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Virginia y los doce

4 de julio 2018

El viernes fue mi cumpleaños, un cumpleaños, cuanto menos, raro. Normalmente, me encanta celebrarlos, me suelo encargar de que nadie a quien quiero pase su cumpleaños sin una tarta, unas velas, o unos mojitos. He llegado a organizar fiestas para muchísimos amigos, incluso una fiesta sorpresa hace años, en una antigua discoteca de Bilbao. Y me encanta esa cara de sorpresa, esa emoción, esa adrenalina por que todo esté perfecto.

Pero este año, sinceramente, no me apetece mucho celebrar nada, ni soplar velas, ni salir por ahí.  Y aún así, mis amazonas y virkingos, aun con horarios imposibles, han organizado una cena un martes. ¡un martes! El mejor martes de lo que llevamos de año. Estoy usando poco la peluca, pero hoy, me la pondré: quiero tener una foto de recuerdo con ellos, y sé que no me voy a atrever a salir en ella con turbante. A decir verdad, no quiero que me vea nadie conocido con turbante, y que pregunten más de lo que yo quiero contar.

Llego la última, y ahí están ellos: tengo grabada en la retina esa imagen, todos sentados alrededor de tres mesas que habían juntado en “La Mula de Moscú” (el mejor local de copas de Bilbao, por cierto), todos riendo, a carcajadas, felices. Y yo, feliz por ellos. Pero me siento fuera. No por ellos, ni muchísimo menos. Sino por la situación: de baja laboral, apenas tres semanas con la cabeza rapada, empezando a hacerme a esto de llevar peluca o turbante, sensible con todo, sin hacer deporte, sin hacer planes más allá de la siguiente quimio. Mi vida se mide ahora mismo en 21 días, los días que tengo “libre” entre quimio y quimio. Y los miro a todos. Y sonrío, me emociono, entre abrazos, besos y “estás preciosa”. Es increíble la fuerza que dan los amigos cuando tú estás sin ella. Y encima me duele una muela del juicio que ni sale ni se está quieta, así desde los 18.

Pues nada, brindamos por los 34, yo con un cocktail sin alcohol, brindamos por vivir, por estar juntos, por la nueva incorporación que vendrá en un mes y medio, y que para mi, es la prueba de la fuerza y de la valentía de su madre. Debe estar bueno lo que bebo, pero no lo sé, porque, aunque no tengo ese famoso “sabor metálico” en mi paladar, no aprecio los sabores, he perdido el gusto. Espero que sea temporal, con lo que me gusta a mi comer, ¡que soy de Bilbao! Y brindamos, y cenamos pizza, y convertimos un martes tonto de julio, a cinco días de la tercera quimio, en un día mágico. Bueno, ellos lo han hecho posible, con una cena en la que no ha habido sitio para el cáncer, la quimioterapia, mi cabeza rapada o mis análisis. Esta noche, soy Vir, sin más, soy una treintañera cenando con sus amigos, somos Virginia y los doce. ¡Hasta Mirentxu y Dani han podido venir!

Todo cumpleaños que se precie, viene con velas, y el mío, no podía ser menos, soplar los 34, para que los 35 sean todo lo contrario, soplar para que el próximo 29 de junio, todos ellos quieran repetir y estar a mi lado, ese ha sido mi deseo al soplar las velas.

Por cierto, aunque use turbantes, no os imagináis lo muchísimo que he agradecido que no me regalen por mi cumpleaños turbantes o pañuelos para la cabeza. Por DioR, si tenéis una amiga amazona, no le recordéis este infierno con regalos así por su cumpleaños. Regálale algo que te recuerde a ella, lo que sea, pero no algo que le recuerde el cáncer que ha pasado o que está pasando. A mi, mis amazonas y virkingos me regalaron una preciosa cartera y un anillo que me ha acompañado en mi tratamiento.

