser mi futuro profesional. Se acaba el antibiótico, y les llamo para que me quiten la vía de la mano derecha. Duele a morir. Tanta quimio, tanta gaita, y lo que peor llevo es el esparadrapo que se me pega en los puñeteros pelos del brazo y las agujas en la mano. ¿¿Pero alguien me explica de nuevo lo de los pelos en los brazos, porqué no se me caen?? Misterio. También se lo he preguntado a Ramón, ya hay confianza. La primera vez que me vio, fue en el momento más chungo de mi vida. No creo que pueda tener peor impresión de mi, si le pregunto por los pelos de los brazos. Y tampoco me ha sabido responder. Igual debería llamar a Iker Jiménez y que me haga un programita en “Cuarto Milenio”.

 

Cae la noche, y llega el nuevo turno. Marta viene a ver qué tal estoy.

– “Marta, ¿qué ha pasado esta noche, que todos me preguntan cómo estoy?”

Marta suelta una carcajada.

– “Nos has llamado unas cuantas veces por el interfono. Si no contestas por el altavoz, venimos corriendo, por si te ha pasado algo. Y no te pasaba nada. Has encendido la luz del baño, la de la habitación… pero no has salido.”

Merdeeeeeee

– “Es que soy sonámbula! Os lo puse en el cuestionario ese que me hicisteis en el ingreso, madre mía qué vergüenza…”

– “¡Tranquila, si ya lo sabíamos! ¡Era por confirmar que no te pasara nada!”

Pues eso, esta noche, les he dado trabajo: dándole al botoncito de llamada al control de enfermería, ni sé la de veces, sin contestar, encendiendo luces… ¡y no me he enterado de nada! Fiesta en la 211 y yo sin enterarme.

Whatsapp de Jon de buenas noches. Hoy me manda fotito con las madalenas fit que le hice antes de que me ingresaran. Es lo que tiene cuando no puedes salir de casa, haces cosas raras, como repostería con harina de avena. Llaman mis padres, y les digo que todo bien, que no se preocupen. Ya he cenado, y estoy enfrascada con el libro. Mañana nos vemos. Buenas noches papis, os quiero.

 

(Continuará)

Cuídame, (virgen) Begoña.

15 agosto 2018. Nuestra señora de Begoña

Ayer me dieron el alta. Se supone que estaba mejor, que ya mis defensas se habían recuperado un poco, y que seguiría controlada, pero en casa. De hecho, en un rato, vendrán la médico y la enfermera a domicilio, creo que Ramón no se fiaba del todo, y me ha puesto seguimiento domiciliario. Creo que no me han vigilado tanto en la vida.

Esta noche no ha sido buena. He dormido fatal, la ventana abierta, y yo mirando al cielo buscando la luna. Soy una paranoica con la luna. De hecho, cuando Jon trabaja de noche, o se va de vacaciones con sus amigos, le digo que mire la luna. Sabe que me encanta, y sabe que me afecta. No sé qué luna había esta noche, pero yo estaba revuelta. Eso, y que tengo alguna décima todavía, que no se me ha quitado el flemón del todo, que apenas como ni bebo agua, y que tengo una tristeza metida en el cuerpo, que no se me va. Solo quiero acurrucarme en mi cama, cerrar la puerta, cerrar los ojos, descansar, dormir, y que sea ya enero 2019. Que todo termine. Que podamos irnos de vacaciones Jon y yo y disfrutar lo que nos merecemos, después de estos tres años de mierda; que pueda ir a tomar una cerveza con nuestros amigos; que pueda correr detrás de los hijos de mis amigas, y que me tiren del pelo. De ese pelo que el tratamiento se ha llevado.

Suena el timbre, y mis padres corren por casa de lado a lado: “recoge esto, cierra eso, la puerta, LA PUERTAAAAAAA CIERRA LA PUERTA QUE HAY CORRIENTE!” Y yo sentada en el sofá, en pijama, con el turbante puesto, y con la cara desencajada. Es como si estuviese viendo una peli. Entran la médico y la enfermera, y solo me quedo con el segundo nombre: María, la enfermera. Se sienta en el reposabrazos del sofá, a mi lado, y las dos me sonríen, me dan calma. Creo que voy a recordar sus caras toda la vida. Hoy es festivo en Bilbao, hoy es el día, de nuestra amatxu, la Virgen de Begoña. Y aquí están las dos, currando, cuidándome. Si no tienen mi edad, tendrán algún año menos. Debería haberlas conocido de fiesta, tomando algo en fiestas de Bilbao, disfrutando, bailando. Y no aquí.

-“¿Qué tal te encuentras Virginia?”– la médico es un amor, y solo lleva aquí tres minutos

-“Mal, la verdad que mal”

-“Vale, tranquila, vamos a tomarte la temperatura. María, ponle el termómetro, y vete mirando para cogerle una analítica”

 María me pone el termómetro, y me coge con cariño el brazo izquierdo, se ve que ha hecho los deberes, y sabe que estoy operada del derecho, por lo que solo puede pincharme en el brazo izquierdo.

