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Segundo ingreso en Aztarain (oncología)

15 agosto 2018

Pues nada, aquí volvemos, a la suite presidencial de Aztarain, con preciosas vistas a los jardines del hospital de Basurto, al pabellón Revilla, y a las obras de la nueva estación de autobuses de Bilbao y a los pisos de súper lujo de San Mamés. Pulsera de todo incluido, doble puerta para evitar intrusos, baño incluido, y servicio 24h. Pena que no podéis ver mi cara de alegría y emoción máxima (ironía).

Acaban de llegar las enfermeras, y cada vez que entra alguien la misma sorpresa: “¡Uy, Virignia, ¿otra vez aquí?”Pues sí. Y volvemos a la encuesta de satisfacción del cliente: alergias, intolerancias, algo que destacar… Sí, os recuerdo que soy sonámbula, que no se me puede pinchar en el brazo derecho y que tengo muy inflamado el lado izquierdo de la boca de la maldita infección. Tras ellas, llega Ramón, el oncólogo de la segunda planta. Hoy lloro menos, estoy resignada, estoy triste, he perdido las fuerzas de seguir luchando. Me da todo igual.  Él me anima, me sonríe, y me dice que me ve mejor que la otra vez. Acuérdate de lo que te dijo, Vir, “la medicina no es solo de cuello para abajo”, y a mi ahora mismo lo que más me duele es el alma.

Les despacho a todos, quiero quedarme tranquila. Estoy cansada. Estoy agotada de todo. Me escribe Jon por whatsapp, está de tarde, así que hoy tampoco le veré. No puedo más. No puedo. Le digo que estoy fatal, estoy horrible, calva, triste. Con 34 años, y me siento como un trapo, así que le vuelvo a recordar lo que le dije en Vielha, cuando me dieron el diagnóstico: “No te quedes a mi lado por pena” Si en algún momento anterior tuvo dudas, ahora es el momento. Pero insiste en que me quiere, que quiere estar a mi lado, y pasar esto juntos. Y el año que viene lo celebraremos en la playa con un mojito. Le echo mucho de menos, ojalá pudiera tener un par de días libres y estar aquí conmigo. En septiembre celebraremos nuestro séptimo año juntos, cae en sábado, y no será como yo espero. No es justo.

Traen la merienda: un zumo, galletas y un café. La empresa que se encarga de la comida en el hospital me está jodiendo mi plan anti azúcares y anti procesados. Tiene narices. En fin. Las chicas (y chicos) de rosa y azul ya no saben ni qué hacerme para animarme. Entra una luz preciosa por la ventana de mi suite 211, me encanta fijarme en cómo el sol de agosto quema la hierba y los ladrillos del edificio de enfrente. Es curioso, hoy es festivo en Bilbao, me imagino a la gente riendo, disfrutando de la ciudad, del bullicio. Y aquí todo es calma, todo está quieto y estanco. Ni siquiera puedo sentir el aire, no se puede abrir la ventana. No se puede abrir ninguna de las dos puertas. Es más, solo se puede abrir una puerta, y cuando se cierre, abrir la segunda. No se puede salir sin mascarilla, ni se puede entrar sin ella. Han venido mis padres a traerme una revista, ya casi estoy terminando “Los gritos del pasado” de Camilla Läckberg, y por mucho que Ramón me insista, no pienso ver la peli esa de los aliens a los que se les caen las uñas. Ni de coña. Me cae muy bien mi médico, pero mejor lo dejo para otro momento. Ay las uñas. Hago repaso de todo mi cuerpo, estos tres días, se me ha olvidado por completo las pestañas, uñas, manos y pies. Así que me acerco al espejo del baño, mientras mis padres se quedan en la habitación. Cierro la puerta, y nada más mirarme me da la llorera. Estoy fatal. Las cejas y pestañas siguen en su sitio, las veinte uñas siguen igual, con buen color, no siento dolor en las extremidades, y no tengo marcas de las vías que me cogen para las analíticas y los antibióticos.

Se abre la puerta:

– “Virginia, te traemos la cena! Los de maxilofacial te han puesto dieta fría para que puedas comer mejor, y la inflamación baje”– Entran dos chicas de rosa, las auxiliares con la sonrisa más grande del universo.

Madre mía, soy como los guiris, cenando en agosto a las ocho y diez de la tarde. A ver qué es eso de la dieta fría: un huevito y medio cocido, cinco (contados) espárragos y cuatro lonchas de un fiambre tipo chopped (¿¿Se escribe así??). Y de postre mi petición especial: yogur natural sin azúcar. La última vez me trajeron un yogur de plátano, y casi infarto ahí mismo: ODIO EL PLÁTANO. ¿A quién se le ha ocurrido hacer yogures con sabor a plátano?? Ya tengo algo en lo que pensar esta noche. Termino “la cena” y les digo a mis padres que marchen para casa. Quiero estar tranquila, leyendo un rato. En mi libro, también es agosto, y una de las protagonistas tampoco puede salir mucho de casa. Ya somos dos.