Queridos míos, que sé que leéis esto, estáis invitados a mi 35 cumpleaños. Si hace falta, lo juntaremos con el de Mai, Naia, Esti y Laia. Pero prometedme que lo celebraremos. Se ruega confirmación 😉

 

 

 

 

 

 

A cuidarse tras el cáncer de mama

Soy presumida, de siempre. A mi manera, con mis cuatro nociones básicas, pero lo soy. Me gusta cuidarme, verme bien, y una de las cosas que me preocupaba tras el diagnóstico era cómo me vería. El cambio en el pelo, era evidente. Creo que es el cambio más radical, pero no es el único. La piel, sufre. Así que como no sé estar quieta, y me cuesta ser una paciente pasiva, le pregunté a Elena (mi oncóloga) qué podía hacer: “Cuidarte”. Dicho y hecho. Así que decidí que si estaba de baja, y encima la quimio se llevaría mi primavera-verano-otoño 2018, al menos, haría lo imposible por verme bien.

Todos estos productos que os recomiendo a continuación los he probado en mí misma, y anteriormente, han sido “aprobados” por Elena y por Nieves, mi enfermera. Por DioR, preguntad a vuestros médicos/enfermeras antes, esto es una guía, no es palabra divina, es decir, lo que a mi me ha venido bien, no a todas os servirá, y viceversa. Pero si os sirve, me alegraré infinito. Ah, y otro detalle: cuidarse con un tratamiento contra el cáncer de mama, no es barato, por si me lee alguna farmacéutica (¡holi!), estaría bien no forrarse a costa de esto.  Con cariño ¿eh?

 

Antes de la quimioterapia: quise preparar mi piel para la guerra, soy de piel mixta tirando a seca, así que previsiblemente, se iba a secar más aún. Para evitarlo, ¡hidratación! Y además de los dos litros de agua:

-“Eucerin loción piel sensible” (https://www.eucerin.es/productos/piel-sensible/ph5-lotion-400ml)

-“Aceite puro de almendras”, mirad que sea “primera presión en frio”, si no, es como si no hacemos nada. (https://www.cosnatura.com/aceites-base/2291-aceite-de-almendras-dulces-bio-biofloral.html)

-“Gel de ducha de Coslys”, que lo compré en Clementine (Bilbao). Evidentemente, es el que uso, no solo antes del tratamiento, sino en todo el proceso. (https://beclementine.es/producto/gel-de-ducha-universal-1l/)

-Champú “Unique Mild”, de Clementine también. Que esto es gracioso, comprarse algo para ese pelo que ya no tienes, pero evidentemente, el cuero cabelludo sufre mucho, al menos, a mi me da pánico que se me reseque o algo así que cuando me ducho, me doy masajes en mi cabecita. (https://beclementine.es/producto/champu-suave-250ml/)

-Desodorante sin aroma, que soy así de rara, “Schmidt’s” (https://beclementine.es/producto/desodorante-en-barra-piel-sensible-schmidts-92g/)

 

Para la cicatriz del pecho (no tengo mastectomía, tengo una cicatriz preciosa que me dejó mi amiga Marta junto con Julio, quienes me operaron)

-“Aceite puro de rosa mosqueta”. Por recomendación de mi querida Mai, usé este de Repavar (http://repavar.com/es/repavar-regeneradora/aceite-puro-de-rosa-mosqueta-advance)

-“Cicaplast baume B5” de La Roche-Posay (https://www.laroche-posay.es/productos-tratamientos/Cicaplast/CICAPLAST-BAUME-B5-p6094.aspx)

 

Durante la quimioterapia:

-Mismo champú, desodorante y gel, y crema hidratante, pero ya no el aceite de almendras.

-Con las últimas quimios, como me dijeron que se me podían caer las uñas, entré en modo pánico (y eso que Ramón, mi oncólogo-prologuista del blog me tranquilizó), y me dio por darme aceite de árbol de té en las uñas. Igual ha sido todo psicológico, pero chica, a mi no se me han caído, y esto suena a “chamanismo” pero oye, al menos me ayudó a no pensar en mis uñas.