-“37,6”

-“No sé si vas a conseguir encontrarme una vena decente…”

-“Si, creo que ya tengo una aquí…”-María tiene el dedo apretando en mi brazo, y puedo notar incluso cómo palpita mi vena.

-“Vale, Virginia, yo no lo veo claro, no estás mejor, deberías tener menos fiebre. Podemos sacarte sangre aquí, mandarlo al hospital, y quizás tengas que volver. O bien, ir directamente.” –la cara seria de la médico, no me deja mucha opción.

-“Llevadme al hospital. No quiero más pinchazos dobles, no quiero estar así, no quiero.”

Llorera otra vez. Estoy agobiada de estar en casa, que mi madre la pobre haga de enfermera y madre, como si esto fuese la extensión de su trabajo. Estoy por decirle que ni se quite el uniforme cuando venga de su turno en el hospi. Estoy agobiada de ver a mi padre haciendo malabares para ocuparse de la casa cuando mi madre está en el hospital, de turnarse con ella para cuidarme, de que se levante por las noches cada vez que oye mi puerta. Estoy cansada. De verme mal, de preocupar a los míos, de no levantar cabeza. De que cuando parece que el agujero ya es suficientemente profundo, aparece algo más que lo hunde, y me aleja de la salida. Estoy muy cansada.

-“¿Llamo a una ambulancia? Voy a dar parte al hospital, para que cuando llegues, directamente te atiendan por urgencias”

-“No, no, deja la ambulancia para quién lo necesite de verdad. Gracias, de verdad, gracias a las dos”

Mientras hacen el papeleo, me voy a la ducha, lo bueno de no tener ni un pelo, es que todo es más rápido. Me pongo un vestido, unas sandalias, preparo la bolsa con un pijama, zapatillas, el neceser, las gafas de sol, un libro y el ipad.  Vuelvo al salón, y los cuatro están ya listos.

Volvemos a Basurto. Según entro por la puerta, voy al mostrador, y es dar mi tarjeta, y aparece un chico con una silla de ruedas y una mascarilla. Fantástico. El kit de bienvenida al hotel Basurto. Da igual que les diga que puedo andar, me hacen sentar, me da la llorera, mientras me “aparcan” al lado de una máquina para medirme la tensión, la temperatura y primera exploración. Ni siquiera paso a la sala de espera, directamente me mandan a boxes, ahí, me niego a que me coja nadie, y me subo yo sola a la cama. Es muy patético intentar discutir con alguien llorando a mares, con una mascarilla de tela en la cara y un turbante. De pena. Pero creo que mi cabreo con el universo se ha notado a pesar de todo. Meten mis cosas en la bolsa, me quedo descalza, con mi vestido, el turbante y la mascarilla. Y venga a llorar. Un enfermero viene para pincharme y mandar una muestra de sangre, y un celador viene para ayudarme con mis cosas.

-“¿¿Oye hacen casting en este hospital o es que me habéis tocado los más guapos para atenderme?”– Se parten de risa. Es totalmente ridículo estar piropeando a dos sanitarios, mientras lloras a mares con una mascarilla, fiebre, desclaza y tirada en una cama de un box.

De repente, en el mostrador de enfrente, veo una cara conocida: ¡Fernando! El oncólogo que sustituye a Elena. Pego un grito, y me mira, pero no me reconoce, hasta que se acerca a la cama:

-“Vir, ¡qué haces aquí! ¿Qué ha pasado?”-Ni me había reconocido con el disfraz este de urgencias.

Pues nada, que las defensas andan de vacaciones. Y aquí estoy. Pero están Fernando y Ane. Y se me pasa un poco el disgusto. No hay nada como ver una cara conocida, como escuchar a Ane decirte que no te preocupes, que todo irá bien, que van a cuidar de ti. Que, a pesar de esto, estoy llevando muy bien el tratamiento, que estoy respondiendo fenomenal. Nada cura tanto, como oírles a los dos, decirme lo fuerte y valiente que estoy siendo, que estas cuatro quimios que he pasado son las más duras, que sea fuerte, que siga. No hay antibióticos para el alma. Solo médicos profesionales de cualquier área saben curar eso.

Se me está haciendo eterno el tiempo aquí en boxes. Me llevan a una sala aislada, y me traen la comida: patatas a la riojana, un flan y compota de manzana. Como apenas puedo masticar, les he pedido que me trajesen lo más blando posible. Y aquí estoy, en una habitación diminuta, yo sola, mi madre la pobre al lado con mascarilla, y una puerta con ventanita donde veo acercarse a las enfermeras. Os juro que no pienso saltarme ni un semáforo en mi vida solo por no estar en un sitio encerrada, como puede ser un calabozo o la cárcel. Esto es horrible.