Va entrando la noche, y todo sigue igual en esta habitación. Entra una enfermera, con las bolsas de los antibióticos para pincharme, y según la veo, me pongo a llorar, y me dan arcadas. Corriendo al baño. Vuelvo, y leo en su uniforme “Marta”.

– “Huele fatal a medicina, no quiero eso. Huele mal”- le suplico llorando.

“Virginia, esto está estanco, no huele a nada”-Marta se sienta en la cama, deja de lado los antibióticos, y se queda en silencio mientras me acerca un pañuelo de papel.

“No te los voy a poner hasta que no te tranquilices, y hasta que veas, que por el tratamiento, puede que tengas más sensible el olfato. No tengo prisa, de verdad.”

 La que has liado, querida Marta…

-“Es que estoy horrible, soy un asco, se supone que me dan todo esto preventivo, y cada vez estoy peor. No sé si esto compensa. Tengo a mis padres, mi hermano, primas, tía y tíos, y demás familia preocupados, mis amigos igual, mi novio que debería estar disfrutando después de casi dos años de baja él, y no con una novia que está hecha una mierda… y para colmo, la muela, y ahora vomito, y claro, no puedo más…”-Ya no puedo seguir de la llorera que me da.

Y Marta escucha. Le enseño fotos mías de antes, de cuando sonreía, de cuando me hacia fotos con mis amigos, de cuando Jon se hacía selfies conmigo, de cuando viajábamos. De cuando era yo. No puedo más. Estoy cansada.

 – “Esto pasará. Créeme, pasará. Ahora voy a ponerte el antibiótico, ¿vale? De verdad que no huele a nada, pero, de todos modos, me quedo aquí contigo”

– “¿Y los otros que están ingresados?”

– “Esta semana estáis muy poquitos ingresados, por suerte, y tu habitación es la última del pasillo. Están todos dormidos, no te preocupes por ellos, ¡hay más compañeras en el control!”

 Me pone la vía a la primera, me tumbo, y mientras recoge, me acerca el cacharro ese con un botón rojo para avisar al puesto de control.

-“Si necesitas algo esta noche, llama. Estaremos atentas. Descansa”

Y sabiendo que Marta y el resto del equipo cuidarán de mi esta noche, me quedo dormida con la luz de noche, el libro y el móvil encendido.

(Continuará)

 

Cae la tarde desde la habitación 211 de la segunda planta de Aztarain

 

Cuarta quimioterapia

30 julio 2018

Creo que el vestirme de negro hoy ha sido la anticipación de que el día sería oscuro. Tiene narices, que incluso estando de baja, incluso estando pasando por un tratamiento tan duro como una quimioterapia, incluso con todo esto, sigo siendo esa Virginia organizativa, que lidera cualquier batalla que se le presente. Y esta es de las gordas. Cuarta quimioterapia. Cuarta y última quimioterapia de esta primera fase. Ya tengo todo organizado: mi padre me va a bajar al hospital, allí, estaré con Marga, la madre de Jon, para que me acompañe a la consulta, y luego le he dicho a mi madre que venga con algo para comer. Seguro que hoy la consulta es un trámite sin más, y me podrán dar esta última quimioterapia.

Nada más llegar al pabellón de Aztarain (el de oncología del hospital de Basurto, en Bilbao), me espera Marga con su sonrisa. Y yo, no puedo evitar empezar a sentir ese agobio en el pecho: ojalá estuviera Jon aquí y no en Cádiz de vacaciones. Bueno, no pasa nada, al menos que uno de los dos desconecte de esta mierda. Ya voy con la inercia de siempre: Ana, la enfermera, me espera para la analítica, si no da mínimo 1500, no podrán darme la quimio. Así que como siempre, y a pesar mi carita de cansada, de preocupada y triste, todas las enfermeras y auxiliares me comen a besos y a palabras bonitas. Y Ana, que ya me conoce, coge la aguja rosa “la de los bebés” me distrae hablándome de cualquier cosa, mientras miro por la ventana, y ya está, terminado.

Hoy se me está haciendo pesado el día. Estoy especialmente nerviosa, quizás porque hoy, termina una etapa: los primeros tres meses de quimio, los más duros, los que se supone que, si pasas bien, el resto será coser y cantar. Los meses en los que tus fuerzas están bajo mínimos, el pelo se cae y el ánimo también.

