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El club de las rapadas

13 junio 2018

Sinead O’Connor en “Nothing compares to you”; Demi Moore, como la teniente O’Neil; Millie Bobby Brown o Eleven en “Stranger Things” (Netflix); o como dice Javi, mi querido Javi, como Natalie Portman en “V de vendetta”. Ahora soy como ellas. Todas se raparon el pelo en un momento de su vida, a pesar de ser por motivos de trabajo, supongo que pudieron elegir si hacer o no ese papel, que implicaba ese cambio radical de imagen.

Y yo me estoy hartando. Han pasado 16 días y 16 noches desde la primera quimio, tengo el pelo como estropajo, sin vida, apagado. Vivo en tensión, mirando por todas partes si se me cae algún pelo de más, me da pánico lavármelo por si me quedo con mechones en la mano, duermo como Cleopatra, tiesa y sin moverme para que por la mañana mi almohada no aparezca llena de pelos rubios. Esto es una agonía. De verdad. Si es que encima soy retrasada: si os enseño mis últimas búsquedas en google, aparecen cosas como “cuántos días tarda en caerse el pelo tras la quimioterapia” “cuándo cortarse el pelo después de la quimioterapia” “qué hacer para que no se caiga el pelo con la quimioterapia”. Ésta última es muy graciosa, salen un montón de remedios y potingues varios, que daría para otro artículo. Algunos casi piden hasta sangre de unicornio. De traca. Bueno, vamos aprendiendo lecciones de todo esto: NO MIRAR EN INTERNET. Una vez más, Virginia, a ver si ya vas espabilando, haz caso a tu cuerpo y a tu intuición.

Así lo he hecho: hace unas semanas fui con mi madre y con Lucia (www.specialthinkgs.com), la única que dejé que me tiñese maravillosamente de platino, y cumpliera mi sueño de ser Lady Gaga por unas semanas, a comprar una peluca. Y hoy, miércoles 13 de junio yo decido que me rapo la cabeza, que paso de que encima de pasar por un infierno, tenga que estará sentada en él. Sí, esto es un asco, pero bailaré sobre él, y en lo que pueda, yo pondré la música y decidiré.

Me acompaña Jon, y no deja de hacer tonterías, y no paramos de reírnos los dos con Idoia y Marisa (Peluquería Iñaki Iglesias, en Las Arenas, donde he comprado la peluca). Esto no va a ser un drama, pero les pido que no quiero verme, aún no estoy preparada. Así que no hay espejo frente a mi. Maquinilla en mano, Marisa empieza a raparme, mientras me habla de algo que no recuerdo. Jon a mi izquierda, sentado, no para de decir “qué guapa, qué guapa”. No sé si es por que le está impactando, o porque realmente lo piensa. Da igual. Él es el único que me ha visto con la cabeza rapada. Estamos los tres solos en un cuarto, nadie nos molesta. Me enseñan a darme una crema hidratante y a colocarme la peluca. Esto es importante, en tres días se casa mi amiga Nerea, sí, mi Nerea, y no solo quiero ir guapa a su boda, es que además soy su testigo, y ella se merece que esté a su lado entera. Y lo estoy. (Más de Nerea, aquí)

Entra Idoia, “pero, ¡qué guapa!”. Nos reímos los cuatro, y salgo, bien tiesa, que para eso tengo la altura que tengo, y para eso ensayé a ser Gisele en la primera quimio (aquí). Hoy es un día grande. Nos vamos Jon y yo de compras, y nada más entrar en Zara, no puedo evitar agarrarle del brazo, tengo la sensación de que todo el mundo me mira, que saben que llevo peluca. Hasta que veo un maniquí, sin peluca, sin nada, con la cabeza blanca y brillante. Gracias Amancio, no lo has hecho a posta, pero me siento incluida. Así que no se me ocurre mejor manera de enseñarle mi nuevo look a mis amigos, que haciéndome un selfiecon este maniquí calvo. Ahora sí que me miran todos, y con razón. Hay una loca en Zara haciéndose fotos con un maniquí.