-Crema hidratante para la cabeza, “Bálsamo reparador. Maria D’uol” (https://www.mariaduol.com/producto/balsamo-reparador-oncology/)

-Monika, mi querida valiente a quien nos unió esta bonita cicatriz, seguro que se rie con esto: THROMBOCID. Y nos reímos, porque acabamos odiando el olor de esta crema: eso si, yo súper formal, tal y como me dijeron las enfermeras, cada vez que tengo una analítica, o una quimio, Thrombocid al canto. Y en cantidades industriales.

 

Durante la radioterapia:

-Mismo champú, gel, desodorante e hidratante, excepto en la zona que me radian.

-En la zona radiada, durante el tratamiento: “Sativa soft” (https://cosmeclinik.com/es/oncologia-radioterapica/sativa-soft-19)

-Después, “Ureadin Rx Rd” de Isdin (https://www.isdin.com/producto/ureadin/rx-rd-locion-hidratante)

 

Bonus track: Aunque vivo en Bilbao, y el sol aparece entre poco y nada, sí que me preocupa el que me salgan manchas mientras estoy con el tratamiento. Bueno, a decir verdad siempre me he rallado con el tema manchas, no es cosa del cáncer. Así que si antes me daba protección solar, desde marzo 2018 no me despego del bote de factor 50+. Uso Nivea y La Roche-Posay, pero vamos, aquí, seguro que tenéis vuestra preferida. Y ya, como no me puede dar el sol, y me veo como la hermana calva de Casper, me he comprado un autobronceador que solo uso en las piernas, también de Clementine: “Aceite autobronceador” de Tan Organic (https://beclementine.es/producto/aceite-autobronceador-100ml/)

 

Como veis, mi baño se ha convertido en la sección de belleza de El Corte Inglés, y ahora tardo más en prepararme que antes. Y eso que antes me secaba y planchaba el pelo. Todo sea por intentar cuidarme un poquito

 

 

La guerra

“Esto no va de ganar, esto va de no rendirse nunca” Lady Gaga.

Hay palabras que significan dolor, palabras que da igual que las pintemos de rosa, siguen siendo dolorosas. Una de ellas es “cáncer”, y eso que para mi, es la palabra que define mi signo, y que siempre me ha encantado. Y me encanta.

Cada persona cuando tiene un diagnóstico heavy, como el mío, reacciona de un modo muy personal: hay quienes se quedan en silencio, y se dejan llevar, otros suavizan la situación y aceptando el tratamiento de su “enfermedad” sin importarles que se les llame así, y luego estamos los que nos venimos arriba, nos creemos una amazona o un guerrero de verdad, nos plantamos una armadura invisible, y decidimos ir a la guerra a luchar, y encima odiamos que nos llamen enfermos.

Y usamos palabras como esa, guerra, lucha, batallas… todo un arsenal lingüístico bélico, que muchos no entienden. Pero para mi, lo es todo. Es actitud, es ponerse en pie delante de un monstruo enorme de mil cabezas aún sabiendo que eres diminuta, es decirme a mi misma todos los días “tu puedes, Vir”, es alegrarme por cada pequeña victoria, por cada avance, por cada día que pasa estando bien.

La guerra, no es contra el cáncer. Entiendo que hay personas que no están de acuerdo conmigo, que piensan que los que hemos pasado un cáncer no debemos usar este lenguaje, por aquellos que se quedan en el camino. (Spoiler: nadie vive eternamente, es decir, morir no significa perder la guerra. Al final, todos la perderemos) Pero es que la guerra, insisto, no es contra el cáncer. Esa parte, se la dejo a Elena, Ramón, Fernando, Ane…  a todos los médicos e investigadores. Mi guerra es contra mi cabeza, contra esos fantasmas y miedos que se te sientan al lado y no se te despegan desde que te dicen el diagnóstico. Es luchar contra los efectos secundarios, y aceptarlos según van viniendo, es aprender a no anticiparse, a esperar activamente, a no compararse con otros pacientes, a no mirar en internet, es alegrarse cada vez que pasa una quimio, una prueba o una sesión de radioterapia. Y esos hitos, son para mi, batallas. Batallas que gano, batallas que me refuerzan como paciente, como persona y como mujer.