Así que Vir, animo, dale, dale, dale. Ya han pasado casi dos horas, toca cita con Elena, la oncóloga, seguro que la analítica ha dado bien. Paso a la consulta con Marga, y mi sorpresa es que no me recibe Elena, ni tampoco Fernando. ¿Y ésta quién es? Otra oncóloga. Es lo que tiene julio y las vacaciones. Me siento frente a ella, y la pregunta de siempre: “¿Cómo te encuentras Virginia?”.Y aquí, me vengo arriba, me siento en el borde de la silla de la emoción, sonrío, y me sale la fuerza de donde no la tengo: “Pues la verdad que contenta, ya es la última quimio de estas asquerosas, no se me ha caído el pelo del todo, ni las cejas ni pestañas. Sigo pudiendo comer, y no noto cambio en el peso. La verdad que físicamente no estoy mal, la peor parte se la está llevando mi cabeza, vamos que no estoy bien de animo, a pesar de la ayuda de Marian, mi psicóloga”

 Y cuando creía que todo estaba bien, mi mundo se derrumbó: “La analítica ha dado 2100, está muy bien para empezar la cuarta quimio. Pero vamos, los tres meses siguientes, con la quimioterapia semanal, puede que pierdas sensibilidad en manos y pies, que incluso el hormigueo no te permita andar; puede que tengas más cansancio; estómago revuelto; que aún no te empiece a crecer el pelo; o que se te caigan las uñas”Creo que mi cara lo ha dicho todo. No he aguantado. ¿¿Pero no se suponía que la segunda fase era más llevadera?? ¿¿Qué mierda es esta?? ¿¿Las uñas, se caen las uñas además del pelo??

He bajado al sótano, donde está el hospital de día, a que me dieran la quimio, y en mi cabeza solo veía tristeza. Yo, que he entrado en esa consulta con toda la alegría del mundo, de repente, todo es una mierda: estoy horrible, calva, cansada. Lloro por todo, cada vez que no puedo saber si estoy comiendo algo salado o no, porque he perdido el gusto; cada vez que recibo una foto de Jon en la playa en Cádiz con sus amigos, de copas o cuando llega de fiesta a las siete de la mañana; cada vez que pienso que no he recorrido más que tres meses del tratamiento; cada vez que me acuerdo de mis amigos y mi familia, y de su preocupación; cada vez que pienso que ahora, perderé también las uñas. Mierda. Mierda, mierda y más mierda.

Estoy sentada en la silla, he conseguido malamente hacerme una foto (gracias mami), para mandar a ese grupo de amigos y familia que en cada quimio me mandan su fuerza. Y según la he mandado, me he venido abajo. Mi madre, que se suponía era el relevo de Marga y ella, se han quedado a mi lado. Estoy tan mal, tan triste, que creo que las enfermeras no han sido capaces de decirles a una de las dos que tenían que irse a la sala de espera, que solo me puede acompañar una persona.

Al final, las he mandado a las dos allí, he pedido que me cerrasen las cortinas, y me he tirado las casi dos horas llorando. Echo de menos a Jon. Ahora me arrepiento de que no esté. Ojalá estuviera aquí, ojalá se hubiera quedado conmigo. Bueno, esta es mi guerra, y soy yo quien debe estar al frente.

Sí, ha sido un día negro, tal y como mi intuición presagiaba al vestirme esta mañana. Pero a pesar de todo, aquí estoy, cuarta y última quimioterapia de la primera fase. Ya está Vir, ya está, ya has vencido una primera etapa, una batalla más para tachar.

Tú a Cádiz, y yo a quimio.

28 julio 2018

Cada día que me levanto, me da la sensación de que he estado soñando o más bien teniendo una pesadilla, y que al tocarme la cabeza, notaré mi pelazo; al mirar mi pecho derecho, no habrá cicatriz alguna; cuando me mire en el espejo, volveré a reconocerme. Pero eso no pasa. Y los días empiezan a pesar. Ya casi ha terminado julio, y parezco un vampiro esquivando el poco sol que hay en Bilbao, me pongo triste cada vez que entro en Instagram y veo las maravillosas vacaciones de mis amigos en la playa o en algún lugar fuera del País Vasco. Creo que estoy entrando en un bucle: vivo en el día de la marmota, todos los días igual, me limito a esperar que pasen los 21 días para ir a la siguiente quimioterapia, a contar los 30 días para ir al ambulatorio a que me den el Zoladex, y me da la sensación de que se me está yendo la cabeza. Y quedan meses por delante. Que no me pase nada…

Pero lo mismo que me pesa cada vez más este tratamiento, también noto que cada vez me encierro más. No quiero arrastrar a nadie, así que me voy sola a pasear (por la sombra) con mi turbante, las gafas de sol, untada en Nivea 50+ , e  “Imagine Dragons” en mis auriculares. Y así llevo desde mayo pegándome unos 8-9 kilómetros andando. El Guggenheim está aburrido de verme pasear. Es lo que hay, cuando tu verano tienes que pasarlo entre el hospital y tu ambulatorio.