(Gracias mamá, Lucía y Jon por haber estado a mi lado en un momento tan sensible para mi)

 

 

Siete noches

4 junio 2018

Y siete días que llevo con la misma rutina: me despierto, miro la almohada, cuento pelos. Ni uno. Me paso la mano por el pelo, a ver si hay algún cambio. Nada. Me siento en la cama, y apoyo los pies despacito en el suelo, por si noto el hormigueo ese que dicen en pies y manos. Nada. Respiro.

Una vez comprobados que no han aparecido aún esos efectos secundarios, sigo: temperatura. El termómetro pita, y sale en la pantalla: “LO”. ¿¿Y esto?? . Vuelvo a ponerlo, mientras, miro en internet, que es el “LO”: es que no llegas ni a 35 grados. Segundo intento, 35,7 grados: “MAMAAAAAAAAAAAAAAAAA, ESTO ESTÁ BIEN??” No hay nada como llamar a tu madre, que para eso es enfermera. “Pues no hija, ponlo bien anda”. Tercera vez. Pues ya puedo ir aprendiendo, que me quedan unos cuantos meses por delante. El caso es que ahora no tengo claro si lo he estado mirando bien esta semana. Soy un caso. Nada, que no tengo fiebre.

Y mi día sigue comprobando que mi piel no está reseca, que sigo teniendo pestañas, cejas y todos los pelos del cuerpo que me quedaban tras no-sé-cuántas sesiones de láser en las piernas. Todo en orden.

Esto me pasa por preguntar, por querer saber todo antes de tiempo. Por empeñarme en que Elena y Fernando, mis oncólogos, me respondiesen a todo; por mirar en internet y empezar a ponerme blanca con el listado interminable de efectos secundarios. (nota: NUNCA NUNCA NUNCA miréis en internet estas cosas, ya he aprendido la lección)

Pero de repente, me viene mi bipolaridad, como buena cáncer (de signo) que soy, y me digo a mi misma: “Pues no me da la gana”. Y me salen las amazonas interiores, me las imagino todas a caballo, cubriendo mi cuerpo con sus escudos, minimizando los efectos secundarios. Y me vengo arriba, y me da por cocinar, y por salir a andar. Hasta que se pone el sol, en esta primavera en Bilbao, y vuelvo a casa, me meto en la cama, me concentro en la respiración, y pienso, que he pasado un día más. Un día menos en el infierno. A veces el limbo es el peor de los infiernos: el sitio en el que todo es duda y no hay nada seguro.

Tres noches (tras la quimioterapia)

31 mayo 2018

Han pasado tres días con sus tres noches desde que me dieron la primera quimioterapia. No hago más que mirar si tengo fiebre cada tres horas, bajo amenaza de ingreso si paso de 37,5 grados; de mirarme el pelo cada tres minutos y la almohada todas las mañanas a ver si se empieza a caer; ni de ver si cambia algo más en mi.

La verdad que, antes de la quimio, pensaba que la tercera guerra mundial explotaría en mi cuerpo, y de momento, tres días después, nada más allá que una especie de gripe. Estoy cansada, con desgana, no me apetece salir y apenas comer. Me volví loca comprando encurtidos por aquello de que con la quimioterapia “todo te sabe a metal” y que lo mejor es comer cosas con vinagre. Pues tampoco. Vamos, que debo ser la rara de todas las que pasan por un cáncer de mama. Si es que no cuadro ni en las estadísticas, ya me lo dijo Elena (mi oncóloga), que las menores de 35 no éramos habituales, existimos, pero no somos la mayoría. Eso sí, he perdido el gusto, da igual que coma coliflor, jamón 5J que corcho, todo me sabe igual. Un drama: ni me dejan tomar vino, ni me sabe el jamón. ¡Maldita quimio!

Ayer fui al ambulatorio, a darme unas inyecciones mensuales, que no tengo claro si es una jeringuilla o una cornada, porque telita con la aguja… Al menos salí de casa, di una vuelta al barrio y vuelta al sofá. Mañana tengo cita con Marian, a ver si consigue ordenarme la cabeza antes de que yo la vuelva loca a ella. Sin duda, esta es una ayuda que jamás pensé que necesitaría, al menos tan pronto en mi vida. Y, sin embargo, es algo que nada más saber el diagnóstico, decidí incluir en mi vida.