Así que sí, yo, estoy en guerra, voy ganando batallas, y seguiré luchando. Y no, no soy una enferma, ni me he sentido así, ni me gusta que nadie hable de mi así. Por suerte, mis médicos, han sido siempre claros conmigo, y lo mismo que me han contado sin pelos en la lengua qué podía ir pasando con el tratamiento, también me han dejado claro, que, en mi caso, todo el tratamiento es preventivo. Por que tengo 34 años, y pienso seguir dando la lata muchos años más, y para ello, tengo que pasar por esto.

Bienvenidos a mi guerra.

Felices 34, Virginia.

29 junio 2018.

Si hace un año, me llegan a decir que pasaría mi cumpleaños de baja, en plena quimioterapia y calva, hubiera flipado. Y luego me hubiera dado un ataque de ansiedad. Fijo.

Así que por un lado, estoy triste: no estoy en mi mejor momento, me falta alguien importante en mi vida que se fue en mayo, estoy de baja, sin fecha de vuelta, ni siquiera sé cuándo podré volver al gimnasio, así que mucho menos sabré cuándo estaré bien. Pero por otro, tengo a mi familia y a mis amigos a mi lado, dándome todo su cariño y apoyo, y recordándome día a día que todo esto pasará. Que llegará la calma, llegará un día en el que las cosas se ordenen.

Para una inquieta compulsiva, esperar esa calma se hace largo. Soplar las treinta y cuatro velas, sin poder avanzar en nada en mi vida, se hace largo y pesado. Tengo la sensación de que todo a mi alrededor va deprisa, todos los que me rodean siguen adelante, y yo estoy quieta, con los pies anclados sin poder avanzar. Es lo que tiene la vida, que no se puede predecir qué pasará, ni quién estará a tu lado.

Felices 34 Virginia, al menos, estás viva.

 

Segunda quimioterapia

15 junio 2018.

Hoy tengo que ir al ambulatorio a que me saquen sangre. Resulta, que esto de que te den la quimioterapia, no es tan fácil, hay que ir pasando pruebas en plan gymkana, y una de ellas es llegar a los 1500 neutrofilos. Que si no llegas, es como el limite de altura en el Dragon khan: no pasas. Así que pasaré el finde disfrutando de la boda de Nerea (aquí), y no pensando si llego o no llego. Ya está hecho.

 

18 junio 2018.

Pues aquí estamos en la consulta, y Elena (mi oncóloga) está seria mirando el ordenador: “Tienes 1400. ¿Cuándo te han hecho la analítica?”. “Pues el viernes”. “Repetimos que, seguro que en estos tres días han subido” Y premioooooooo, si es que tengo la mejor oncóloga: me repiten la analítica, y estoy en 1800, eso quiere decir, que hasta me sobran 300. Bueno, no sobran, pero que me lo digo yo para animarme. Esto es como cuando sacabas un 6 en el colegio, no era para tirar cohetes, pero te conformabas.

Y repetimos el camino de hace 21 días: bajamos al sótano (sí, es un maldito sótano, algún día escribiré sobre esto), esperamos en la sala de espera, hasta que dicen mi nombre de nuevo por megafonía “Virginia, control 3 de enfermería”. Ale, adelante querida, una vez más, me he preparado para la función: pantalones de cuadro vichy, camiseta “Life is a catwalk”, labios rojos y esta vez, mi melenaza rubia no me acompaña, sino un maravilloso turbante comprado en una tienda online en Nueva York. Así de bilbaína soy yo: me compro los turbantes donde las expertas, las “niggas” del Bronx de NY. Ahí es nada. Eso sí, ahora en Aztarain, ya no soy Virginia, ahora soy La Cubana, y no por mi tez morena, sino por el pañuelo, que es de todo menos discreto en estampado y en volumen.