Así que cuando mi chico me dijo que iba a irse a Cádiz una semana con sus amigos, no pude evitar pensar en lo que me esperaba a mi: más paseos por Bilbao, y la cuarta quimioterapia. Este año, ni sangría en la playa, ni postureo en la piscina, ni recuerdos bonitos con Jon. Y una vez más, no soy capaz de pedirle que se quede conmigo aquí, esta guerra es mía, bastante es ya que uno lo tenga que pasar, como para hacerle a tu pareja pasar por lo mismo, pudiendo disfrutar de las vacaciones. No puedo pedirle eso, si él no quiere quedarse. Así que esta mañana, a las seis, le he llevado al aeropuerto, apenas he dormido de los nervios, y eso que no soy yo la que se va. Nos hemos despedido rápido, sus amigos ya estaban allí, y se veía que tenían ganas de hablar de sus cosas. Mejor. Así no me derrumbo delante de ellos.

Pero lo he hecho. Nada más darme la vuelta, me he derrumbado. Menos mal que ninguno de ellos se ha dado cuenta. Mi vida se puso en pausa el 9 de marzo, pero no es justo que la vida de los que me rodean se pare también, no es justo para nadie, tampoco para mi chico.  Así que, aunque fui la primera en animarle a que se fuese a Cádiz de vacaciones, ahora me arrepiento de no tenerle aquí conmigo, de que esté a mi lado estos días, y sobre todo, que no esté en dos días, en mi cuarta quimioterapia. La más dura, la última de esta primera fase, y la que será un punto de inflexión, porque estoy segura de que, a partir de esa quimio, todo irá mejor. Y él no estará conmigo.

Esta guerra es mía, así que, tú a Cádiz, y yo a quimio.

Sevilla, Valencia y Bilbao

26 julio 2018

Hace tres días que Carmen y Enrique se han ido. Hace tres días que Sevilla y Valencia respectivamente han dejado aquí toda la fuerza. Y es que estos dos, estos dos monitos como nos llamamos cariñosamente, han cruzado medio país para verme, para abrazarme y para decirme que, durante esta tormenta, estarán a mi lado. Aunque Enrique me rompa el paraguas, da lo mismo, nos mojaremos juntos los tres.

Enrique empezó siendo mi compañero de trabajo, quien me enseñó junto a Pilar a despegar en mi oficina. Enrique es a quién llamaba cuando me desesperaba, cuando no encontraba algún dato, o al primero con quien hacia un Skype si había algo que celebrar en la ofi. Juntos hemos unido Barcelona-Bilbao cuando lo hemos necesitado para sacar el curro adelante y juntos nos hemos reído lo indecible vía Skype con grandes amigos y compañeros como Pilar, Bego o Carmen.D. Que el trabajo sea duro no quita para que acabes teniendo a los mejores amigos, y Enrique es uno de ellos.

Carmen C, vino después, pero debe tener la misma tara mental que Enrique y yo, y esta vez, tras la formación de Enrique, fui yo la que la ayudaba cuando se perdía como me perdía yo en mis primeros días en la oficina. O me llamaba por una duda, y acabábamos arreglando el mundo, poniéndonos al día de los modelitos de Zara, y haciendo nuestras rutas imaginarias de restaurantes por el mundo. Carmen es la que cada día me llamaba para saber si en Bilbao llovía, y aprovechaba para darme envidia del solazo de Sevilla, o a la que mandaba fotos de San Mamés cuando su equipo del alma visitaba la Catedral.

Y los dos, se vinieron hace tres días a Bilbao, desde Sevilla y Valencia, para conocer el Guggenheim, la Basílica de Begoña, San Juan de Gaztelugatxe y los mejores restaurantes de Bilbao. Cruzaron el país para conocer la tierra donde el azul el verde y el gris, son parte de nuestra vida, y sobre todo, vinieron para darme ese abrazo que solo los amigos saben dar, y que te arregla todos los males.