Así, voy de médico en médico y tiro por que me toca. Estoy cansada, me cuesta escribir. Al menos mi pelo sigue en su sitio.

 

 

Desayuno de amazonas

29 mayo 2018.

Vaya nochecita que he pasado después de la primera quimioterapia… Bueno a ver, contando con que soy la reina del drama (y de las amazonas), y que mi querida Marian me llama “Virginia peliculitas”, pues veréis que no ha sido para tanto. De verdad. (si no has leído la anterior, pincha aquí!)

He pasado esta noche mareada, con mal cuerpo. Una mezcla entre gripe y borrachera mala de ginebra marca blanca. Un asco. De hecho, pensaba que iba a estar vomitando, con fiebre, alucinaciones, acompañada de los cuatro jinetes del apocalipsis, y “ná de ná”. Eso si, me he puesto a beber agua como si no hubiera un mañana, y a darme Thrombocid por el brazo como si mi vida dependiese de ello: si mis queridas enfermeras de Aztarain me han dicho que beba agua y que me ponga la crema, pues yo, obedezco.

Y para compensar esta noche regulera, esta mañana al levantarme, he recibido una sorpresa: suena el timbre, y lo primero que he pensado, es que no había pedido nada a Zara (lo juro), lo segundo, que era una multa de tráfico. Y ni lo uno ni lo otro, ha sido un maravilloso desayuno que me han enviado mis queridos amigos, mis amazonas y virkingos, que han conseguido que esta mañana haya sido perfecta. Perfecta. Con lagrimones y risas, pero perfecta.

Así que los próximos meses serán así: cuatro quimioterapias cada 21 días (que deben ser la muerte, si supero estas cuatro, el resto irá rodado); y luego otros tres meses con quimioterapias semanales. Bueno, ya, una menos, y los médicos siempre me recuerdan que todo esto es preventivo, es para que viva muy bien y os pueda dar el coñazo muchos años.

¡Seguimos adelante!

 

Primera quimioterapia: superada.

28 mayo 2018

Y llegó el día. Ya no me escapo con pruebas al IVI (pincha aquí), ni se aplaza por nada. Hoy tengo la primera quimioterapia, y tengo PÁNICO, verdadero PÁNICO, pero tengo a tantos amigos, a toda mi familia apoyándome y animándome, que en vez de venir a algo tan “drama” como es una sesión de quimioterapia, parece que voy a presentar un trabajo de fin de licenciatura, y todos vienen a aplaudir. Y vaya que si vienen: mis padres, mi prima Vero, Marga, Mai y Javi, Marta que se ha escapado un momento del curro…

Llevaba días pensando en cómo sería el día de hoy. Esperaba estar nerviosa, pero con todo lo que ha pasado este finde, casi ni he tenido tiempo de pensar en ello. Hasta esta mañana, cuando me estaba vistiendo: pantalón negro, mis zapatillas preferidas, una camiseta que pone “Stronger than ever”, labios pintados de rojo y mi melena rubia platino. Sí, después de aguantar años de negativas peluqueras que no me querían teñir “por si se me estropeaba el pelo” por fiiiiiiiiinnn Lucia me lo tiñó. Chica, si se va a caer, es momento de ser Lady Gaga aunque solo sea por darme el capricho.

Ay, que ya hemos llegado. Bajo al sótano, donde está el hospital de día y las butacas donde dan la quimio. Espero en la sala de espera, hasta que me llaman: “Virginia, pasa por control 3 de enfermería”. Parezco Paco Martínez Soria versión hospital y en rubio. “Hola, Soy Virginia, me habéis llamado” Miro de refilón a la gente, no quiero ver sus caras, por si están tristes, o preocupados. No quiero que se me note que yo sí que lo estoy, que estoy cagada, a pesar de ir tiesa como un palo, creyéndome que desfilo como Gisele Bündchen por el pasillo hasta la sala de quimio, o de llevar una sonrisa en rojo en la cara. “Elige la que quieras, y dime en qué brazo te puedo pinchar. Y tranquila, todo va a ir bien”. Vaya, no disimulo tan bien como creía.