Hoy toca silla nueva, la 25. Con 25 fue cuando me diplomé en la universidad, una vez más, seguro que me trae suerte. A decir verdad, no hago más que unir números o datos en mi favor. Hoy tampoco vengo sola, mi madre espera en la sala, hasta que terminen de ponerme la vía. Y Marta, vuelve Marta. Capaz de escapar siempre por verme un ratito. Hay gente, que de verdad se merece un altar. Curiosamente, en esta segunda quimio, no estoy sensiblera, estoy fuerte, quizás ha sido el ver que en la primera no he tenido efectos secundarios heavys, (vaya quitando que se me ha caído el pelo), quizás es que mantengo pestañas y cejas, que he perdido el gusto y no las ganas de comer, y que está haciendo una buena primavera como para ponerme a andar y no estar quieta. Sea lo que sea, vamos por la segunda. Ya vamos por la mitad de esta primera tanda, cuando acaben las cuatro fuertes, vendrá la calma. Lo sé.

 

26 junio 2018.

Ya ha pasado la tormenta. He estado una semana floja, muy floja, me he venido la tristeza de golpe. Será que ya van pesando los químicos, será que en tres días es mi cumpleaños… será todo. Ya queda menos.

 

La chica del vestido rojo

26 junio 2018.

Érase una vez una chica normal, con una vida normal, con un Instagram normal. Érase una vez una chica, que quería seguir siendo normal, pero la vida le puso un reto llamado cáncer de mama.

La chica, se puso firme para luchar, y consiguió que su sonrisa fuese la mejor de sus armas para enfrentarse al día a día. Una tarde, recibió un precioso vestido rojo en su casa: un rojo intenso, que le daría fuerza para ir como testigo a la boda de una de sus mejores amigas. No pudo probárselo, ya que había estado en quimioterapia, y las fuerzas le fallaron, impidiéndole ir de tiendas. Pero era el vestido perfecto, su vestido.

Y quiso gritarlo a los cuatro vientos. O vaya, lo que viene siendo hoy en día a su Instagram. Y voló, la imagen de la chica del vestido rojo y la gran sonrisa voló por la red. Hasta llegar a las diseñadoras. Cruzó todo el país, siendo una imagen más entre las miles y miles imágenes de chicas con sus preciosos vestidos. Pero la foto de la chica del vestido rojo, no pasó desapercibida, y a pesar de ser una chica normal, con una vida normal, su sonrisa y ese vestidazo llamó la atención de la diseñadora.

Más de “166 mil” seguidores en Instagram, y ella, decide que la chica del vestido rojo, merece ser publicada. Lo que no sabe, es que, con ese gesto, ha cambiado el día a esa chica. Al otro lado del país, esa chica está en la cama, cansada, y acaba de recibir una notificación: “Cherubinaofficial te ha etiquetado en una publicación”.

¿Perdón? ¿¿A MI?? ¿¿Me han etiquetado a mi?? Si, a mi, yo soy la chica del vestido rojo, yo soy entre miles, la que ha llamado la atención. No saben que llevo peluca desde hace solo tres días, que no llevo ni tres meses desde que me operaron de un cáncer de mama, no saben que estoy en plena quimioterapia. No lo saben, y no han visto nada más que una chica feliz con su vestido rojo. Y yo, que estoy al otro lado, no hago más que llorar de alegría. Y mi móvil echa humo, mis amigos (seguidores ellos también de la firma) venga a mandarme pantallazos, yo explicando a mis tías, primas y madre que es eso “del instagrán”,y yo, yo, floto. Por ver que quien está al otro lado, no ve el cartel que yo creo que llevo en la frente y que pone “he tenido un cáncer”. Y esa publicación, ha sido el mejor regalo para este 26 de junio.