-“Virginia, vamos a dejarte ingresada, tu habitación, la 211 de Aztarain”

Volvemos a la habitación que dejé no hace ni 36 horas.

 

(Continuará)

15 agosto 2018.

Hoy me he levantado en mi cama, me da el sol a través de la persiana.

Pero no estoy bien. No estoy nada bien.

No me mires así

11 de agosto 2018

La cuarta y última quimioterapia de la primera parte me ha sentado fatal. No físicamente, sino de cabeza. No paro de llorar, no paro de mirarme las uñas cada diez minutos, no paro de repetirme cuándo acabará esto.

Hoy sábado, hace un calor de morir en Bilbao, y yo ya no sé si me deshidrato de llorar o de que necesito salir de casa. Me llama Jon, que va a ir a la piscina, y le cuelgo, porque por la otra línea, me llama mi querido amigo David:

-“Rubia, vamos a ir a ver el museo Balenciaga, ¿os apuntáis Jon y tu?”

Tiene gracia, para mis amigos sigo siendo “la rubia” a pesar de que me rapé en junio. Eso si, los puñeteros pelos del brazo, ahí siguen los tíos, bien plantados. Bueno, no parece mal plan, así que vuelvo a llamar a mi chico, por si quiere cambiar el plan de piscineo, por el museo en Getaria.

-“Claro, les recogemos, y nos vamos a pasar el día allí!”

Espero a que pase a buscarme, seguido recogemos a David y Mateo, y ponemos rumbo a Getaria. Es impresionante el paisaje que tenemos. Es increíble lo pequeños que somos si ponemos la vista en el mar, en el horizonte. Me pierdo mirando el infinito, por un momento, desconecto de la conversación de los chicos, solo miro el mar intentando alargar la mirada más allá de ese punto en el que se funde con el cielo. Bajo la ventana, empiezo a marearme de tanto coche. Sí, el paisaje es impresionante y también lo son las curvas… aguanta Vir, llegamos en nada.

¡Getaria! Se ve que no somos los únicos que hemos tenido la idea de venir por aquí, el pueblo está lleno, y tenemos que aparcar en el muelle, al final. Mejor, así paseamos. Pero antes, Jon me pide unas fotos para su Instagram. Cada vez le veo más guapo, y yo me veo más fea. Al final, me está pareciendo hasta normal que no quiera subir ninguna foto conmigo. Vamos los cuatro a mi ritmo, me voy cansando, se van notando los tres meses que llevo ya de quimioterapia. Así que viendo la hora que es, mejor nos sentamos en una terraza a comer al aire libre. Sigo distraída, los oigo reír a los tres, como si estuvieran lejos de mi. Me fijo en la gente, en las familias, en las parejas, y no puedo evitar ponerme triste: ¿y si no salgo de esta? Jon me quita el anillo solitario que me regalaron mis primas y mi tío en recuerdo de mi tía, y juega con él, mientras canturrea la última canción del verano de Jennifer López “…y el anillo pa´cuando…”. Me mira, me da un beso en la mano, y me lo devuelve. Ojalá un día podamos celebrar con nuestras familias y amigos que los dos estamos vivos, que los dos hemos superado momentos muy duros, que nos merecemos sonreír juntos, viajar, formar una familia y VIVIR.

Nada más comer, nos metemos por el pueblo, para llegar al museo, y mientras, nos hacemos una foto. Me acordaré de esta foto el resto de mi vida. No por la foto en sí, sino por lo que ha venido después: a nuestro lado, en una terraza, cuatro chicas de unos 30, no dejan de mirarnos. Me he alejado un poco de los chicos, no me estoy sintiendo bien, no me gusta cómo me miran. No dejan de hacerlo, cuchichean entre ellas, y la que está de espaldas a mi, se gira sin pudor para verme mejor. Se ve que las otras tres le han dicho algo para que se gire sin disimulo. No aguanto. Me estoy agobiando, me estoy agobiando mucho. Por favor, no me miréis así, no me miréis como si fuese un bicho raro, como si no debiera salir de casa por llevar turbante. No me mires así. Los chicos se dan cuenta, y Jon me coge por la cintura, mientras David les lanza una mirada de desaprobación y Mateo no se corta en llamarlas descaradas. Y los tres me salvan, me arropan y me dicen que soy la más guapa, la más fuerte, y que pase de gente así. Pero me cuesta. Me cuesta ver la poca empatía de chicas, que podrían ser yo, me cuesta ver a parejas agarradas de la mano, planeando su futuro juntos, me cuesta ver cómo la vida avanza y la mía está estancada.