29, esa es mi primera butaca. 29 es el día de mi cumpleaños, el de mi hermano y era el de mi abuela por parte de madre. 29 es mi numero. Me irá bien. Nati, la enfermera, viene, se presenta, y me explica un poco cómo va: “Mira, algunos son suero, que arrastran el medicamento, otros, como este rojo, es el medicamento. De hecho, este es el más fuerte. Cada vez que se acabe, la máquina pìta, no te preocupes, nosotros venimos y lo vamos cambiando. Y cada vez, te preguntaremos nombre y apellidos” Y el rojo, que me da fuerza, es en quimioterapia el que me va a quitar el pelo, el gusto al comer, o las ganas de seguir.

Se acerca con el carro, me pone la goma en el brazo, y ¡zas! Pinchazo. Respira, Vir, respira. Ya tengo la via puesta, ya empiezo a notar frio a través de mis venas. “¿Has venido acompañada?”Acompañada dice… tengo a la selección de futbol en versión amigos y familiares esperando. Vienen por turnos, a ver qué tal. Me estoy agobiando, tanto nervio, tanta pregunta y tanto misterio con algo tan desconocido… me he venido abajo, y me da la llorera. Ni libro ni ipad ni nada. Mi móvil no para quieto: tengo a media agenda pendiente del día de hoy. Y quiero recordarlo, quiero compartirlo con ellos. Me hago un selfie, y se lo mando a mi familia y amigos cercanos. Os juro que creo que va a explotar el Iphone. Me está dando la llorera otra vez: no paran de llegar mensajes de cariño, de apoyo, de fuerza. Es como si todos estuviesen aquí ahora conmigo. Todos. Hasta mi estrella de punto (mi estrella).

Se me ha pasado la mitad de la quimio intentando contestar a los whatsapp, pero con una mano está complicado. Aún soy rubia, y las cosas, las tengo que hacer de una en una, y con las dos manos a poder ser. Estoy empezando a notar un picor en la garganta y nariz, un olor a química, asqueroso. Aviso a Nati, que a ver si esto me está dando alergia y me tienen que anular todo. “Es normal Virginia, está ya empezando la medicación roja”. Nada, no cuela, que es normal, que me quedo.

“¡Seis minutos, y terminas!” Se me ha pasado volando. Yo cargando con libros, ipad con pelis y de todo, y gracias a mis amazonas y virkingos, no me ha dado tiempo a nada. Ale, a casa, que hay macarrones para comer y nos lleva Jon en coche.

Primera batalla: superada, nos vemos en 21 días.

Vir, 1- Quimio-0

 

 

Naiara

*Si hay alguien que ha llorado igual o más que yo, esa es Naiara. Ella está todos los días a mi lado, aunque sea en la distancia. Todos los días la siento, a través de nuestras conversaciones, nuestras risas o los videos que me manda. Ella, su familia y su madre. Benditas las madres que piensan en ti, mientras encienden velas a Begoña. GRACIAS amiga, no sabes cuánta falta me haces*

 

Hayyy Mari!! No sé por dónde empezar!!

No me acuerdo exactamente el día en que nos conocimos pero sí que cuando volvíamos a casa le dije a Jon que me pareciste una chica genial!!! Fue como un flechazo. Desde el minuto uno nos complementamos un montón y fue como si nos conociésemos de toda la vida. Desde aquel día supe que tenía una amiga a la que no veo mucho pero con la que sabía que podría contar para cualquier cosa!

Pero sí que me acuerdo perfectamente de aquel día, aquella llamada. Hay señor menuda llorera! Cómo me consolaste!! Qué palabra tan dura, lo último que esperaba oír! Desde aquel día no hay día que no me acuerde de ti, intento no darte mucho la chapa pero necesito saber que estás bien!! Días malos, días buenos, análisis malos, análisis buenos, ingresos, altas…
Batallas ganadas!!! TODAS!!! Olé olé la Sole !!! Cada día queda menos y estás siendo la verdadera REINA DE LAS AMAZONAS!!!

Tu positivismo es una gran parte de tu rápida recuperacion, lo estás haciendo fenomenal!! Eskerrikasko por demostrar que en esta vida no hay que darse por vencida!!! Eskerrikasko por ser como eres !!!