Gracias Carmen, gracias Enrique. Por cambiar vuestras vacaciones en algún lugar paradisíaco o una playa soleada por estos días conmigo. Gracias por quererme, apoyarme y abrazarme todos los días desde la distancia. Por estar pendientes de cada foto en quimio, de cada consulta y de cada #breathe en Instagram. Gracias, por ser los mejores amigos y personas que podía tener en mi vida. La vida te manda guerras que parecen imposibles de vencer, y el karma te pone a tu lado a los mejores guerreros para levantarte cuando no puedes más. Y vosotros sois de esos que jamás bajan la espada.

Os quiero.

 

Manzanilla

25 julio 2018

Con unos nueve años, estaba yo pasando el verano en el pueblo de mi abuela paterna, cuando me picó una abeja en el párpado del ojo. Tiré la bici en medio del camino, y salí corriendo a casa, a grito pelado, para susto de mi abuela Elvira. Ella, que tenia mil remedios para todo, para esto también lo tenía. Por algo teníamos panales. Pero resulta que, en verano, en esa casa estaba media familia, que incluía hermanos de mi abuela, cada uno con un remedio distinto para la picadura de la abeja: “Ponle hielo” “No, mejor vinagre” “Eso con una rodaja de tomate se baja” “Ponedle miel”Mi ojo parecía un plato combinado. Menos mal, que ella, puso orden, e hizo una infusión con manzanilla, y tras quitarme el aguijón, me puso un algodón con la infusión en el ojo. Como podéis comprobar, está complicado saber qué fue lo que hizo que la hinchazón bajara, quizás no fue nada de lo que me pusieron, quizás fue todo.

Y hoy, según estaba pagando una bolsa de flores de manzanilla, me he acordado de mi abuela Elvira y de mi tía Amparo, y os juro que en mi cabeza las he oído a las dos, pegando un grito por pagar por algo que recogíamos en el monte. Porque en mi pueblo, la manzanilla no se paga, te vas a la campa de al lado y coges la que quieras, y yo, siempre he sido una asquerosa para tomarme la infusión de manzanilla que me preparaba mi abuela, cuando, mi hermano y yo, muy de ciudad los dos, nos poníamos malísimos de beber agua de todas las fuentes del pueblo, o del mismo canal que pasaba cerca de nuestra casa. Menuda paciencia tenía la pobre mujer cada vez que nos veía haciendo aspavientos, tapándonos la nariz, y arcadas incluidas nada más oler la taza. Y que no nos hayan dado el Oscar a mi hermano y a mi por aquellas actuaciones…

Ay la manzanilla, la manzanilla. Ay abuela, alucinarías si me vieras tomarla ahora para que no me siente tan mal las quimioterapias; no te creerías cómo yo misma hago las infusiones sin montar ninguna escenita; seguro que ya sabrías que usado como colutorio, es maravilloso para las encías y el par de llagas que me han salido estas semanas; y sí, me he acordado de aquella abeja, y en frio, he mojado dos algodones, y me ha calmado los ojos, los cuales tengo especialmente sensibles, por la quimioterapia también. Bendita manzanilla, benditos consejos y tradiciones. Ojalá estuvieras aquí, ojalá no te hubieras ido tan pronto. Ojalá estuviera también Amparito. Estoy segura que las dos estarías contentísimas de ver que voy ganando batallas, que sigo siendo la creativa de la familia, la guindilla que no para quieta, la nieta hiperactiva sin miedo a nada. Si sobreviví lanzándome en triciclo por las cuestas más empinadas de Bilbao, contigo abuela, corriendo detrás y gritando, esto no me va a matar. No me da la gana.

Por ti, abuela Elvira.

 

Un martes de boda

24 julio 2018.

Y aquí estamos, en Basurto, mi segunda casa. Hoy toca poner una inyección, revisiones varias, y paseos por el hospital. Lo bueno de tener amigos en el gremio de la sanidad, es que siempre que vengo alguno le pillo en el descanso y se acercan a tomar un café conmigo. Salgo de Aztarain, el pabellón de oncología, y me acerco a la cafetería. Como he llegado pronto, espero fuera: hace sol, me he plantado uno de mis turbantes, y parezco Celia Cruz en uno de sus conciertos. Bien de volumen con el pañuelo, bien de gafas de sol, y bien de labios pintados de rojo. Antes calva que sencilla. Y aquí estoy, mirando al infinito mientras espero a Laura, cuando se me acerca una señora, sobre los 80, con bastón, y me pregunta:

– “Disculpa, ¿te puedo hacer una pregunta?”

– “Si, claro, por supuesto, dígame”

– “¿Ese tocado te lo has hecho tu, o venía así? ¡Es precioso, estás guapísima!”