Llegamos al museo, y allí me siento segura, hay oscuridad, y los focos sólo iluminan los preciosos vestidos y abrigos de Cristóbal Balenciaga. David, Mateo y yo disfrutamos como enanos, nos perdemos entre pasillos de historia de la moda, de diseños, mientras Jon se queda frito en un sillón de la entrada. Es lo que tiene salir la noche anterior hasta cerrar la última discoteca de Bilbao. Me podría tirar toda la tarde mirándole así, dormido.

Y por un rato, se me olvida cómo me han mirado esas chicas, se me olvida cómo me he sentido juzgada e insignificante, por llevar un turbante, por tener que sujetarme en alguno de mis amigos o mi chico, porque me canso y me mareo. Se me olvida lo cruel que pueden ser algunas miradas, cuando debieran ser de apoyo y ánimo. El miedo a lo desconocido muchas veces nos hace reaccionar así, sin ser conscientes que bajo ese turbante hay una mujer que lucha por poder levantarse un día más. Un día más.

No miréis nunca a alguien así, nunca.

 

 

Sevilla, Valencia y Bilbao

26 julio 2018

Hace tres días que Carmen y Enrique se han ido. Hace tres días que Sevilla y Valencia respectivamente han dejado aquí toda la fuerza. Y es que estos dos, estos dos monitos como nos llamamos cariñosamente, han cruzado medio país para verme, para abrazarme y para decirme que, durante esta tormenta, estarán a mi lado. Aunque Enrique me rompa el paraguas, da lo mismo, nos mojaremos juntos los tres.

Enrique empezó siendo mi compañero de trabajo, quien me enseñó junto a Pilar a despegar en mi oficina. Enrique es a quién llamaba cuando me desesperaba, cuando no encontraba algún dato, o al primero con quien hacia un Skype si había algo que celebrar en la ofi. Juntos hemos unido Barcelona-Bilbao cuando lo hemos necesitado para sacar el curro adelante y juntos nos hemos reído lo indecible vía Skype con grandes amigos y compañeros como Pilar, Bego o Carmen.D. Que el trabajo sea duro no quita para que acabes teniendo a los mejores amigos, y Enrique es uno de ellos.

Carmen C, vino después, pero debe tener la misma tara mental que Enrique y yo, y esta vez, tras la formación de Enrique, fui yo la que la ayudaba cuando se perdía como me perdía yo en mis primeros días en la oficina. O me llamaba por una duda, y acabábamos arreglando el mundo, poniéndonos al día de los modelitos de Zara, y haciendo nuestras rutas imaginarias de restaurantes por el mundo. Carmen es la que cada día me llamaba para saber si en Bilbao llovía, y aprovechaba para darme envidia del solazo de Sevilla, o a la que mandaba fotos de San Mamés cuando su equipo del alma visitaba la Catedral.

Y los dos, se vinieron hace tres días a Bilbao, desde Sevilla y Valencia, para conocer el Guggenheim, la Basílica de Begoña, San Juan de Gaztelugatxe y los mejores restaurantes de Bilbao. Cruzaron el país para conocer la tierra donde el azul el verde y el gris, son parte de nuestra vida, y sobre todo, vinieron para darme ese abrazo que solo los amigos saben dar, y que te arregla todos los males.

Gracias Carmen, gracias Enrique. Por cambiar vuestras vacaciones en algún lugar paradisíaco o una playa soleada por estos días conmigo. Gracias por quererme, apoyarme y abrazarme todos los días desde la distancia. Por estar pendientes de cada foto en quimio, de cada consulta y de cada #breathe en Instagram. Gracias, por ser los mejores amigos y personas que podía tener en mi vida. La vida te manda guerras que parecen imposibles de vencer, y el karma te pone a tu lado a los mejores guerreros para levantarte cuando no puedes más. Y vosotros sois de esos que jamás bajan la espada.

Os quiero.

 

Tercera quimioterapia

9 julio 2018

Y ya han vuelto a pasar 21 días. Es increíble la capacidad que tengo de desconectar esos días entre quimio y quimio, como si no pasase nada. A decir verdad, quitando el pañuelo, por lo demás, me encuentro igual. Más aburrida que nunca, pero bien: no he tenido náuseas como la primera vez, sigo sin hormigueos ni en manos ni en pies, mis uñas siguen en su sitio, no noto cansancio ni sofocos, y mis pestañas y cejas ahí siguen, al pie del cañón. Pero estos últimos días ha sido imposible ver la tele. Resulta que Terelu (Campos), después de seis años, vuelve a tener un cáncer de mama. En la otra. No, no es genético (o eso dicen), y no hace más que recordar lo estupenda que estaba antes de tener que tomar las pastillas estas de los cinco años que me darán luego. Pues bien, buen plan se me avecina: recaídas, cambio de cuerpo y obesidad. Una fiesta.