IVI Bilbao, maternidad más allá del cáncer.

17 mayo 2018

Ha pasado un mes desde que decidí que congelaría óvulos como plan B. Y en este tiempo han pasado muchos controles, muchas analíticas, y muchos pinchazos en la tripa. Jamás me había planteado el que algún día me vería en una clínica de fertilidad para preservar óvulos por si los necesito en un futuro, así que tampoco había investigado cómo iba el tema. Así que cuando me dijeron que durante unos quince días tenia que pincharme tres veces en la tripa, casi me da un infarto. A ver, eso son 45 pinchazos, y para que entendáis el agobio que he pasado, cada vez que iba al ambulatorio a sacarme sangre, las enfermeras me tumbaban en la camilla de la cara de pánico con la que iba. Un drama todo. Yo tenía que haber sido actriz de telenovela. Ahora sería famosa, seguro.

Este mes, he ido a las revisiones sola, y no he podido evitar fijarme en todo en la clínica IVI de Bilbao, en la música, en la luz, el olor… Todo me transmitía calma. Todo estaba de mi lado, para que saliese bien. Pero también veía tristeza y nervios en las parejas que solían estar en la sala de espera. Creo que era la única que no iba para tener jun bebé, mi guerra es otra. Pero he sentido el agobio y la necesidad de tener esperanza. Lo he sentido, y cada vez que iba sonreía y saludaba a todos con los que me cruzaba, con la esperanza de que, con ese gesto, les pudiese dar un poquito de fuerza y pronto tuviesen su bebé.

Y tras los pinchazos, dos punciones para extraer los óvulos: a ver, calma. Si estás leyendo esto, CALMA. Porque los pinchazos al final, no han sido nada, no he notado nada físicamente, ni me ha dolido nada. Y la punción, pues tampoco he notado nada la verdad (¡vivan todos los tipos de anestesia!). Eso si, al final, he tenido que hacerlo dos veces, cosas de no poder hormonarte mucho (tumor hormonal) y en las dos ha venido Jon, que pacientemente esperaba en la habitación (gracias, siempre gracias), y en ninguna de las dos veces he notado nada.

Pero todas estas visitas y todo este proceso, no hubiera sido igual sin el apoyo de Begoña, de mi ginecóloga en el IVI (¡y de Carmen cuando no estaba Bego!). Por que mientras en la sala de espera unos se preocupan por un bebé, yo me preocupaba por poder guardar alguna opción para el futuro y por ponerme bien para ese futuro. Nunca olvidaré a Begoña, en una de mis numerosas lloreras, consolándome, y diciendo la gran frase: “Virginia, esto es un plan B, necesitamos que te des el tratamiento, que estés bien y seguros de que no hay ni rastro del cáncer. Del resto, nos ocupamos nosotros”. Y así es como volví a reafirmar mi devoción por la medicina moderna, y por los médicos e investigadores.

Querida amazona, si estás como yo en este punto, o si tu caso es el de pasar por una inseminación o una in vitro: TRANQUILA. Respira, sé fuerte, y positiva, porque estás en buenas manos, en las mejores, y tú, solo tienes que ocuparte de calmarte y cuidar tu cuerpo. Sé que irá bien.

 

*Gracias a IVI Bilbao, por haber tenido el detallazo de regalarme uno de los dos tratamientos, al ser paciente oncológica. GRACIAS, por entender, que bastante duro es todo esto, por vuestro cariño, y por tener profesionales tan humanos como la doctora Prieto.*

 

 

Quiero ser madre (tras el cáncer)

17 abril 2018.

Acabo de salir de la consulta de Julio, con unas cuantas pegatinas menos en mi cicatriz y con una nueva duda existencial: “Virginia, ¿quieres ser madre?”. Pues hombre, así, en frio, pues no. O si. ¡Yo qué sé!

Hay gente que con 18 ya sabia qué carrera escoger, que con 27 tiene una pareja estable y decide independizarse, con 30 casados y a los 32 el primer niño… Yo he sido de las que ha probado una carrera en dos facultades distintas hasta darse cuenta que lo que se le daba bien era otra cosa; de las que ha querido probar eso de trabajar mientras estudiaba; de las que ha reído, brindado y disfrutado viajando con amigas; la que no tenia prisa por independizarse con su novio, por pensar que todo sería eterno y no lo es. La vida y el novio digo. Y por supuesto, la que ni se había planteado, que ya con 33, el cuerpo no es como el de 25. Y tras un cáncer, menos.