– “¡Ay, muchísimas gracias! No, no viene así, es una tela y yo le doy esta forma, ¡nunca me sale igual! La verdad que ojalá no tuviera que llevarlo…”(yo y mi manía de contar a todo Perry que la ausencia de pelo es por la quimioterapia)

– “Pues hija, estás preciosa, y de verdad, nadie diría que estás aquí como paciente, eres joven, ¡ya verás que todo pasa!”

 Y me he quedado sin palabras. Y me ha dado la llorera, de emoción. Y mientras la mujer, a su pasito lento pero firme, se iba alejando, unos pocos pasos detrás, aparece, el que supongo, es su marido:

– “Pues a mi también me gusta mucho! ¡Yo diría que estás como para ir de boda!

– “jajajajajajaja, ¿un martes?”

– “Hija, qué más da. Estás muy muy guapa”

– “Gracias, no sabe lo muchísimo que se lo agradezco, de verdad.”

 Y ooooootra vez la llorera. Tengo machacados a mis amigos y familia con lo de “no estoy guapa, no me veo, no soy yo”. Y estas cosas, emocionan. Y mucho. Como ayer, cuando me fui a tomar algo a un bar de Txurdinaga, y el camarero (rapado al cero), me dijo que estaba muy guapa. Y ooooooooooootra vez, le dije “el turbante no es por gusto”. A lo que él, respondió: “Me imagino, pero me sigue pareciendo que estás muy guapa. ¡Y lo tuyo al menos es reversible!” Y lo dijo, mientras se tocaba la cabeza. Ataque de risa incluido. Me toca, me emociona, me llega al alma, ver como desconocidos, pueden intuir que no estás en tu mejor momento, y son capaces de dedicarte una sonrisa, un piropo, un guiño.

Así que, desde aquí, si veis una chica con turbante o pañuelo, si veis a alguien con una escayola, o una venda, no os cortéis, regaladle una sonrisa, una palabra de ánimo. No os imagináis lo que podéis llegar a cambiar el día de esa persona.

La guerra

“Esto no va de ganar, esto va de no rendirse nunca” Lady Gaga.

Hay palabras que significan dolor, palabras que da igual que las pintemos de rosa, siguen siendo dolorosas. Una de ellas es “cáncer”, y eso que para mi, es la palabra que define mi signo, y que siempre me ha encantado. Y me encanta.

Cada persona cuando tiene un diagnóstico heavy, como el mío, reacciona de un modo muy personal: hay quienes se quedan en silencio, y se dejan llevar, otros suavizan la situación y aceptando el tratamiento de su “enfermedad” sin importarles que se les llame así, y luego estamos los que nos venimos arriba, nos creemos una amazona o un guerrero de verdad, nos plantamos una armadura invisible, y decidimos ir a la guerra a luchar, y encima odiamos que nos llamen enfermos.

Y usamos palabras como esa, guerra, lucha, batallas… todo un arsenal lingüístico bélico, que muchos no entienden. Pero para mi, lo es todo. Es actitud, es ponerse en pie delante de un monstruo enorme de mil cabezas aún sabiendo que eres diminuta, es decirme a mi misma todos los días “tu puedes, Vir”, es alegrarme por cada pequeña victoria, por cada avance, por cada día que pasa estando bien.

La guerra, no es contra el cáncer. Entiendo que hay personas que no están de acuerdo conmigo, que piensan que los que hemos pasado un cáncer no debemos usar este lenguaje, por aquellos que se quedan en el camino. (Spoiler: nadie vive eternamente, es decir, morir no significa perder la guerra. Al final, todos la perderemos) Pero es que la guerra, insisto, no es contra el cáncer. Esa parte, se la dejo a Elena, Ramón, Fernando, Ane…  a todos los médicos e investigadores. Mi guerra es contra mi cabeza, contra esos fantasmas y miedos que se te sientan al lado y no se te despegan desde que te dicen el diagnóstico. Es luchar contra los efectos secundarios, y aceptarlos según van viniendo, es aprender a no anticiparse, a esperar activamente, a no compararse con otros pacientes, a no mirar en internet, es alegrarse cada vez que pasa una quimio, una prueba o una sesión de radioterapia. Y esos hitos, son para mi, batallas. Batallas que gano, batallas que me refuerzan como paciente, como persona y como mujer.

Así que sí, yo, estoy en guerra, voy ganando batallas, y seguiré luchando. Y no, no soy una enferma, ni me he sentido así, ni me gusta que nadie hable de mi así. Por suerte, mis médicos, han sido siempre claros conmigo, y lo mismo que me han contado sin pelos en la lengua qué podía ir pasando con el tratamiento, también me han dejado claro, que, en mi caso, todo el tratamiento es preventivo. Por que tengo 34 años, y pienso seguir dando la lata muchos años más, y para ello, tengo que pasar por esto.