Así que nada, voy súper motivada a que Ana me saque sangre para las analíticas. Y claro, este es otro tema: el tratamiento contra el cáncer es como pasar las doce pruebas de Astérix. Si has sobrevivido los 21 días, toca analítica, eso supone que, si tus venas han aguantado, te podrán sacar sangre, sino, te tienen que poner un cacharrito bajo la piel para poder darte la quimio (reservorio). Vale, superados estos dos inconvenientes, pasamos al resultado de la analítica: como estés por debajo de 1500 en neutrófilos, pues no te dan la quimioterapia (yo les llamo leucotrófilos, que no existe, pero a mi Elena, Fernando, Ana y las chicas de rosa me entienden). Así que, como hora y media después, salen los resultados, me atrinchero en el mostrador de las auxiliares, para que Aurora me dé paso con Elena.

Calla, que está de vacaciones, hoy estás con Fernando.” Aurora, mi auxiliar de rosa, es la que manda. Pues ahí que vamos mi prima Vero y yo, a ver a Fernando. “Hola Virginia, ¿qué tal estás?” “Bien, mira, ¡tengo todas las uñas!” (lo mío con las uñas es un trauma, lo sé). Fernando se ríe, siempre se ríe conmigo, es un público muy agradecido. Y como Elena, es amable y positivo, y siempre me recuerda que estoy bien, que todo este (duro) proceso es PREVENTIVO para que viva muchos años, y pueda volver a ver a Lady Gaga en concierto. Fernando se parte. “Oye, pues muy bien, ¡tienes 3.200!” TOMA YA. Segunda quimio, y tengo mejores valores que la anterior. No entendemos nada. Será que mi ejército amazona de “leucotrófilos” están a tope para que no me bajen las defensas. “Así que hoy, tercera quimio. ¿Has decidido al final si la segunda parte serán semanales o cada 21 días?” “Semanales” (tras las 4 quimios cada 21 días, pasaré a otro tratamiento de quimio, menos agresivo, pero igual de chungo, que será semanal).

Y aquí es cuando hablando de todo y nada, se me ocurre mirar en internet cómo tiene el pelo una famosa política navarra que también pasó un cáncer. ERROR Y DE LOS GORDOS. Mi prima que no sabe la pobre ni cómo animarme, y yo, que encima, ya me vengo arriba, y le digo a Fernando que no quiero ponerme gorda, ni que me vuelva un cáncer, ni me pase nada como a Terelu. Yo creo que se estuvo mordiendo la lengua por no reírse, porque la estampa era curiosa: yo con unas analíticas de una persona sin quimio, protestando por no pasar lo mismo que Terelu. Pobre mujer, espero que esté bien. No os voy a contar lo que hablamos, quedará siempre entre él y yo, pero descarto desayunar porras con chocolate. Y me paso a Netflix, se acabó Telecinco.

Directa al sótano de Aztarain. Sí, queridos míos, la quimioterapia nos la dan en un sótano. A ver, no os imaginéis un sótano tipo las pelis de “Saw”, ahí con moho, una bombilla colgada del techo, y goteras. Es un espacio amplio, a un lado hay unos sillones con una máquina, para los que necesitan transfusiones, al otro, estamos los de quimioterapia, once sillones granates, separados por cortinas por si quieres un poquito de intimidad. Ahí me siento yo, en el 29 otra vez. Mi madre, Vero y Marga esperan en la sala, y cuando terminan de ponerme todo, y nombrarme tres veces para que confirme que soy yo, empieza la fiesta. Ahí entran las tres, de una en una, es lo máximo que se permite.

Y me da el bajón. Ale, a llorar. Así que las mando a todas a la sala de espera, pido a las enfermeras que cierren un poco la cortina, y que me dejen tranquila. Pero vienen cada dos minutos, solo a ver si estoy bien. Y entra Leixuri*, me da un beso, y se sienta conmigo. No dice nada, no hace falta. Solo me acaricia la pierna, y lloramos las dos. Hora y media. Esto es una amiga, y lo demás son gilipolleces. Hora y media se ha pasado sentada conmigo, mirando los medicamentos que me iban cambiando, y seguro que en su cabeza ha estado haciendo cálculos y cosas de nefróloga para cuidar mis riñoncitos. Si la vida me ha metido en este infierno, también me ha mandado a los mejores amigos para estar a mi lado y pegar manguerazos cuando ardo. Hora y media, que ha sido horrible, pero que, gracias a ella, a mi madre, a Vero y Marga, ha sido una nueva victoria.

Ya queda menos Vir, ya queda menos.

 

*Gracias infinitas Lei, gracias por haber cuidado de mi tia en su momento, y gracias por hacerlo todo este tiempo, y este día en especial. A veces, no necesito que una amiga me diga nada, solo que esté a mi lado, saber que estás ahí,  que no te has separado ni un minuto ha hecho que esta tercera quimio haya sido menos dura. 

Segunda quimioterapia

15 junio 2018.