Y claro, he ido posponiendo algunos aspectos de mi vida, he ido alargando y estirando ciertas cosas hasta que me ha caído este tortazo de realidad, en forma de tumor. Y ahora hay que ponerse serios, y tomar decisiones: ¿quieres ser madre? Y como no sé qué contestarle a Julio, me dice que vaya la unidad de reproducción humana de Cruces, hoy mismo (y soy tan lerda, que me entra la risa pensando si existe unidad de reproducción “no humana”).

En el camino a Cruces, llamo a varias amigas, hablo con un par de ellas que son clave para mi en toda esta guerra. En la sala de espera, en medio de un pasillo, veo pasar parejas de todo tipo y edades, mujeres llorando, tristes. Y entre ellas, una que destaca por su precioso pañuelo amarillo, vaqueros pitillos, una chaqueta tipo Chanel y los labios pintados de rojo. Se me acaba de olvidar a lo que he venido, y solo pienso, que en menos de un mes, estaré como ella. Qué drama todo, yo pensando en niños, y no tengo ni pañuelos para ponerme.

Esto es una puñeta, pero seamos realistas: mi cuerpo, es ya “mayor” aunque mi mente y mi situación personal, sea de 25. Así que te aguantas Vir, ahora a congelar óvulos, para empezar la guerra de verdad, la de asegurar que no hay células tumorales paseando por tu cuerpo. Una vez más, se pospone algo tan importante, como es la maternidad.

Y tras la consulta en Cruces, y por un par de temas personales, decido acelerar todo esto e irme al IVI. Aunque lo he hecho en muchos aspectos de mi vida, ahora no puedo alargar el darme el tratamiento. Empieza una nueva batalla.

 

(Y si, claro que sí, que se puede, y la muestra es la niña más preciosa de 2018, que tiene nombre de princesa del imperio y de la galaxia y a la madre más valiente que conozco)

La cicatriz de la amazona

17 abril 2018

El día que me dieron el alta, me llamaron desde el ambulatorio: “Hola Virginia, soy Esti, tu enfermera del ambulatorio. ¿Qué tal estás? ¡Si necesitas cualquier cosa, me dices!” Seguramente, ella no se acuerda, pero yo sí, me acuerdo perfectamente de esa conversación breve con una enfermera, que en ese momento era desconocida para mi. Y me acuerdo, porque muy brava yo, le dije: “Uy tranquila, gracias por todo, ¡pero estoy estupendamente!”.¡JA! Hasta que me vi las pegatinas esas sobre la cicatriz y casi me da algo… Que no se puede ir de súper heroína, cuando te asustas con una aguja de coser.

Y ha llegado el día 17, algo más de diez días después de la operación, tengo revisión con Julio, mi cirujano. Aquí estoy con mi madre, mientras mi padre aparca. En la sala de espera, una cara conocida: Mónika. Nos hemos reencontrado las dos de nuevo, nos sonreímos al vernos, y ella no duda en preguntarme qué tal estoy. “Bien, estoy bien, esperando los siguientes pasos. Ya sé que, por mi edad, no me voy a librar de nada. ¿Y tú, qué tal estás?”. Mónika es una mujer guapa, delgada, alta, con esa mirada que da calma y confianza. Pero sobre todo es paz y esperanza para mi. “Pues yo espero librarme de la quimio, ¡a ver qué me dicen!”. Entra con su marido, sin duda, el mejor apoyo, un hombre calmado, que no para de animarnos a las dos y de sonreír. Se avecinan días duros y oscuros, pero cada vez se van sumando más sonrisas al ejército. Al salir, un poco triste, me dice “nada, que tampoco me libro”.

Es mi turno, entro a la consulta, y ahí está Julio con dos residentes y la enfermera. Me tumbo en la camilla, y de repente: “¡¡Pero si tienes las pegatinas puestas todavía!!” ¡Anda, pues claro! ¡Esto no lo toco ni loca! Y antes de que me diera cuenta… tris tras FUERA. Va Julio y con tres tirones, me las quita todas. Ahí tumbada en la camilla, me acordé de Esti, la enfermera. Tenía que haber ido a verla antes.

