Virginia y los doce
4 de julio 2018
El viernes fue mi cumpleaños, un cumpleaños, cuanto menos, raro. Normalmente, me encanta celebrarlos, me suelo encargar de que nadie a quien quiero pase su cumpleaños sin una tarta, unas velas, o unos mojitos. He llegado a organizar fiestas para muchísimos amigos, incluso una fiesta sorpresa hace años, en una antigua discoteca de Bilbao. Y me encanta esa cara de sorpresa, esa emoción, esa adrenalina por que todo esté perfecto.
Pero este año, sinceramente, no me apetece mucho celebrar nada, ni soplar velas, ni salir por ahí. Y aún así, mis amazonas y virkingos, aun con horarios imposibles, han organizado una cena un martes. ¡un martes! El mejor martes de lo que llevamos de año. Estoy usando poco la peluca, pero hoy, me la pondré: quiero tener una foto de recuerdo con ellos, y sé que no me voy a atrever a salir en ella con turbante. A decir verdad, no quiero que me vea nadie conocido con turbante, y que pregunten más de lo que yo quiero contar.
Llego la última, y ahí están ellos: tengo grabada en la retina esa imagen, todos sentados alrededor de tres mesas que habían juntado en “La Mula de Moscú” (el mejor local de copas de Bilbao, por cierto), todos riendo, a carcajadas, felices. Y yo, feliz por ellos. Pero me siento fuera. No por ellos, ni muchísimo menos. Sino por la situación: de baja laboral, apenas tres semanas con la cabeza rapada, empezando a hacerme a esto de llevar peluca o turbante, sensible con todo, sin hacer deporte, sin hacer planes más allá de la siguiente quimio. Mi vida se mide ahora mismo en 21 días, los días que tengo “libre” entre quimio y quimio. Y los miro a todos. Y sonrío, me emociono, entre abrazos, besos y “estás preciosa”. Es increíble la fuerza que dan los amigos cuando tú estás sin ella. Y encima me duele una muela del juicio que ni sale ni se está quieta, así desde los 18.
Pues nada, brindamos por los 34, yo con un cocktail sin alcohol, brindamos por vivir, por estar juntos, por la nueva incorporación que vendrá en un mes y medio, y que para mi, es la prueba de la fuerza y de la valentía de su madre. Debe estar bueno lo que bebo, pero no lo sé, porque, aunque no tengo ese famoso “sabor metálico” en mi paladar, no aprecio los sabores, he perdido el gusto. Espero que sea temporal, con lo que me gusta a mi comer, ¡que soy de Bilbao! Y brindamos, y cenamos pizza, y convertimos un martes tonto de julio, a cinco días de la tercera quimio, en un día mágico. Bueno, ellos lo han hecho posible, con una cena en la que no ha habido sitio para el cáncer, la quimioterapia, mi cabeza rapada o mis análisis. Esta noche, soy Vir, sin más, soy una treintañera cenando con sus amigos, somos Virginia y los doce. ¡Hasta Mirentxu y Dani han podido venir!
Todo cumpleaños que se precie, viene con velas, y el mío, no podía ser menos, soplar los 34, para que los 35 sean todo lo contrario, soplar para que el próximo 29 de junio, todos ellos quieran repetir y estar a mi lado, ese ha sido mi deseo al soplar las velas.
Por cierto, aunque use turbantes, no os imagináis lo muchísimo que he agradecido que no me regalen por mi cumpleaños turbantes o pañuelos para la cabeza. Por DioR, si tenéis una amiga amazona, no le recordéis este infierno con regalos así por su cumpleaños. Regálale algo que te recuerde a ella, lo que sea, pero no algo que le recuerde el cáncer que ha pasado o que está pasando. A mi, mis amazonas y virkingos me regalaron una preciosa cartera y un anillo que me ha acompañado en mi tratamiento.
Queridos míos, que sé que leéis esto, estáis invitados a mi 35 cumpleaños. Si hace falta, lo juntaremos con el de Mai, Naia, Esti y Laia. Pero prometedme que lo celebraremos. Se ruega confirmación 😉