Hoy tengo que ir al ambulatorio a que me saquen sangre. Resulta, que esto de que te den la quimioterapia, no es tan fácil, hay que ir pasando pruebas en plan gymkana, y una de ellas es llegar a los 1500 neutrofilos. Que si no llegas, es como el limite de altura en el Dragon khan: no pasas. Así que pasaré el finde disfrutando de la boda de Nerea (aquí), y no pensando si llego o no llego. Ya está hecho.

 

18 junio 2018.

Pues aquí estamos en la consulta, y Elena (mi oncóloga) está seria mirando el ordenador: “Tienes 1400. ¿Cuándo te han hecho la analítica?”. “Pues el viernes”. “Repetimos que, seguro que en estos tres días han subido” Y premioooooooo, si es que tengo la mejor oncóloga: me repiten la analítica, y estoy en 1800, eso quiere decir, que hasta me sobran 300. Bueno, no sobran, pero que me lo digo yo para animarme. Esto es como cuando sacabas un 6 en el colegio, no era para tirar cohetes, pero te conformabas.

Y repetimos el camino de hace 21 días: bajamos al sótano (sí, es un maldito sótano, algún día escribiré sobre esto), esperamos en la sala de espera, hasta que dicen mi nombre de nuevo por megafonía “Virginia, control 3 de enfermería”. Ale, adelante querida, una vez más, me he preparado para la función: pantalones de cuadro vichy, camiseta “Life is a catwalk”, labios rojos y esta vez, mi melenaza rubia no me acompaña, sino un maravilloso turbante comprado en una tienda online en Nueva York. Así de bilbaína soy yo: me compro los turbantes donde las expertas, las “niggas” del Bronx de NY. Ahí es nada. Eso sí, ahora en Aztarain, ya no soy Virginia, ahora soy La Cubana, y no por mi tez morena, sino por el pañuelo, que es de todo menos discreto en estampado y en volumen.

Hoy toca silla nueva, la 25. Con 25 fue cuando me diplomé en la universidad, una vez más, seguro que me trae suerte. A decir verdad, no hago más que unir números o datos en mi favor. Hoy tampoco vengo sola, mi madre espera en la sala, hasta que terminen de ponerme la vía. Y Marta, vuelve Marta. Capaz de escapar siempre por verme un ratito. Hay gente, que de verdad se merece un altar. Curiosamente, en esta segunda quimio, no estoy sensiblera, estoy fuerte, quizás ha sido el ver que en la primera no he tenido efectos secundarios heavys, (vaya quitando que se me ha caído el pelo), quizás es que mantengo pestañas y cejas, que he perdido el gusto y no las ganas de comer, y que está haciendo una buena primavera como para ponerme a andar y no estar quieta. Sea lo que sea, vamos por la segunda. Ya vamos por la mitad de esta primera tanda, cuando acaben las cuatro fuertes, vendrá la calma. Lo sé.

 

26 junio 2018.

Ya ha pasado la tormenta. He estado una semana floja, muy floja, me he venido la tristeza de golpe. Será que ya van pesando los químicos, será que en tres días es mi cumpleaños… será todo. Ya queda menos.

 

La chica del vestido rojo

26 junio 2018.

Érase una vez una chica normal, con una vida normal, con un Instagram normal. Érase una vez una chica, que quería seguir siendo normal, pero la vida le puso un reto llamado cáncer de mama.

La chica, se puso firme para luchar, y consiguió que su sonrisa fuese la mejor de sus armas para enfrentarse al día a día. Una tarde, recibió un precioso vestido rojo en su casa: un rojo intenso, que le daría fuerza para ir como testigo a la boda de una de sus mejores amigas. No pudo probárselo, ya que había estado en quimioterapia, y las fuerzas le fallaron, impidiéndole ir de tiendas. Pero era el vestido perfecto, su vestido.

Y quiso gritarlo a los cuatro vientos. O vaya, lo que viene siendo hoy en día a su Instagram. Y voló, la imagen de la chica del vestido rojo y la gran sonrisa voló por la red. Hasta llegar a las diseñadoras. Cruzó todo el país, siendo una imagen más entre las miles y miles imágenes de chicas con sus preciosos vestidos. Pero la foto de la chica del vestido rojo, no pasó desapercibida, y a pesar de ser una chica normal, con una vida normal, su sonrisa y ese vestidazo llamó la atención de la diseñadora.

Más de “166 mil” seguidores en Instagram, y ella, decide que la chica del vestido rojo, merece ser publicada. Lo que no sabe, es que, con ese gesto, ha cambiado el día a esa chica. Al otro lado del país, esa chica está en la cama, cansada, y acaba de recibir una notificación: “Cherubinaofficial te ha etiquetado en una publicación”.