 

 

NOTA: No busquéis la imagen, he pedido a la firma que la retiren (www.cherubina.com). Quedará en un bonito recuerdo entre ellas y yo. Permitidme un poquito de privacidad en todo este tornado. Gracias.

Del Club Metropolitan al club «oncología»

Creo que una de las cosas que más me costó asimilar cuando tuve el diagnóstico, es que ya nada volvería a ser igual. Somos humanos (incluso yo, aunque a veces me creo que tengo superpoderes), y el cambio no nos mola, nos cuesta. Sí, a ti también, no niegues con la cabeza mientras lees esto. Nos cuesta. Somos animales de costumbres, y cualquier cambio en nuestra vida, nos descoloca.

Piensa en dónde te sientas en el sofá de tu casa, o dónde tomas el café en la pausa del trabajo, o si te duchas por la mañana, y ese día no hay agua, piensa en ese cabreo que te llevas. Solo porque ha cambiado tu rutina.

Yo tenia mi rutina y mis manías: ir al trabajo en el autobús de menos cuarto, sentarme al fondo, escuchar las mismas conversaciones a gritos de cuatro señoras que iban a trabajar, cruzar los dos mismos semáforos, poner la radio en la oficina, comer en casa, volver a la ofi, e ir al gimnasio. A body pump, a TRX, a radikal o a nadar. Hasta que te dicen: “tienes que coger la baja, hay que operar, y dar el tratamiento”.

Entonces es cuando preguntas: “¿Y cuánto tiempo?”. “No se sabe, Virginia”. Volvemos a las incertidumbres, a los miedos. Pues nada, vas al gimnasio al que llevas casi cuatro años apuntada, y les dices que quieres darte de baja, que será un paréntesis, que nadie más que tú quiere volver a esa rutina. Papeleo, más papeleo, y entre medias, te dicen: “Si es por motivos médicos, tráenos el parte de baja. Ahora mismo estamos con lista de espera, así que puedes desapuntarte, pagando 14€ al mes, para que tengas plaza”.

Y yo, con mi bloqueo mental, intentando asimilar que tengo un tumor, que me tienen que operar, que estaré de baja sin fecha concreta de vuelta, que no puedo ir al gim, ni siquiera llevar pesos de más de tres kilos en mi brazo derecho; digo que sí a todo. Firmo sin ver, y me abro en canal, dando mi parte de baja con mi diagnóstico, a unos desconocidos. Bueno, si me lo han pedido, entiendo que Metropolitan Club cuidará mi secreto, y que tal y como reza su web, tienen una gran concienciación, e incluso un apartado de RSC.

Por lo pronto, cambio de hábitos: no voy al gim, pero he decidido no quedarme quieta. Ya me lo dijo Begoña, “Anda, muévete, sal de casa, Vir. No te encierres, tu fuerza hará que la quimio sea más llevadera.” Así lo haré.

Nos veremos enseguida, querido gimnasio. Espero que me recordéis y me esperéis con los brazos abiertos.

El club de las rapadas

13 junio 2018

Sinead O’Connor en “Nothing compares to you”; Demi Moore, como la teniente O’Neil; Millie Bobby Brown o Eleven en “Stranger Things” (Netflix); o como dice Javi, mi querido Javi, como Natalie Portman en “V de vendetta”. Ahora soy como ellas. Todas se raparon el pelo en un momento de su vida, a pesar de ser por motivos de trabajo, supongo que pudieron elegir si hacer o no ese papel, que implicaba ese cambio radical de imagen.