Bienvenidos a mi guerra.

Del Club Metropolitan al club «oncología»

Creo que una de las cosas que más me costó asimilar cuando tuve el diagnóstico, es que ya nada volvería a ser igual. Somos humanos (incluso yo, aunque a veces me creo que tengo superpoderes), y el cambio no nos mola, nos cuesta. Sí, a ti también, no niegues con la cabeza mientras lees esto. Nos cuesta. Somos animales de costumbres, y cualquier cambio en nuestra vida, nos descoloca.

Piensa en dónde te sientas en el sofá de tu casa, o dónde tomas el café en la pausa del trabajo, o si te duchas por la mañana, y ese día no hay agua, piensa en ese cabreo que te llevas. Solo porque ha cambiado tu rutina.

Yo tenia mi rutina y mis manías: ir al trabajo en el autobús de menos cuarto, sentarme al fondo, escuchar las mismas conversaciones a gritos de cuatro señoras que iban a trabajar, cruzar los dos mismos semáforos, poner la radio en la oficina, comer en casa, volver a la ofi, e ir al gimnasio. A body pump, a TRX, a radikal o a nadar. Hasta que te dicen: “tienes que coger la baja, hay que operar, y dar el tratamiento”.

Entonces es cuando preguntas: “¿Y cuánto tiempo?”. “No se sabe, Virginia”. Volvemos a las incertidumbres, a los miedos. Pues nada, vas al gimnasio al que llevas casi cuatro años apuntada, y les dices que quieres darte de baja, que será un paréntesis, que nadie más que tú quiere volver a esa rutina. Papeleo, más papeleo, y entre medias, te dicen: “Si es por motivos médicos, tráenos el parte de baja. Ahora mismo estamos con lista de espera, así que puedes desapuntarte, pagando 14€ al mes, para que tengas plaza”.

Y yo, con mi bloqueo mental, intentando asimilar que tengo un tumor, que me tienen que operar, que estaré de baja sin fecha concreta de vuelta, que no puedo ir al gim, ni siquiera llevar pesos de más de tres kilos en mi brazo derecho; digo que sí a todo. Firmo sin ver, y me abro en canal, dando mi parte de baja con mi diagnóstico, a unos desconocidos. Bueno, si me lo han pedido, entiendo que Metropolitan Club cuidará mi secreto, y que tal y como reza su web, tienen una gran concienciación, e incluso un apartado de RSC.

Por lo pronto, cambio de hábitos: no voy al gim, pero he decidido no quedarme quieta. Ya me lo dijo Begoña, “Anda, muévete, sal de casa, Vir. No te encierres, tu fuerza hará que la quimio sea más llevadera.” Así lo haré.

Nos veremos enseguida, querido gimnasio. Espero que me recordéis y me esperéis con los brazos abiertos.

El club de las rapadas

13 junio 2018

Sinead O’Connor en “Nothing compares to you”; Demi Moore, como la teniente O’Neil; Millie Bobby Brown o Eleven en “Stranger Things” (Netflix); o como dice Javi, mi querido Javi, como Natalie Portman en “V de vendetta”. Ahora soy como ellas. Todas se raparon el pelo en un momento de su vida, a pesar de ser por motivos de trabajo, supongo que pudieron elegir si hacer o no ese papel, que implicaba ese cambio radical de imagen.

Y yo me estoy hartando. Han pasado 16 días y 16 noches desde la primera quimio, tengo el pelo como estropajo, sin vida, apagado. Vivo en tensión, mirando por todas partes si se me cae algún pelo de más, me da pánico lavármelo por si me quedo con mechones en la mano, duermo como Cleopatra, tiesa y sin moverme para que por la mañana mi almohada no aparezca llena de pelos rubios. Esto es una agonía. De verdad. Si es que encima soy retrasada: si os enseño mis últimas búsquedas en google, aparecen cosas como “cuántos días tarda en caerse el pelo tras la quimioterapia” “cuándo cortarse el pelo después de la quimioterapia” “qué hacer para que no se caiga el pelo con la quimioterapia”. Ésta última es muy graciosa, salen un montón de remedios y potingues varios, que daría para otro artículo. Algunos casi piden hasta sangre de unicornio. De traca. Bueno, vamos aprendiendo lecciones de todo esto: NO MIRAR EN INTERNET. Una vez más, Virginia, a ver si ya vas espabilando, haz caso a tu cuerpo y a tu intuición.