¿Perdón? ¿¿A MI?? ¿¿Me han etiquetado a mi?? Si, a mi, yo soy la chica del vestido rojo, yo soy entre miles, la que ha llamado la atención. No saben que llevo peluca desde hace solo tres días, que no llevo ni tres meses desde que me operaron de un cáncer de mama, no saben que estoy en plena quimioterapia. No lo saben, y no han visto nada más que una chica feliz con su vestido rojo. Y yo, que estoy al otro lado, no hago más que llorar de alegría. Y mi móvil echa humo, mis amigos (seguidores ellos también de la firma) venga a mandarme pantallazos, yo explicando a mis tías, primas y madre que es eso “del instagrán”,y yo, yo, floto. Por ver que quien está al otro lado, no ve el cartel que yo creo que llevo en la frente y que pone “he tenido un cáncer”. Y esa publicación, ha sido el mejor regalo para este 26 de junio.

 

 

NOTA: No busquéis la imagen, he pedido a la firma que la retiren (www.cherubina.com). Quedará en un bonito recuerdo entre ellas y yo. Permitidme un poquito de privacidad en todo este tornado. Gracias.

El club de las rapadas

13 junio 2018

Sinead O’Connor en “Nothing compares to you”; Demi Moore, como la teniente O’Neil; Millie Bobby Brown o Eleven en “Stranger Things” (Netflix); o como dice Javi, mi querido Javi, como Natalie Portman en “V de vendetta”. Ahora soy como ellas. Todas se raparon el pelo en un momento de su vida, a pesar de ser por motivos de trabajo, supongo que pudieron elegir si hacer o no ese papel, que implicaba ese cambio radical de imagen.

Y yo me estoy hartando. Han pasado 16 días y 16 noches desde la primera quimio, tengo el pelo como estropajo, sin vida, apagado. Vivo en tensión, mirando por todas partes si se me cae algún pelo de más, me da pánico lavármelo por si me quedo con mechones en la mano, duermo como Cleopatra, tiesa y sin moverme para que por la mañana mi almohada no aparezca llena de pelos rubios. Esto es una agonía. De verdad. Si es que encima soy retrasada: si os enseño mis últimas búsquedas en google, aparecen cosas como “cuántos días tarda en caerse el pelo tras la quimioterapia” “cuándo cortarse el pelo después de la quimioterapia” “qué hacer para que no se caiga el pelo con la quimioterapia”. Ésta última es muy graciosa, salen un montón de remedios y potingues varios, que daría para otro artículo. Algunos casi piden hasta sangre de unicornio. De traca. Bueno, vamos aprendiendo lecciones de todo esto: NO MIRAR EN INTERNET. Una vez más, Virginia, a ver si ya vas espabilando, haz caso a tu cuerpo y a tu intuición.

Así lo he hecho: hace unas semanas fui con mi madre y con Lucia (www.specialthinkgs.com), la única que dejé que me tiñese maravillosamente de platino, y cumpliera mi sueño de ser Lady Gaga por unas semanas, a comprar una peluca. Y hoy, miércoles 13 de junio yo decido que me rapo la cabeza, que paso de que encima de pasar por un infierno, tenga que estará sentada en él. Sí, esto es un asco, pero bailaré sobre él, y en lo que pueda, yo pondré la música y decidiré.

Me acompaña Jon, y no deja de hacer tonterías, y no paramos de reírnos los dos con Idoia y Marisa (Peluquería Iñaki Iglesias, en Las Arenas, donde he comprado la peluca). Esto no va a ser un drama, pero les pido que no quiero verme, aún no estoy preparada. Así que no hay espejo frente a mi. Maquinilla en mano, Marisa empieza a raparme, mientras me habla de algo que no recuerdo. Jon a mi izquierda, sentado, no para de decir “qué guapa, qué guapa”. No sé si es por que le está impactando, o porque realmente lo piensa. Da igual. Él es el único que me ha visto con la cabeza rapada. Estamos los tres solos en un cuarto, nadie nos molesta. Me enseñan a darme una crema hidratante y a colocarme la peluca. Esto es importante, en tres días se casa mi amiga Nerea, sí, mi Nerea, y no solo quiero ir guapa a su boda, es que además soy su testigo, y ella se merece que esté a su lado entera. Y lo estoy. (Más de Nerea, aquí)

Entra Idoia, “pero, ¡qué guapa!”. Nos reímos los cuatro, y salgo, bien tiesa, que para eso tengo la altura que tengo, y para eso ensayé a ser Gisele en la primera quimio (aquí). Hoy es un día grande. Nos vamos Jon y yo de compras, y nada más entrar en Zara, no puedo evitar agarrarle del brazo, tengo la sensación de que todo el mundo me mira, que saben que llevo peluca. Hasta que veo un maniquí, sin peluca, sin nada, con la cabeza blanca y brillante. Gracias Amancio, no lo has hecho a posta, pero me siento incluida. Así que no se me ocurre mejor manera de enseñarle mi nuevo look a mis amigos, que haciéndome un selfiecon este maniquí calvo. Ahora sí que me miran todos, y con razón. Hay una loca en Zara haciéndose fotos con un maniquí.