Y yo me estoy hartando. Han pasado 16 días y 16 noches desde la primera quimio, tengo el pelo como estropajo, sin vida, apagado. Vivo en tensión, mirando por todas partes si se me cae algún pelo de más, me da pánico lavármelo por si me quedo con mechones en la mano, duermo como Cleopatra, tiesa y sin moverme para que por la mañana mi almohada no aparezca llena de pelos rubios. Esto es una agonía. De verdad. Si es que encima soy retrasada: si os enseño mis últimas búsquedas en google, aparecen cosas como “cuántos días tarda en caerse el pelo tras la quimioterapia” “cuándo cortarse el pelo después de la quimioterapia” “qué hacer para que no se caiga el pelo con la quimioterapia”. Ésta última es muy graciosa, salen un montón de remedios y potingues varios, que daría para otro artículo. Algunos casi piden hasta sangre de unicornio. De traca. Bueno, vamos aprendiendo lecciones de todo esto: NO MIRAR EN INTERNET. Una vez más, Virginia, a ver si ya vas espabilando, haz caso a tu cuerpo y a tu intuición.

Así lo he hecho: hace unas semanas fui con mi madre y con Lucia (www.specialthinkgs.com), la única que dejé que me tiñese maravillosamente de platino, y cumpliera mi sueño de ser Lady Gaga por unas semanas, a comprar una peluca. Y hoy, miércoles 13 de junio yo decido que me rapo la cabeza, que paso de que encima de pasar por un infierno, tenga que estará sentada en él. Sí, esto es un asco, pero bailaré sobre él, y en lo que pueda, yo pondré la música y decidiré.

Me acompaña Jon, y no deja de hacer tonterías, y no paramos de reírnos los dos con Idoia y Marisa (Peluquería Iñaki Iglesias, en Las Arenas, donde he comprado la peluca). Esto no va a ser un drama, pero les pido que no quiero verme, aún no estoy preparada. Así que no hay espejo frente a mi. Maquinilla en mano, Marisa empieza a raparme, mientras me habla de algo que no recuerdo. Jon a mi izquierda, sentado, no para de decir “qué guapa, qué guapa”. No sé si es por que le está impactando, o porque realmente lo piensa. Da igual. Él es el único que me ha visto con la cabeza rapada. Estamos los tres solos en un cuarto, nadie nos molesta. Me enseñan a darme una crema hidratante y a colocarme la peluca. Esto es importante, en tres días se casa mi amiga Nerea, sí, mi Nerea, y no solo quiero ir guapa a su boda, es que además soy su testigo, y ella se merece que esté a su lado entera. Y lo estoy. (Más de Nerea, aquí)

Entra Idoia, “pero, ¡qué guapa!”. Nos reímos los cuatro, y salgo, bien tiesa, que para eso tengo la altura que tengo, y para eso ensayé a ser Gisele en la primera quimio (aquí). Hoy es un día grande. Nos vamos Jon y yo de compras, y nada más entrar en Zara, no puedo evitar agarrarle del brazo, tengo la sensación de que todo el mundo me mira, que saben que llevo peluca. Hasta que veo un maniquí, sin peluca, sin nada, con la cabeza blanca y brillante. Gracias Amancio, no lo has hecho a posta, pero me siento incluida. Así que no se me ocurre mejor manera de enseñarle mi nuevo look a mis amigos, que haciéndome un selfiecon este maniquí calvo. Ahora sí que me miran todos, y con razón. Hay una loca en Zara haciéndose fotos con un maniquí.

(Gracias mamá, Lucía y Jon por haber estado a mi lado en un momento tan sensible para mi)

 

 

Siete noches

4 junio 2018

Y siete días que llevo con la misma rutina: me despierto, miro la almohada, cuento pelos. Ni uno. Me paso la mano por el pelo, a ver si hay algún cambio. Nada. Me siento en la cama, y apoyo los pies despacito en el suelo, por si noto el hormigueo ese que dicen en pies y manos. Nada. Respiro.