Así lo he hecho: hace unas semanas fui con mi madre y con Lucia (www.specialthinkgs.com), la única que dejé que me tiñese maravillosamente de platino, y cumpliera mi sueño de ser Lady Gaga por unas semanas, a comprar una peluca. Y hoy, miércoles 13 de junio yo decido que me rapo la cabeza, que paso de que encima de pasar por un infierno, tenga que estará sentada en él. Sí, esto es un asco, pero bailaré sobre él, y en lo que pueda, yo pondré la música y decidiré.

Me acompaña Jon, y no deja de hacer tonterías, y no paramos de reírnos los dos con Idoia y Marisa (Peluquería Iñaki Iglesias, en Las Arenas, donde he comprado la peluca). Esto no va a ser un drama, pero les pido que no quiero verme, aún no estoy preparada. Así que no hay espejo frente a mi. Maquinilla en mano, Marisa empieza a raparme, mientras me habla de algo que no recuerdo. Jon a mi izquierda, sentado, no para de decir “qué guapa, qué guapa”. No sé si es por que le está impactando, o porque realmente lo piensa. Da igual. Él es el único que me ha visto con la cabeza rapada. Estamos los tres solos en un cuarto, nadie nos molesta. Me enseñan a darme una crema hidratante y a colocarme la peluca. Esto es importante, en tres días se casa mi amiga Nerea, sí, mi Nerea, y no solo quiero ir guapa a su boda, es que además soy su testigo, y ella se merece que esté a su lado entera. Y lo estoy. (Más de Nerea, aquí)

Entra Idoia, “pero, ¡qué guapa!”. Nos reímos los cuatro, y salgo, bien tiesa, que para eso tengo la altura que tengo, y para eso ensayé a ser Gisele en la primera quimio (aquí). Hoy es un día grande. Nos vamos Jon y yo de compras, y nada más entrar en Zara, no puedo evitar agarrarle del brazo, tengo la sensación de que todo el mundo me mira, que saben que llevo peluca. Hasta que veo un maniquí, sin peluca, sin nada, con la cabeza blanca y brillante. Gracias Amancio, no lo has hecho a posta, pero me siento incluida. Así que no se me ocurre mejor manera de enseñarle mi nuevo look a mis amigos, que haciéndome un selfiecon este maniquí calvo. Ahora sí que me miran todos, y con razón. Hay una loca en Zara haciéndose fotos con un maniquí.

(Gracias mamá, Lucía y Jon por haber estado a mi lado en un momento tan sensible para mi)

 

 

Siete noches

4 junio 2018

Y siete días que llevo con la misma rutina: me despierto, miro la almohada, cuento pelos. Ni uno. Me paso la mano por el pelo, a ver si hay algún cambio. Nada. Me siento en la cama, y apoyo los pies despacito en el suelo, por si noto el hormigueo ese que dicen en pies y manos. Nada. Respiro.

Una vez comprobados que no han aparecido aún esos efectos secundarios, sigo: temperatura. El termómetro pita, y sale en la pantalla: “LO”. ¿¿Y esto?? . Vuelvo a ponerlo, mientras, miro en internet, que es el “LO”: es que no llegas ni a 35 grados. Segundo intento, 35,7 grados: “MAMAAAAAAAAAAAAAAAAA, ESTO ESTÁ BIEN??” No hay nada como llamar a tu madre, que para eso es enfermera. “Pues no hija, ponlo bien anda”. Tercera vez. Pues ya puedo ir aprendiendo, que me quedan unos cuantos meses por delante. El caso es que ahora no tengo claro si lo he estado mirando bien esta semana. Soy un caso. Nada, que no tengo fiebre.

Y mi día sigue comprobando que mi piel no está reseca, que sigo teniendo pestañas, cejas y todos los pelos del cuerpo que me quedaban tras no-sé-cuántas sesiones de láser en las piernas. Todo en orden.

Esto me pasa por preguntar, por querer saber todo antes de tiempo. Por empeñarme en que Elena y Fernando, mis oncólogos, me respondiesen a todo; por mirar en internet y empezar a ponerme blanca con el listado interminable de efectos secundarios. (nota: NUNCA NUNCA NUNCA miréis en internet estas cosas, ya he aprendido la lección)

Pero de repente, me viene mi bipolaridad, como buena cáncer (de signo) que soy, y me digo a mi misma: “Pues no me da la gana”. Y me salen las amazonas interiores, me las imagino todas a caballo, cubriendo mi cuerpo con sus escudos, minimizando los efectos secundarios. Y me vengo arriba, y me da por cocinar, y por salir a andar. Hasta que se pone el sol, en esta primavera en Bilbao, y vuelvo a casa, me meto en la cama, me concentro en la respiración, y pienso, que he pasado un día más. Un día menos en el infierno. A veces el limbo es el peor de los infiernos: el sitio en el que todo es duda y no hay nada seguro.