(Gracias mamá, Lucía y Jon por haber estado a mi lado en un momento tan sensible para mi)

 

 

Primera quimioterapia: superada.

28 mayo 2018

Y llegó el día. Ya no me escapo con pruebas al IVI (pincha aquí), ni se aplaza por nada. Hoy tengo la primera quimioterapia, y tengo PÁNICO, verdadero PÁNICO, pero tengo a tantos amigos, a toda mi familia apoyándome y animándome, que en vez de venir a algo tan “drama” como es una sesión de quimioterapia, parece que voy a presentar un trabajo de fin de licenciatura, y todos vienen a aplaudir. Y vaya que si vienen: mis padres, mi prima Vero, Marga, Mai y Javi, Marta que se ha escapado un momento del curro…

Llevaba días pensando en cómo sería el día de hoy. Esperaba estar nerviosa, pero con todo lo que ha pasado este finde, casi ni he tenido tiempo de pensar en ello. Hasta esta mañana, cuando me estaba vistiendo: pantalón negro, mis zapatillas preferidas, una camiseta que pone “Stronger than ever”, labios pintados de rojo y mi melena rubia platino. Sí, después de aguantar años de negativas peluqueras que no me querían teñir “por si se me estropeaba el pelo” por fiiiiiiiiinnn Lucia me lo tiñó. Chica, si se va a caer, es momento de ser Lady Gaga aunque solo sea por darme el capricho.

Ay, que ya hemos llegado. Bajo al sótano, donde está el hospital de día y las butacas donde dan la quimio. Espero en la sala de espera, hasta que me llaman: “Virginia, pasa por control 3 de enfermería”. Parezco Paco Martínez Soria versión hospital y en rubio. “Hola, Soy Virginia, me habéis llamado” Miro de refilón a la gente, no quiero ver sus caras, por si están tristes, o preocupados. No quiero que se me note que yo sí que lo estoy, que estoy cagada, a pesar de ir tiesa como un palo, creyéndome que desfilo como Gisele Bündchen por el pasillo hasta la sala de quimio, o de llevar una sonrisa en rojo en la cara. “Elige la que quieras, y dime en qué brazo te puedo pinchar. Y tranquila, todo va a ir bien”. Vaya, no disimulo tan bien como creía.

29, esa es mi primera butaca. 29 es el día de mi cumpleaños, el de mi hermano y era el de mi abuela por parte de madre. 29 es mi numero. Me irá bien. Nati, la enfermera, viene, se presenta, y me explica un poco cómo va: “Mira, algunos son suero, que arrastran el medicamento, otros, como este rojo, es el medicamento. De hecho, este es el más fuerte. Cada vez que se acabe, la máquina pìta, no te preocupes, nosotros venimos y lo vamos cambiando. Y cada vez, te preguntaremos nombre y apellidos” Y el rojo, que me da fuerza, es en quimioterapia el que me va a quitar el pelo, el gusto al comer, o las ganas de seguir.

Se acerca con el carro, me pone la goma en el brazo, y ¡zas! Pinchazo. Respira, Vir, respira. Ya tengo la via puesta, ya empiezo a notar frio a través de mis venas. “¿Has venido acompañada?”Acompañada dice… tengo a la selección de futbol en versión amigos y familiares esperando. Vienen por turnos, a ver qué tal. Me estoy agobiando, tanto nervio, tanta pregunta y tanto misterio con algo tan desconocido… me he venido abajo, y me da la llorera. Ni libro ni ipad ni nada. Mi móvil no para quieto: tengo a media agenda pendiente del día de hoy. Y quiero recordarlo, quiero compartirlo con ellos. Me hago un selfie, y se lo mando a mi familia y amigos cercanos. Os juro que creo que va a explotar el Iphone. Me está dando la llorera otra vez: no paran de llegar mensajes de cariño, de apoyo, de fuerza. Es como si todos estuviesen aquí ahora conmigo. Todos. Hasta mi estrella de punto (mi estrella).

Se me ha pasado la mitad de la quimio intentando contestar a los whatsapp, pero con una mano está complicado. Aún soy rubia, y las cosas, las tengo que hacer de una en una, y con las dos manos a poder ser. Estoy empezando a notar un picor en la garganta y nariz, un olor a química, asqueroso. Aviso a Nati, que a ver si esto me está dando alergia y me tienen que anular todo. “Es normal Virginia, está ya empezando la medicación roja”. Nada, no cuela, que es normal, que me quedo.

“¡Seis minutos, y terminas!” Se me ha pasado volando. Yo cargando con libros, ipad con pelis y de todo, y gracias a mis amazonas y virkingos, no me ha dado tiempo a nada. Ale, a casa, que hay macarrones para comer y nos lleva Jon en coche.

Primera batalla: superada, nos vemos en 21 días.

Vir, 1- Quimio-0