Una vez comprobados que no han aparecido aún esos efectos secundarios, sigo: temperatura. El termómetro pita, y sale en la pantalla: “LO”. ¿¿Y esto?? . Vuelvo a ponerlo, mientras, miro en internet, que es el “LO”: es que no llegas ni a 35 grados. Segundo intento, 35,7 grados: “MAMAAAAAAAAAAAAAAAAA, ESTO ESTÁ BIEN??” No hay nada como llamar a tu madre, que para eso es enfermera. “Pues no hija, ponlo bien anda”. Tercera vez. Pues ya puedo ir aprendiendo, que me quedan unos cuantos meses por delante. El caso es que ahora no tengo claro si lo he estado mirando bien esta semana. Soy un caso. Nada, que no tengo fiebre.

Y mi día sigue comprobando que mi piel no está reseca, que sigo teniendo pestañas, cejas y todos los pelos del cuerpo que me quedaban tras no-sé-cuántas sesiones de láser en las piernas. Todo en orden.

Esto me pasa por preguntar, por querer saber todo antes de tiempo. Por empeñarme en que Elena y Fernando, mis oncólogos, me respondiesen a todo; por mirar en internet y empezar a ponerme blanca con el listado interminable de efectos secundarios. (nota: NUNCA NUNCA NUNCA miréis en internet estas cosas, ya he aprendido la lección)

Pero de repente, me viene mi bipolaridad, como buena cáncer (de signo) que soy, y me digo a mi misma: “Pues no me da la gana”. Y me salen las amazonas interiores, me las imagino todas a caballo, cubriendo mi cuerpo con sus escudos, minimizando los efectos secundarios. Y me vengo arriba, y me da por cocinar, y por salir a andar. Hasta que se pone el sol, en esta primavera en Bilbao, y vuelvo a casa, me meto en la cama, me concentro en la respiración, y pienso, que he pasado un día más. Un día menos en el infierno. A veces el limbo es el peor de los infiernos: el sitio en el que todo es duda y no hay nada seguro.

Tres noches (tras la quimioterapia)

31 mayo 2018

Han pasado tres días con sus tres noches desde que me dieron la primera quimioterapia. No hago más que mirar si tengo fiebre cada tres horas, bajo amenaza de ingreso si paso de 37,5 grados; de mirarme el pelo cada tres minutos y la almohada todas las mañanas a ver si se empieza a caer; ni de ver si cambia algo más en mi.

La verdad que, antes de la quimio, pensaba que la tercera guerra mundial explotaría en mi cuerpo, y de momento, tres días después, nada más allá que una especie de gripe. Estoy cansada, con desgana, no me apetece salir y apenas comer. Me volví loca comprando encurtidos por aquello de que con la quimioterapia “todo te sabe a metal” y que lo mejor es comer cosas con vinagre. Pues tampoco. Vamos, que debo ser la rara de todas las que pasan por un cáncer de mama. Si es que no cuadro ni en las estadísticas, ya me lo dijo Elena (mi oncóloga), que las menores de 35 no éramos habituales, existimos, pero no somos la mayoría. Eso sí, he perdido el gusto, da igual que coma coliflor, jamón 5J que corcho, todo me sabe igual. Un drama: ni me dejan tomar vino, ni me sabe el jamón. ¡Maldita quimio!

Ayer fui al ambulatorio, a darme unas inyecciones mensuales, que no tengo claro si es una jeringuilla o una cornada, porque telita con la aguja… Al menos salí de casa, di una vuelta al barrio y vuelta al sofá. Mañana tengo cita con Marian, a ver si consigue ordenarme la cabeza antes de que yo la vuelva loca a ella. Sin duda, esta es una ayuda que jamás pensé que necesitaría, al menos tan pronto en mi vida. Y, sin embargo, es algo que nada más saber el diagnóstico, decidí incluir en mi vida.

Así, voy de médico en médico y tiro por que me toca. Estoy cansada, me cuesta escribir. Al menos mi pelo sigue en su sitio.