Todo va bien, tengo la cicatriz más bonita gracias a mi querida Marta, y ya no hay rastro del tumor gracias a Julio y a todo el equipo de quirófano. Pero soy demasiado joven, estoy demasiado sana y mis células van demasiado rápido. Así que, me voy con el pack completo, hemos venido a la guerra, y hay que sacar la artillería: operación, quimioterapia, radioterapia y pastillas.

Coge aire, Vir, ponte la armadura, súbete al caballo y a luchar. Que de esta primera batalla, aún no lo sabes, pero acabas de ganar dos guerreras más a tu lado: Mónika y Esti.

 

Spoiler: Lo que no sabíamos, ninguna de las dos, ni Mónika ni yo, era que ese día, era el inicio de algo maravilloso, una nueva amiga se unía en mi guerra, pero ella es especial, no solo se ha convertido en mi amiga, sino en alguien que ha entendido al día lo que siento en estas batallas. 

 

El colgante, las monedas y la Virgen de Begoña.

No he sido muy buena estudiante ni muy creyente en ninguna religión. Pero cada vez que tenía un examen, me daba por encomendarme a todo lo que pillaba cerca, repetía la ropa (previo paso por lavadora, ¡claro!) que había llevado el examen que había aprobado, o bien me sentaba al lado de la pared de una de las aulas de la uni, donde había una pegatina de Kate Moss, que me solía dar suerte. Se convirtió en mi diosa de la buena suerte los últimos exámenes.

Y en cuanto les dije a mis amigos que tenía un cáncer, y que me operaban el 5 de abril, de repente, se volcaron en mi con toda su fuerza. Abrazos, llamadas, cariño en forma de mil detalles. Mis cuñados me regalaron un colgante con la V (de Virginia y de valerosa); mis amigas las amazonas influencers otro con una piedra rosa y mis primitos una pulsera con una estrella. De repente empecé a sumar regalitos, cada cual con la fuerza de quién me los regalaba.

Pero no acababa ahí: Naiara, me prestó unas monedas con gran valor familiar, para que me den fuerzas en el tratamiento, mis amigas Nerea, Leixuri y Maialen peluches y tarjetas de kiwis (el animalito, ¡no la fruta!) de sus viajes a Nueva Zelanda. La familia de los amuletos iba creciendo a pasos agigantados. A ello, se sumaron dos libros de Mai y Javi, otro de mi querida Monika para los ratos en la sala de espera en Basurto, el de Ramón para aprender a cocinar (en ello estamos), María un pañuelo y unos pendientes preciosos de diva, Izaskun el precioso colgante del eguzkilore para que me proteja… y a cada regalo yo me emociono más.

Si la fuerza dependiese de todo el cariño que estoy recibiendo, os prometo que no sería “Super Woman”, sino la liga entera de los superhéroes. Y a esa fuerza, se sumaron mis primas y mi tío que me regalaron el mejor de los anillos, el que es para mi su cariño y sobre todo el amor y la fuerza de mi estrella de punto. Sin duda el más emotivo, y el que representa la lucha de todas.

Os decía al principio, que además de no ser buena estudiante en el colegio, (para desesperación de mis padres), tampoco soy religiosa. Por eso, saber que la madre de Naiara pone velas por mi cada vez que pasa por la basílica, o mi amigo Iñigo piensa en mi cuando va a sus revisiones de ojos, en la clínica que está al lado de la Basílica de la Virgen de Begoña, me emociona y alegra a partes iguales. Bueno, en realidad lloro como una magdalena, pero vaya, eso no se lo digo a ellos, para que no se preocupen.

El colgante en V, las monedas y La virgen de Begoña, son tres de los muchos gestos de afecto y cariño de los valientes que están a mi lado en esta guerra, detalles y regalos, que hacen que cuando no puedes más, no tienes más que mirarte la muñeca, la mano, tocarte el cuello o la balda donde guardo los libros, para sentirlos a todos a mi lado.